Jueves, 27 de agosto de 2026
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Cuando despedir a un muerto es celebrar lo que dejó: rituales que le roban la tristeza a la muerte

Desde Nueva Orleans hasta la costa del Pacífico, distintas culturas entienden el duelo como una jornada compartida con música, comida, color y movimiento. Recorrido por tradiciones que transforman la despedida en un acto colectivo.

Por Griselda MuñozSociedad y vida · 27 de agosto de 2026 · hace 1 h

Empiezo esta nota desde el barrio, justamente en la puerta de lo de Marta, que tiene 62 años y que lleva tres décadas pelando cebolla para el sancochado del domingo. La encontré barriendo la vereda y me dijo algo que se me quedó dando vueltas: "Mirá, hija, cuando se va alguien querido uno puede quedarse llorando solo en la cocina con el café frío, o puede hacer lo que hacía mi abuela, que era poner la mesa grande, poner un plato más y convidarlo a todos a comer en nombre de él". Acá en la cuenca, esa imagen se repite más de lo que uno imagina. Y la palabra ritual, en serio, cambia todo.

Llora uno porque sí, claro que sí, no me vengan con que la pena es opcional. Pero el duelo tiene formas, muchas formas, y la humanidad se las ha ingeniado para procesarlo en comunidad en lugar de masticarlo en silencio. Desde Nueva Orleans hasta el altarcito mexicano, desde el cementerio paceño hasta las costas donde los surfistas se juntan sobre las tablas, existen tradiciones que entienden la despedida como una celebración de lo vivido. No se trata de negar el dolor: se trata de darle un molde, un cauce, para que no nos aplaste del todo. Nosotros, los que perdimos a alguien, sabemos lo que es sentir que el mundo pierde volumen. Y sin embargo, hay pueblos enteros que eligen poner música, comida, flores y color justo en el momento en que todo parece gris.

Cinco maneras de decirle chau sin que la tristeza se quede con la última palabra

  • Nueva Orleans y la música que sale del cortejo: una banda sigue al féretro desde la iglesia hasta el cementerio. Arranca con tonadas lentas y, a medida que avanza la procesión, los temas se vuelven más festivos. Familiares, amigos y vecinos bailan al lado del cajón. No es una falta de respeto: es el modo que encontraron para honrar la vida que se fue y sostener a los que quedan. La música llena el silencio que dejaría la pérdida.
  • México y el Día de Muertos: reconocido por la UNESCO como patrimonio cultural intangible, parte de la premisa de que las almas regresan transitoriamente al mundo de los vivos. Las familias arman altares con las comidas favoritas del difunto, flores, velas y objetos personales. Los cementerios se llenan de color y de gente que pasa la noche junto a las tumbas. La muerte se vive como una presencia breve, no como una ausencia definitiva.
  • Bolivia y la festividad de las Ñatitas: cada 8 de noviembre, los creyentes llevan cráneos humanos al Cementerio General de La Paz para recibir la bendición. Los agasajan con flores, coca, cigarrillos y velas. La tradición asegura que esos cráneos custodian el hogar y que pueden interceder por quienes los veneran con devoción.
  • Ghana y los ataúdes con forma de oficio: la familia encarga un féretro que represente la pasión o el trabajo del difunto, un pescador despedido dentro de un gran pescado, un piloto dentro de un avión. La ceremonia puede extenderse tres días e incluye coreografías durante el traslado del ataúd por la calle.
  • Los surfistas del Pacífico y el círculo en el mar: los deudos se congregan sobre sus tablas formando una ronda en el agua, arrojan flores al centro y cada uno dice unas palabras en homenaje al fallecido. Si hubo cremación, las cenizas se esparcen allí mismo, en el lugar donde el difunto tantas veces encontró paz.

Lo que a mí me dejó pensando todo esto, y se lo repito a ustedes tal como me lo repetí a mí misma mientras juntaba el material, es que el ritual cumple una función muy concreta y muy seria: ponerle un marco colectivo a algo que, vivido en soledad, puede resultar aplastante. Compartir el dolor con otros, tener un momento y un lugar específicos para expresarlo, ayuda a transitar la pérdida. Lo dice la psicología social, lo dicen las vecinas como Marta, lo dicen las abuelas de todos los barrios del mundo. Cuando lloramos solos, la pena se enquista. Cuando lloramos acompañados, la pena circula y, de algún modo, se va sanando.

“Mirá, hija, cuando se va alguien querido uno puede quedarse llorando solo en la cocina con el café frío, o puede poner la mesa grande y convidarlo a todos a comer en nombre de él.”Marta, vecina del barrio, 62 años

Antes de cerrar, vuelvo a Marta, que mientras barria me dejó la enseñanza más importante de toda la nota, esa que cabe en un plato y en una mesa servida: que despedir a alguien querido no es solamente llorar, también es celebrar lo que dejó, y que las dos cosas se pueden hacer al mismo tiempo si uno se anima a abrir la puerta. Acá en la cuenca, y en cada rincón del planeta donde alguien quiso honrar a un muerto con algo más que silencio, sabemos que la tristeza y la fiesta pueden convivir, y que en ese cruce rara vez insoportable aparece, al final, algo parecido a la paz.

GM
Griselda MuñozSociedad y vida

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