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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Esas huellas que nos persiguen en la cocina mientras criamos a nuestros hijos

El psicólogo Maxi McCoubrey recorre las marcas más invisibles que arrastramos desde la infancia y explica por qué repetimos con los chicos aquello que juramos no repetir.

Por Griselda MuñozSociedad y vida · · hace 2 d
Esas huellas que nos persiguen en la cocina mientras criamos a nuestros hijos

Acá en la cuenca, una mañana cualquiera, el ruido de la pava me encuentra pensando en algo que escuché hace poco: que nadie empieza a criar desde cero, ni siquiera cuando lo intenta con todas las fuerzas. Me lo dijo el especialista en trauma Maxi McCoubrey, y la frase se me quedó dando vueltas mientras ordenaba los platos y pensaba en mi vecina Marta, que tiene 52 años y anda hace meses renegando con la primaria de su nena. Marta me contaba el otro día, con esa mezcla de bronca y cansancio que conocemos bien los que criamos en estas latitudes, que cada vez que le pega un reto a la chica se le viene a la cabeza la voz de su vieja y se le revuelve algo que no sabe dónde poner. Acá en la cuenca, donde las familias se cruzan en la verdulería y se cuentan las cosas en la esquina, esas cosas se hablan. Y hoy quiero ponerlas en la página.

Nosotros, los que ya peinamos canas o vamos camino a peinarlas, cargamos una mochila que muchas veces no se ve. Somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en el que nacimos, como me lo dejó escrito el psicólogo McCoubrey cuando le consulté para esta nota. Esa mochila se asoma sin aviso: aparece en la forma de hablarles a los chicos, en el modo de poner límites, en cómo reaccionamos cuando hay un conflicto, y hasta en las ideas que damos por sentadas en casa sobre el éxito, el dinero y el cariño. Lo que uno aprende de chico no se borra solo por cumplir años ni por tener la voluntad de que las cosas sean distintas.

Las marcas que más cuesta soltar son las que uno ni siquiera ve

Lo más interesante de lo que me explicó McCoubrey es que el problema no está en repetir ciertas cosas, porque algo siempre se repite. El problema aparece cuando repetimos aquello que nos hizo sufrir sin tener la menor idea de que nos está haciendo sufrir otra vez. Lo que hace falta interrumpir, me dijo con una frase que me pareció clave, es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida. Cuando uno se queda en eso, el daño se transmite casi sin querer.

“Lo que hace falta interrumpir es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma
  • Pérdidas silenciadas: duelos que en la familia no se nombraron y que quedaron flotando, sin elaborar, de generación en generación.
  • Violencias naturalizadas: gritos, golpes o humillaciones que se vivieron como algo normal y que por eso mismo cuesta tanto identificar.
  • Vergüenzas heredadas: la sensación de no ser suficiente, de tener que esconder partes de uno mismo, que se aprende sin que nadie lo diga en voz alta.
  • Mandatos que pasan de padres a hijos, y de hijos a nietos, sobre cómo hay que ser, sentir o querer para ser aceptado en la propia casa.

Querer hacer lo contrario tampoco alcanza

Acá viene una parte que me pareció de las más valiosas de la charla, porque toca a mucha gente que conozco y seguramente a más de un lector. Muchos de nosotros, al notar estas marcas, juramos que vamos a hacer exactamente lo opuesto a lo que nos hicieron. Y está bien que lo intentemos. Pero McCoubrey advierte con firmeza que criar solo en oposición a la propia infancia puede terminar volviendo la crianza reactiva, y eso es un problema. Cuando uno se pasa criando en contra de los propios padres, me explicó, en vez de responder a las necesidades reales del hijo se termina respondiendo a una pelea pendiente con los que ya no están o con los que todavía están. Lo que se vive como opuesto muchas veces termina siendo la misma moneda, vista del otro lado. Quien se crió en una casa muy rígida puede terminar creyendo, por ejemplo, que cualquier frustración del chico es un trauma, y entonces se vuelve una crianza sin estructura ni norte, que tampoco es lo que un niño necesita para crecer sano.

La salida, según el especialista, no pasa por encontrar un punto medio matemático entre lo que nos hicieron y lo contrario, como si la crianza fuera una receta con medidas exactas. La salida es mirar al hijo concreto que tenemos enfrente, con sus necesidades reales, en este momento. McCoubrey me lo dejó dicho con una claridad que me pareció enorme: un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla; y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver. Me quedo con esa idea, porque ordena el debate tan frecuente entre los de nuestra generación: disciplina sí o no, límites sí o no. No se trata del rótulo, sino del cómo.

Cómo darse cuenta de que la propia historia se está metiendo

Una señal bastante clara, me dijo McCoubrey, es la reacción desmedida ante una situación cotidiana. Una bronca que desborda frente a un plato roto o una pelea entre hermanos, una preocupación extrema por cualquier cosa que se salga del plan, la necesidad insoportable de tener todo bajo control. Cuando uno se descubre reaccionando mucho más de lo que la situación lo amerita, probablemente no esté reaccionando a lo que pasa ahora, sino a algo viejo que vuelve a sonar. Reconocerlo es el primer paso, no para culparse, sino para empezar a hacer algo distinto.

Y acá viene lo que más me llevo para mi casa, y creo que para la de muchos lectores. Cambiar estos patrones no implica prometerse no volver a equivocarse nunca, porque eso es imposible. A veces el primer cambio, me dijo el psicólogo, no es no gritar nunca; es poder detenerse antes, pedir una pausa, volver más tarde y decir, mirándolos a los ojos, lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto. Ese volver y reparar es lo que corta el ciclo. Porque uno puede haber heredado los gritos, la carga o el silencio, pero también puede heredarles a los hijos la posibilidad de que las cosas se hagan de otro modo, aunque sea un poquito mejor cada vez. Acá en la cuenca, cuando me cruce otra vez con Marta en la esquina, le voy a contar todo esto. Y voy a mirarme yo mismo un rato largo en el espejo, mientras se enfría el café.

GM
Griselda MuñozSociedad y vida

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