Azcuénaga, el pueblo de los diez tenedores que resiste a cien kilómetros de Buenos Aires
Con 350 habitantes, calles de barro o de tierra seca según el día y una mesa larga donde se sirve desde osobuco con risotto de calabaza hasta cordero con ciruelas, este enclave del noroeste bonaerense combina fondas centenarias, una panadería con horno a leña y una capilla de 1907 para armar una escapada que se come y se camina.
A poco más de cien kilómetros de Buenos Aires, en dirección noroeste, hay un pueblo chico que se recorre a pie en una mañana y se almuerza en una mesa larga. Azcuénaga tiene 350 habitantes, diez restaurantes que abren mayormente los fines de semana y una cantidad desproporcionada de construcciones con más de un siglo en pie. Llegar hasta allí es sencillo; lo difícil, según me cuentan quienes lo intentan, es conseguir mesa un domingo si no se reservó con tiempo. Conviene entonces empezar la planificación por el tenedor, no por el auto.
La oferta gastronómica se sostiene sobre una base clásica de parrilla, pastas y dos cocinas de autor que miran hacia afuera. Almacén C&T funciona en la antigua Casa Terren, abierta en 1912 y recuperada por la familia Coarasa, donde se sirven carnes y picadas. La Porteña propone pastas y osobuco con risotto de calabaza, mientras que Lo de Grace ofrece parrilla y pasta libre en una edificación rodeada de campo abierto. El circuito suma también a Cucina de Santo, con pastas y mariscos, y a Le Four, donde la cocinera Vanesa Plaza sostiene una carta francesa que incluye cordero con ciruelas. Completan el mapa La Posta y Silvestre, más el buffet del Club Recreativo Apolo, a cargo de Marcelo Santander y Marcela Ronco, con ravioles caseros y milanesas para quienes pasan por el pueblo entre semana.
Dormir en una fonda de 1903
Para quien decida quedarse a dormir, la oferta replica la lógica del pueblo: edificios viejos con historia y opciones rurales más alejadas. La Piamonte incorporó habitaciones en lo que fue la Fonda de Sforzini, construida en 1903 frente a la antigua estación ferroviaria. La Magnolia funciona en una casona rural, Rancho Aparte ofrece cabañas con pileta, El Nido es otra alternativa para alojarse dentro del pueblo y Los Vagones de Areco queda algo más lejos, para quien busque un punto extra de silencio.
- La Piamonte, en la ex Fonda de Sforzini de 1903, frente a la estación.
- La Magnolia, en una casona rural del pueblo.
- Rancho Aparte, con cabañas y pileta.
- El Nido, otra opción para dormir en Azcuénaga.
- Los Vagones de Areco, más alejados del casco.
Pan con leña y una capilla que se abre los sábados
Después de comer, el pueblo se recorre caminando. En pocas manzanas se pasa de las veredas a los caminos rurales, donde circulan bicicletas y motos aunque el piso puede variar entre barro y tierra firme según el día. En los alrededores se cruzan liebres, vizcachas y lechuzas. Una parada obligada es La Moderna, panadería fundada en 1917 donde Laura González y sus hijas elaboran galleta de campo en un horno a leña. A pocas cuadras se levanta la capilla Nuestra Señora del Rosario, inaugurada en 1907, que Ramona Lescano abre los fines de semana. La caminata completa, con almuerzo y visita a la panadería, lleva toda una jornada; sumarle una noche permite estirarla con una cena tranquila y un amanecer en el campo.
Mi recomendación, si el calendario lo permite, es ir un sábado: se consigue reserva con menos días de anticipación, se come en cualquiera de los diez restaurantes, se duerme en la Piamonte o en las cabañas y al otro día se arranca con galleta de campo recién salida del horno de leña antes de volver. En invierno conviene llevar abrigo grueso y algo impermeable para el barro; en verano, liviano y repelente, porque el campo cercano tiene vida propia. Azcuénaga no inventa nada nuevo: rescata lo que ya estaba, lo cocina despacio y lo sirve en la mesa. Por eso, cuando alguien me pregunta qué hacer un fin de semana sin subirse a un avión, suelo empezar la respuesta por este pueblo.
