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Viernes, 16 de octubre de 2026
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El mapa que uno no pidió: pensar la vida propia sin el molde ajeno

Un filósofo de la Universidad de Emory propone dos preguntas incómodas para separar lo que genuinamente queremos de lo que nos tocó en herencia. La ciencia ya tiene algo para decir al respecto.

Por Griselda MuñozSociedad y vida · · hace 6 d
El mapa que uno no pidió: pensar la vida propia sin el molde ajeno

Acá en la cuenca, mientras el mate se enfría sobre la mesa y la pava vuelve a silbar, uno se cruza con la pregunta que el filósofo Ira Bedzow viene repartiendo en los auditorios de la Universidad de Emory. No es una pregunta de manual, ni un ejercicio de autoayuda de esos que prometen cambiarte la vida en siete pasos. Es, en realidad, una invitación a detenerse en el pasillo de la propia biografía y mirar de frente eso que uno repite todos los días, como un disco rayado, sin saber bien de dónde salió. La pregunta suena simple, y por eso mismo incomoda: ¿de quién es la vida que estás viviendo?

Y yo, que vengo de andar escuchando a las vecinas del barrio mientras tienden la ropa en los tendederos, me crucé esta semana con Norma, 57 años, que mientras pelaba papas me dijo algo que se parece bastante a lo que Bedzow viene planteando en sus clases. 'Yo estudié contador porque mi viejo quería un hijo profesional, y ahora llevo treinta años firmando balances que no me dicen nada', me confesó, con la misma tranquilidad con la que corta una cebolla. El caso de Norma no es una excepción: es casi la regla silenciosa que atraviesa a buena parte de las familias que nosotros conocemos.

Dos preguntas, una incomodidad que sirve

Bedzow, doctor en Filosofía y director ejecutivo del Emory Purpose Project, no se queda en la primera pregunta. Le agrega una segunda, que es la que realmente pone a trabajar la cabeza: ¿quién debería determinar cómo vivís? La primera suele recibir una respuesta rápida, casi automática, porque uno ya tiene la frase hecha: 'esta es mi vida, claro que es mía'. La segunda, en cambio, obliga a recorrer el camino inverso: pensar a quiénes uno les entregó, sin querer o sin darse cuenta, el volante del propio recorrido.

“Es más fácil conocer el camino correcto que se supone que debés tomar que pensar que debés inventar ese camino por vos mismo.”Ira Bedzow, filósofo y profesor de la Escuela de Medicina de la Universidad de Emory

Lo que el filósofo está señalando, con mucha delicadeza académica pero con una puntería que a mí me parece notable, es que vivir siguiendo un guion ajeno no siempre se nota. A veces se disfraza de convicción propia, y uno lo defiende con los dientes, sobre todo cuando alguien intenta cuestionarlo. La comodidad de tener el camino ya marcado, ya pensado por otros, ya justificado por la familia o por el entorno, es enorme. Inventarlo de cero, en cambio, da vértigo, y vértigo da pereza, y la pereza termina siendo el mejor disfraz de la obediencia.

Lo que dice la ciencia, y lo que no

  • Un metanálisis de Sezer y colaboradores encontró que perseguir metas alineadas con los propios valores e intereses se asocia con mayor esfuerzo, mayor avance y mayor bienestar.
  • El contraste aparece con quienes orientan sus objetivos por expectativas parentales, presión de estatus o miedo a la culpa: el motor interno se desgasta y el recorrido se vuelve más pesado.
  • Bedzow distingue con cuidado entre recibir perspectivas externas y entregarles el control: consultar a un colega o escuchar a un amigo puede abrir los ojos, siempre que la decisión final siga siendo propia.
  • La filósofa Susan Wolf sumó otro ángulo al debate: el sentido no surge solo del deseo individual, sino de comprometerse con aquello que es genuinamente valioso.
  • Practicar la autorreflexión en decisiones de bajo riesgo, según el especialista, fortalece el criterio para cuando las apuestas son más altas.

Lo que más me interesa rescatar de todo esto, y se lo quiero dejar a quienes me están leyendo esta mañana, es que la propuesta de Bedzow no es un llamado a encerrarse en uno mismo ni a despreciar a los que quieren bien. La suya es, en el fondo, una postura conciliadora: se puede escuchar al padre, a la madre, al amigo, al jefe, y al mismo tiempo revisar con cuidado si lo que uno repite en voz alta sale del propio pecho o del eco de alguien más. Esa distinción, que parece mínima, cambia entera la manera de pararse frente a las decisiones.

A Norma, la vecina de las papas, le dejé la tarea para el domingo. Le dije que se sentara un rato a la mesa, con el mate servido, y que se hiciera las dos preguntas que importan. Cuando la vuelva a ver, con la bolsa del pan en una mano y el perrito atado a la otra, le voy a preguntar qué le salió. Sospecho que la respuesta no va a ser cómoda, pero sospecho también que es justamente de esas incomodidades de donde salen los cambios que de verdad se sostienen en el tiempo. Acá en la cuenca, al menos, uno aprende que la vida que vale la pena vivir es, sobre todas las cosas, la que uno se animó a imaginar.

GM
Griselda MuñozSociedad y vida

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