El último bluesman de la rambla: Montevideo se despidió de Rubén Rada a puro candombe y aplausos
Entre cánticos espontáneos, familiares y colegas argentinos, el Palacio Legislativo abrió sus puertas para recibir a miles de personas que fueron a darle el último adiós al músico uruguayo que murió a los 83 años tras un mes de internación por una neumonía bilateral. La jornada terminó con la promesa de un entierro a la altura de su alegría.
Le tengo que ser honesto, querido lector: hacía mucho tiempo que una noticia no me pegaba tan de cerca como la muerte de Rubén Rada, el Negro Rada, el que le cantó al Uruguay con la misma naturalidad con la que uno se toma un mate a las diez de la mañana. Lo sigo desde pibe, cuando todavía giraba cassettes en un grabador Supertape y me sabía de memoria la letra de aquel himno enorme que dice que uno muere de plena porque la noche se quedó sin café. Por eso, cuando me llegó la información de que el Palacio Legislativo de Montevideo había abierto sus puertas para velar sus restos, no pude menos que imaginarme esa escena que tantas veces vimos en la pantalla y que esta vez tenía como protagonista a un tipo que le cantó a la vida entera, incluso en los días en que la vida no se lo estaba agradeciendo demasiado.
Blumana, frente al féretro
La ceremonia arrancó este jueves a las catorce, aunque, como suele pasar en estas despedidas de figuras que de verdad quieren a su pueblo, la cola ya serpenteaba por los alrededores del Salón de los Pasos Perdidos mucho antes de que se abriera la puerta principal sobre la Avenida del Libertador. Aproximadamente a las cuatro de la tarde, cuando todavía el sol de la tardecita montevideana se colaba por los ventanales, ocurrió la escena que uno va a recordar durante mucho tiempo: los músicos argentinos León Gieco, Natalia Oreiro y Ricardo Mollo se acercaron hasta donde estaban los hijos de Rada, su esposa Patricia Jodara y el compositor Jorge Nasser, y entre todos se animaron a cantar Blumana, ese tema luminoso que el Negro popularizó allá lejos y hace tiempo, como quien no quiere la cosa, con esa tonada rioplatense que se mete en el pecho y no sale más. Después sonó Muriendo de plena y la gente del salón, espontáneamente, se fue sumando al coro con palmas marcando la clave de candombe, como si el Salón de los Pasos Perdidos se hubiera transformado, por unas cuantas horas, en el Patio de las Comidas de un festival de verano.
El fallecimiento se produjo el miércoles 26 de agosto, a los 83 años, después de un mes entero de internación a causa de una neumonía bilateral que fue minando ese cuerpo que todavía en sus últimos shows se movía con una vitalidad de muchacho. En la vereda de enfrente del dolor de la familia y de los músicos, estuvo el Estado uruguayo entero, con el presidente Yamandú Orsi decretando duelo oficial para este jueves y participando personalmente del velatorio. Orsi habló con la prensa y, con esa mezcla de respeto y melancolía que suelen tener los mandatarios cuando se les muere un amigo, contó el vínculo personal que lo unía al músico y recordó la capacidad que tenía Rada de conectarse con públicos que no comparten ni el idioma ni la geografía: mencionó una actuación en Corea, donde el público terminó cantando con él como si se hubieran criado en el mismo barrio, y contó que los militares uruguayos en el Congo tenían por costumbre cerrar las jornadas escuchando Mi país, esa canción enorme que es casi un segundo himno del Uruguay. Esto no para, dijo sobre los homenajes que se fueron sucediendo desde que se conoció la noticia, y agregó, con una sonrisa que le costó sostener: el propio Rubén había pedido que la despedida tuviera un tono de alegría, porque nosotros somos medio apagaditos, él era para arriba. Alegría, alegría.
Una despedida a la altura del personaje
Lo que se vivió adentro del Salón de los Pasos Perdidos fue exactamente lo que el músico hubiera querido, según coinciden todos los que lo conocieron de verdad: una mezcla de recogimiento, de risa contenida, de alguna lágrima a tiempo y de mucha, muchísima música. Por ahí anduvo Matías Rada, uno de los tres hijos del Negro, recibiendo las condolencias con esa entereza que tienen los hijos que saben que el padre se fue en paz y que el legado que les deja no es un peso sino una mochila llena de canciones. Por ahí anduvieron también los fans de toda la vida, los que descubrían al Rada escuchándolo una sola vez en la radio y quedaban enganchados para siempre, los que se acercaron con una remera vieja, con un disco bajo el brazo, con un dibujo, con un abrazo a destiempo. La convocatoria, según lo que pudo verse y leerse en los cables, fue multitudinaria, con miles de personas que se fueron turnando durante toda la jornada para darle el último saludo.
- Fecha de fallecimiento: miércoles 26 de agosto, a los 83 años, tras un mes de internación por neumonía bilateral.
- Velatorio: jueves 27, de 14.00 a 21.00, en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo de Montevideo.
- Sepelio: viernes 28, con cortejo a partir de las 11.00 desde Isla de Flores y Santiago de Chile, barrio Palermo, rumbo al Cementerio del Norte.
- Duelo oficial decretado por el presidente Yamandú Orsi para el jueves 27.
- Presencia confirmada de los músicos argentinos León Gieco, Natalia Oreiro y Ricardo Mollo, entre otros colegas rioplatenses.
Por eso, si me preguntan con qué canción o con qué recuerdo me quedo yo de Rubén Rada, que es lo que el cable nos invitaba a hacer al final, les voy a confesar algo que quizá quede muy ñoño pero es lo más verdadero que tengo para decir: me quedo con esa imagen del Salón de los Pasos Perdidos transformado en un Patio de Comidas gigante, con la gente aplaudiendo con la clave del candombe, con León Gieco y Natalia Oreiro y Ricardo Mollo cantando Blumana al lado de la familia, con el presidente de la República hablando de alegría en vez de tristeza, con la promesa de que mañana viernes, a las once de la mañana, un cortejo va a salir desde Isla de Flores y Santiago de Chile, en el Palermo montevideano, para llevar al Negro hasta el Cementerio del Norte. Me quedo con eso, y con la certeza de que mientras alguien en algún rincón del Río de la Plata, en un Congo lejano o en una plaza cualquiera de cualquier pueblo, se ponga a silbar Mi país o a tararear ese estribillo que dice que la noche se quedó sin café, Rubén Rada va a seguir vivito y coleando, que es exactamente lo que él hubiera querido.
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