El cansancio que no se va: cuando el cuerpo sigue funcionando pero la cabeza ya pasó al modo supervivencia
Dormir mal, perder el hilo de un razonamiento o estallar por cosas pequeñas puede no ser una semana pesada: los CDC y trabajos recientes marcan las señales de un estrés sostenido que muchos arrastran sin notarlo.
Acá en la cuenca me lo cruzo seguido: gente que llega a la mesa con la taza de café, se sienta y dice que está cansada desde hace meses, pero cuando uno le pregunta en qué anda la vida, te enumera el trabajo, los chicos, la cuenta del supermercado, un padre grande al que tiene que acompañar al médico y la cuenta del supermercado otra vez. Es la escena típica de Marta, vecina de 52 años, que una mañana me dijo entre mate y mate que se dormía a las tres y se levantaba a las seis como si le hubieran pasado un trapo por encima. No era una semana pesada, me aclaró, era el año entero.
Ahí aparece la diferencia clave que describe el material: no es lo mismo atravesar una mala racha que vivir con el sistema de alerta encendido todo el tiempo. El problema es que la segunda situación se disfraza bien, porque la rutina puede seguir funcionando mientras la cabeza ya va al límite.
Qué dicen los organismos y los estudios
Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos vienen señalando hace tiempo que el estrés sostenido puede alterar el sueño, la concentración, el humor y la capacidad de tomar decisiones. Una revisión de 2025 publicada en la revista Frontiers in Psychology, que reunió 45 revisiones y más de 2.000 estudios, encontró que las alteraciones del sueño y los problemas cognitivos aparecen de manera bastante consistente en estos cuadros, sobre todo en atención, memoria y funciones ejecutivas. En la misma línea, un estudio de 2024 de la revista Neurobiology of Stress describió que la exposición prolongada puede afectar la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva y el control de la conducta.
“Cuando la respuesta de estrés no logra apagarse, el cerebro deja de administrar bien lo básico: organizar, recordar, priorizar y responder con calma se vuelven tareas que consumen más energía que antes.”Leah Doane, profesora de Psicología de Arizona State University
Las señales que conviene mirar con atención
- Despertarse en la madrugada sin un motivo claro y quedarse dando vueltas en la cama.
- Perder el hilo de una conversación o olvidar lo que se iba a decir a mitad de una frase.
- Reaccionar con más intensidad de la habitual frente a una molestia chica, como un corte de luz o un mensaje fuera de lugar.
- Sentir que el cuerpo sigue funcionando, pero que todo cuesta más: decidir qué comer, planificar el día, resolver un trámite.
- Dormir peor aun cuando las horas en la cama son las mismas o más.
El concepto de modo supervivencia circula bastante en espacios de bienestar y no es un diagnóstico clínico, pero sirve para ordenar un patrón que, visto de a una señal por vez, parece menor. Lo importante no es la etiqueta sino el conjunto: cuando varias de esas cosas aparecen juntas y se sostienen por semanas, ya no estamos hablando de una semana exigente sino de un desgaste que empieza a tocar la salud física y mental.
Nosotros solemos aguantar demasiado antes de consultar, y ahí está el primer riesgo, porque la continuidad de la rutina actúa como señal engañosa: se llega a horario, se responde el chat, se cumplen los compromisos, y desde afuera todo parece en orden, aunque por dentro se esté funcionando con sueño fragmentado y con una tolerancia a la cada vez más corta. A Marta le pasó eso mismo hasta que se animó a hablarlo en una consulta y descubrió que su cuerpo llevaba meses pidiéndole un cambio de ritmo. Por eso, cuando las señales se repiten y la fatiga deja de tener explicación lógica, conviene tomarse el asunto en serio antes de que la cabeza termine decidiendo por uno.
