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Viernes, 16 de octubre de 2026
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El libro que Stephen King decidió arrancar de sus propias estanterías

“Rabia”, la novela que publicó bajo el seudónimo Richard Bachman en 1977, fue retirada del mercado por su propio autor después de aparecer entre las pertenencias de jóvenes que protagonizaron tiroteos en escuelas de Estados Unidos. La prohibición se extiende a cualquier adaptación.

Por Ramón VeraCultura y espectáculos · · hace 2 d
El libro que Stephen King decidió arrancar de sus propias estanterías

Les cuento de entrada, porque la cosa lo amerita, que hay un libro del escritor más leído de terror de las últimas décadas que ya no se consigue en las librerías, ni en las plataformas, ni en las ferias de usados, y que su autor se niega a que vuelva a imprimirse o a que se transforme en película o en serie. Se llama Rabia, lo escribió un pibe que todavía estaba en la universidad, lo publicó hace casi medio siglo firmando como Richard Bachman porque la editorial no le iba a aceptar dos títulos propios en una misma temporada, y terminó convirtiéndose en una mochila pesada que su creador decidió sacarse de encima a fuerza de arrepentimiento y de responsabilidad moral. La historia que contó después, mucho después, es la de cómo un libro puede aparecer en el peor lugar posible y en el peor momento posible, y de cómo un autor puede decidir que su propia obra ya no tiene derecho a circular.

Un estudiante, un arma y un casillero

Para entender la decisión hay que saber primero qué es lo que cuenta Rabia, porque si no uno se queda con la idea linda pero vacía de que King censuró un librillo al azar. La novela narra la historia de Charlie Decker, un pibe al que expulsan de su colegio y que reacciona al castigo sacando un arma de fuego de su propio casillero, matando a varias personas en el lugar y tomando rehenes durante varias horas. King lo escribió cuando era todavía un veinteañero que estudiaba en la Universidad de Maine, lo dio a conocer en 1977 bajo el seudónimo ya clásico de Richard Bachman, y el libro no llegó a ser un bestseller ni tampoco una rareza de coleccionista: pasó bastante inadvertido en comparación con Carrie o con El resplandor, que aparecieron casi al mismo tiempo y se devoraron el mercado.

Lo que fue cambiando con los años no fue el contenido del libro sino el mundo que se fue armando alrededor. Y acá es donde la novela deja de ser literatura y se vuelve noticia, porque ese mismo argumento que King había imaginado como una pesadilla de ficción empezó a aparecer en los partes policiales, en los títulos de los diarios y en las pericias de la Policía de Estados Unidos, que una y otra vez se encontraban con un ejemplar de Rabia entre las cosas de los pibes que habían abierto fuego dentro de un colegio.

El caso que lo cruzó

De todos los episodios que fueron apareciendo, hubo uno que terminó de decidir al autor. El 1 de diciembre de 1997, un chico de catorce años llamado Michael Carneal entró a la escuela secundaria Heath, en el condado de Calloway, Kentucky, se sentó entre sus compañeros y abrió fuego contra ellos con un rifle que había llevado escondido al colegio. El resultado fue de tres chicas muertas y cinco chicos heridos. Cuando la policía revisó sus pertenencias, entre sus libros y sus cuadernos apareció un ejemplar de Rabia. No fue el único caso, pero sí el que terminó de empujar a King a tomar una decisión que muy pocos autores de su talla se animan a tomar: la de retirar un título propio del mercado.

“Al menos dos chicos que estuvieron involucrados en tiroteos escolares tenían el libro.”Stephen King

Esa frase la dijo el propio King ya grande, mirando para atrás, cuando le preguntaron por qué había llegado hasta ese punto. Lo que reconoció no fue que el libro hubiera sido la causa directa de nada, porque él está bastante lejos de los discursos fáciles que dicen que un libro o una película empujan a alguien a apretar un gatillo. Lo que distinguió, en cambio, fue algo más fino: que existe un grupo muy chico de personas para las que ciertos contenidos funcionan como un acelerador, como una especie de confirmación de un camino que ya estaban pensando, y que para esos lectores el material puede ser la diferencia entre actuar o no actuar. Con esa idea en la cabeza, King entendió que mantener Rabia en circulación era una decisión que él ya no estaba dispuesto a tomar.

