Chicos que tocan un instrumento rinden mejor en la escuela: qué dice el estudio de Northeastern
Una investigación con 76 niños de 7 a 9 años encontró diferencias en memoria, razonamiento y notas de lectura, escritura y matemáticas. Los propios autores aclaran que el trabajo no prueba que la música cause la mejora, y alertan sobre el costo de acceder a esas clases.
El olor a tostada con manteca todavía flotaba en la cocina de Mirta cuando le conté de qué se trataba el último estudio de la Universidad Northeastern, en Estados Unidos. Ahí nomás, en la mesa donde los chicos desayunan antes de irse al colegio, mi vecina de 52 años me dijo lo que cualquier padre o madre repite en la vereda de cualquier barrio acá en la cuenca: que si la música ayuda o no a los pibes en la escuela es una pregunta que aparece siempre, sobre todo cuando llega septiembre y empiezan las inscripciones a las actividades extracurriculares.
El trabajo reunió a 76 chicos de entre 7 y 9 años, divididos en dos grupos equivalentes por edad, sexo y nivel socioeconómico. La mitad tocaba un instrumento, con al menos 30 minutos semanales de práctica, y la otra mitad no tenía formación musical. Entre los instrumentos predominaban el piano y los de cuerda. La investigadora Psyche Loui, profesora de música en Northeastern, vinculó las exigencias de tocar —leer la partitura, sostener el ritmo y coordinar los movimientos al mismo tiempo— con las llamadas funciones ejecutivas, esas que nos permiten planificar, sostener la atención, controlar los impulsos y adaptarnos a lo que va cambiando.
Qué se midió y qué diferencias aparecieron
- Memoria de trabajo: la que usamos, por ejemplo, para retener una consigna mientras resolvemos un ejercicio.
- Razonamiento y vocabulario, con puntajes más altos en los chicos que tocaban.
- Aprendizaje visual y auditivo, también con mejores resultados en el grupo musical.
- Evaluaciones escolares: diferencias favorables en comprensión lectora, ortografía y reconocimiento de palabras, además de escritura y matemáticas.
La educadora musical Anita Collins sumó otra lectura: aprender un instrumento pone en juego la escucha, la planificación y la autorregulación. En criollo, son habilidades que después se trasladan al aula, ya sea para entender un problema de matemática o para terminar una redacción sin distraerse a cada rato. Ahora bien, los propios autores marcan un límite importante: los participantes no fueron asignados al azar a recibir o no clases de música, y las familias que eligen pagar un profesor suelen ofrecer también otras experiencias educativas, como libros en casa, salidas o más tiempo dedicado al estudio.
Aunque los investigadores compararon grupos de condiciones socioeconómicas parecidas, esa precaución no alcanza para descartar otras explicaciones. El estudio muestra una correlación, no una relación de causa y efecto, y eso hay que leerlo con cuidado antes de sacar conclusiones. A eso se suma un dato que Mirta señaló enseguida, con la franqueza de alguien que crió a tres chicos en este barrio: las clases particulares de música tienen un costo que no todas las familias pueden sostener, y cualquier política que recomendara el instrumento como herramienta pedagógica debería hacerse cargo de esa barrera desde el primer día.
El análisis también incluyó resonancias magnéticas a 50 de los participantes, y allí apareció una diferencia en una vía cerebral que conecta regiones asociadas a la audición, el lenguaje y el movimiento. Es un indicio interesante, aunque el número de chicos estudiados es chico como para sacar conclusiones definitivas. Lo concreto, y esto es lo que me llevo de la charla con Mirta mientras los pibes ya iban cruzando la esquina rumbo a la escuela, es que la música aparece asociada a un mejor rendimiento en varias pruebas, y que vale la pena seguir investigando cómo aprovecharla sin convertirla en otra obligación imposible para las familias.
