Cuando el diálogo se vuelve permisividad: por qué los chicos también necesitan un "no" que los cuide
Especialistas en crianza explican que sostener los límites no es autoritarismo sino una forma de proteger la salud emocional de los más chicos. La clave pasa por combinar normas firmes con afecto y presencia adulta, sin caer en la negociación permanente ni en los castigos.
Acá en la cuenca, en una cocina cualquiera de un barrio de clase media, Marta tiene 52 años y suele repetir una frase que le quedó dando vueltas desde que sus hijos eran chicos: "Yo no quería ser mi vieja, pero terminé aprendiendo que un límite a tiempo te ahorra un dolor de cabeza después". Lo dice mientras revuelve el mate y mira por la ventana, como si todavía estuviera viendo a su nene de cuatro años tirado en el piso del súper porque no le compraban el juguete. Esa escena, que se repite en miles de casas argentinas, es exactamente el punto de partida de un debate que hoy preocupa a psicólogas infantojuveniles: hasta dónde llega el diálogo con los hijos y dónde empieza la permisividad disfrazada de buena onda.
Porque algo se corrió de eje en la manera de criar. De un lado quedó el viejo modelo autoritario, con reglas rígidas, grito y poco margen para escuchar al chico. Del otro, mucho más reciente, se instaló la idea de que negociar todo con los niños es el sinónimo máximo de respeto. El problema, advierten las especialistas, es cuando esa negociación se vuelve permanente y el adulto deja de sostener su palabra por miedo al berrinche. Para la psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro "Infancias respetadas", hay cosas que se negocian en familia y otras que directamente no entran en esa categoría.
La diferencia que cambia todo: autoridad no es autoritarismo
“Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil
Raschkovan distingue con bastante claridad dos palabras que muchas veces se mezclan como si fueran sinónimos y no lo son. El autoritarismo, explica, es un abuso de poder: imponer sin explicar, sin escuchar, sin dar lugar. En cambio, ejercer autoridad tiene que ver con la responsabilidad adulta de cuidar, orientar y, cuando hace falta, decir que no. Respetar a un niño o a un adolescente no equivale a dejarlo hacer lo que quiera: el respeto está en el buen trato y en la coherencia, no en la ausencia de normas.
Esta mirada no es nueva, aunque vuelve a discutirse con fuerza. En los años sesenta, la psicóloga Diana Baumrind describió tres estilos de crianza que todavía se usan como mapa de referencia. Están el autoritario, con reglas duras y poca escucha; el permisivo, donde sobra afecto pero faltan límites; y el democrático o autoritativo, que combina normas claras con diálogo y contención afectiva. Casi todos los manuales actuales siguen recomendando este último como punto de equilibrio, el más sano para criar chicos seguros y, a la vez, capaces de tolerar frustraciones.
Lo que está en juego cuando el límite se corre
La psicóloga Deborah Bellota, que trabaja hace años con familias, señala que los padres permisivos suelen ser muy afectuosos, pero muchas veces evitan poner límites por miedo a que el hijo se enoje con ellos. Esa dinámica, advierte, puede favorecer la autoestima en algunos aspectos, pero también genera dificultades para autorregularse, una baja tolerancia a la frustración y resistencia frente a cualquier figura de autoridad. Es como si el chico creciera convencido de que la vida funciona a base de deseo propio, y después chocara de frente con la realidad: la escuela, el trabajo, los vínculos amorosos, los tiempos de los otros.
Para Raschkovan, los límites son una forma de cuidado y, en ese sentido, resultan indispensables para aprender a vivir en sociedad. La vida misma, dice, ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque uno quiera seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas molestias cotidianas, tan comunes en cualquier casa, van construyendo de a poco la tolerancia a la frustración. Esa capacidad no aparece sola ni por arte de magia: se aprende. Y si un niño no experimenta el "no" dentro de un entorno seguro, lo más probable es que no desarrolle los recursos emocionales suficientes para procesar situaciones difíciles una vez que pone un pie afuera.
Bellota completa la idea con un detalle que a veces se pasa por alto: el trabajo del adulto no termina cuando dice "no". Porque lo que viene después importa tanto como el límite mismo: explicar, contener, abrazar, mostrar que la frustración no destruye nada. Cuidar, en crianzas modernas, es justamente eso: poner un freno con voz firme, pero sin crueldad, y quedarse cerca para que el chico no se sienta solo en el aprendizaje.
Volvemos a la cocina del principio, donde Marta sigue cebando mate y acomodando los platos para el almuerzo. Tiene los ojos un poco húmedos cuando dice que, con el tiempo, entendió algo que ahora repite como un mantra: criar no es volverse amigo de los hijos ni dictador de la familia, sino algo bastante más parecido a estar parado con los dos pies en la tierra, sosteniendo lo que hay que sostener, aflojando lo que se puede aflojar y bancándose el berrinche cuando toca bancárselo. Porque en el fondo, insiste, el límite bien puesto no le hace mal a nadie: al contrario, le enseña a un chico que el mundo lo espera con reglas, con afectos y con alguien de confianza al lado.