Cerrar las puertas del libro y de la pantalla

Lo primero que pidió King fue lo más evidente: que la obra dejara de imprimirse y de venderse. Las ediciones en distintos idiomas fueron recogidas, los derechos se dejaron de licenciar y el libro dejó de estar disponible en las librerías y en las grandes plataformas de venta online. Pero el corte no terminó ahí, y acá viene la parte que a mí me parece la más coherente de toda la historia, porque si la idea era sacar al libro de la circulación para que no pudiera operar como catalizador, autorizar una adaptación al cine o a la televisión habría sido, exactamente, el mismo libro llegando a millones de personas por otro canal. Por eso mismo King extendió la prohibición a cualquier versión audiovisual, sin excepción. No hay un guion dando vueltas por Hollywood, no hay una serie intentando comprar los derechos, no hay un director con la libreta abierta: la decisión editorial se transformó, al mismo tiempo, en una decisión de derechos audiovisuales.

  • El libro ya no se imprime en nuevos tirajes en ningún idioma, según la decisión sostenida por su autor.
  • Las ediciones en plataformas digitales y librerías de usados se retiraron de manera progresiva durante los años siguientes.
  • Ningún estudio puede comprar los derechos para hacer una película, una serie, una miniserie o cualquier otra adaptación.
  • King lo presenta como una coherencia entre la decisión editorial y la decisión sobre la pantalla, no como una censura al contenido en sí mismo.

El ensayo donde lo terminó de explicar

Si uno quiere entender bien cómo piensa King sobre esto, lo mejor que puede hacer es buscar el ensayo que publicó en 2013 bajo el título Guns, porque ahí el autor vuelve sobre el tema con una madurez y una claridad que impresionan. En ese texto cuenta que la Primera Enmienda de la Constitución de Estados Unidos le daba el derecho legal de mantener Rabia en circulación, que nadie podía obligarlo a retirarlo y que, si hubiera querido, podría haber seguido cobrándole regalías a la editorial cada vez que un ejemplar nuevo saliera al mercado. Eligió, sin embargo, hacer exactamente lo contrario. La ley le daba permiso, pero su propia conciencia no se lo dejaba en paz. Por eso resolvió correr el libro de la vidriera y, de paso, cerrarle la puerta a cualquier versión para la pantalla. Lo dejó por escrito en un texto largo, argumentado y sin victimizarse, donde se hace cargo de la decisión y de sus consecuencias económicas, y donde además vuelve a abrir el debate más amplio sobre la cantidad de armas que circulan en su país.

“No quería que ‘Rabia’ fuera uno de esos aceleradores. Sentí que era parte de eso, se convirtió en parte de un escenario de fantasía con estas personas y no quería que le pasara a nadie más.”Stephen King

Lo que queda, a esta altura, es una situación casi única dentro de la literatura contemporánea. Un autor vivo, con una obra inmensa y con el poder de decisión todavía intacto sobre buena parte de su catálogo, que decide por las suyas que un libro propio ya no tiene derecho a existir para el público. No es una decisión tomada a la fuerza por un tribunal, ni una prohibición de ninguna fiscalía, ni una campaña de presión de ningún grupo. Es una decisión personal, íntima, que King fue comunicando con el paso de los años y que él mismo sigue sosteniendo, sin dobleces, cada vez que alguien se la vuelve a preguntar. Y eso, para mí, habla más de la responsabilidad que un autor puede llegar a sentir por su propia obra que cualquiera de las novelas que sigue publicando.

RV
Ramón VeraCultura y espectáculos

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