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El museo sin cartel que se hizo famoso de boca en boca en lo alto de la Puna jujeña

En la Quebrada de Huichaira, frente a Tilcara, un fotógrafo de 60 años levantó con sus manos un museo de adobe dedicado por entero a la fotografía argentina y latinoamericana. Nunca puso un cartel en la ruta y, sin embargo, hoy reciben visitas de todo el país y de curadores internacionales.

Por Griselda MuñozSociedad y vida · 27 de agosto de 2026 · hace 1 h

Arranco la nota como arranco tantas mañanas, en la cocina de casa, con la pava empezando a silbar y el termo listo para el mate de siempre, cuando me llega la historia de un museo que nadie señalizó en la ruta y que sin embargo se hizo conocido igual. Acá en la cuenca de los cerros jujeños, a 2.700 metros de altura, en la Quebrada de Huichaira, existe un lugar que muchos ya comparan con una pequeña meca de la fotografía latinoamericana, aunque no tenga un solo cartel que lo anuncie desde el camino.

Se llama Museo Entre los Cerros, más conocido por sus siglas como el MEC, y queda sobre la ruta 9, casi mirándole la cara a Tilcara, del otro lado del asfalto. Lo fundó en 2012 el fotógrafo Lucio Boschi, un porteño de 60 años que hace mucho eligió los cerros del norte como su lugar en el mundo. Lo increíble es que la decisión de no poner señalización no fue un descuido ni una falta de presupuesto: fue una postura, una manera de entender cómo tenía que llegar la gente hasta ahí.

Un museo de adobe que dejó entrar la luz y el paisaje

La historia empieza, como me la contó la guía Marta Quispe, de 54 años, que trabaja con turistas en la zona de Tilcara, mucho antes de que existieran las paredes del museo. Boschi llegó siguiendo el curso del río Huichaira, se topó con una formación natural que lo dejó sin palabras y decidió comprar un terreno. Primero levantó una casa de barro, para él, y después, con los años, fue levantando también las salas del museo, siempre en adobe, integrándolas al paisaje como si fueran una prolongación del cerro.

Esa arquitectura tan de la Puna no es un capricho estético ni un souvenir para la foto del turista: el adobe deja que la luz natural entre en las salas y que el entorno forme parte de la experiencia. Cuando uno recorre las exposiciones, los cerros se cuelan por las ventanas y el viento de la quebrada se mete entre las obras. Es un museo que respira con el lugar, y eso se nota apenas se cruza la puerta.

Obras donadas por los grandes de la fotografía latinoamericana

  • Marcos López, referente de la fotografía color argentina.
  • Graciela Iturbide, mexicana, una de las miradas más potentes de América Latina.
  • Martín Chambi, el clásico peruano que retrató los Andes durante casi todo el siglo XX.
  • Alessandra Sanguinetti, argentina radicada en Estados Unidos.
  • Irina Werning, conocida por sus series de retratos y de archivo.
  • Rodrigo Abd, fotógrafo argentino premiado internacionalmente.

Lo más llamativo es cómo se armó esa colección permanente: sin comprar casi nada en el mercado del arte. Boschi escribió cartas a colegas, golpeó las puertas de galerías y apeló a contactos que había ido cultivando durante años de trabajo internacional. La respuesta fue unánime, todos dijeron que sí y donaron sus obras. Hoy el acervo reúne nombres enormes de la fotografía argentina y latinoamericana, un patrimonio que no many museo del país puede exhibir junto, y menos en un pueblo chico de la Quebrada.

Sin promoción, pero con público: de la escuela rural a los curadores del mundo

Al principio, me cuenta Marta entre mate y mate, no llegaba nadie. Y eso era exactamente lo que Boschi buscaba. Estaba convencido de que el público tenía que descubrir el museo por cuenta propia, casi como quien encuentra una vertiente de agua en medio del cerro. Los primeros visitantes fueron los chicos de la escuela rural de Huichaira, que cruzaban la ruta para ver las fotos y después volvían a clases con los ojos grandes. Después aparecieron los guías locales, los grupos de fotógrafos, y más tarde, con los años, empezaron a caer curadores y directores de museos internacionales de primer nivel, que se bajaban de remise preguntando por el lugar sin carteles.

Nosotros, los que hacemos este portal, solemos desconfiar un poco de los lugares que se presentan como escondidos a fuerza de marketing. Pero acá lo que pasó fue al revés: la falta de promoción se transformó en una forma de prestigio. Hoy el MEC ofrece mucho más que una colección de fotos colgadas en la pared: tiene biblioteca, talleres, residencias artísticas y, sobre todo, un programa gratuito de formación pensado para jóvenes fotógrafos de las provincias, una semilla enorme en un rincón donde casi nunca llega este tipo de oportunidades.

Para quien quiera visitarlo, conviene ir con tiempo y con paciencia. Las salas tienen bancos para detenerse, una luz que va cambiando a lo largo del día y un ritmo que invita a caminar despacio, casi como se camina por la quebrada. La referencia más práctica es llegar por la ruta 9 desde Tilcara, porque el GPS puede no estar actualizado en los tramos finales de los caminos del cerro y uno puede terminar dando vueltas de más entre las lomas. Pero vale la pena cada curva: el museo sigue siendo, como me insistió Marta mientras se servía otro mate, ese lugar al que la gente llega porque alguien se lo contó, y eso, en tiempos de Google y de reseñas a, es casi un acto de resistencia cultural.

Cierro la nota como la empecé, con la cocina de casa ya en silencio y el termo todavía caliente, pensando en que a veces las historias más potentes pasan en los lugares que nadie anuncia desde la ruta. Si conocés algún espacio cultural en un rincón inesperado del país que valga la pena visitar, escribinos: nos encanta armar el mapa colectivo de esos lugares que todavía se descubren de boca en boca.

GM
Griselda MuñozSociedad y vida

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