Fackham Hall: cuando la aristocracia británica se ríe de sus propios fantasmas
La película Un muerto a la hora del té, que se proyecta en cines argentinos, mezcla enredos matrimoniales, humor inglés y un asesinato por resolver en una mansión donde las reglas de etiqueta son tan rígidas como los secretos de familia. Repasamos su elenco, sus creadores y por qué rescata la tradición de las comedias de época con un guiño irreverente.
Vine a la sala pensando que iba a encontrarme con otra película de decorados y diálogos acartonados, esos dramas de época donde uno se duerme antes de que aparezcan los créditos finales. Me equivoqué de punta a punta. Fackham Hall, que acá se conoce como Un muerto a la hora del té, es una comedia que se burla, con bisturí y sin piedad, de ese mismo mundo que otras películas mitifican. La sala estaba casi vacía un martes a la noche, con esas butacas de cine antiguo que crujen cada vez que alguien se acomoda, y eso, lejos de molestar, le dio al arranque un aire de función privada, de esas que se recuerdan después. La pantalla grande, el telón todavía a medio correr, y un murmullo bajo de pochoclos que se cortó de golpe cuando arrancó la película.
La historia arranca con un casamiento que se cae a último momento y arrastra consigo los planes de toda una familia aristocrática, los Davenport, que ven en los acuerdos matrimoniales la única manera de ordenar su futuro. A partir de ahí se disparan los enredos: hermanas enamoradas de hombres que no corresponden, un detective con bigote exagerado que parece escapado de un libro de Agatha Christie, y un servicio doméstico que funciona casi como un coro griego que mira, comenta y, de vez en cuando, desbarata los planes de los patrones. Son 97 minutos donde las diferencias sociales, los secretos de alcoba y la investigación de un crimen se cruzan con un humor que va del juego de palabras fino a la comedia física más desatada.
Elenco en llanto, digo, en acción
- Thomasin McKenzie como Rose Davenport, la hermana menor que carga con las expectativas familiares después del fracaso del casamiento de su hermana.
- Ben Radcliffe como Eric Noone, un carterista que termina trabajando en la mansión y se mete en el corazón de Rose.
- Emma Laird como Poppy Davenport, la novia que se fuga poco antes del altar porque ama a otro hombre de condición inferior.
- Tom Felton como Archibald, el primo y prometido plantado en el altar, que encarna la rigidez de la familia.
- Tom Goodman-Hill como el detective Watt, un inspector que exagera cada gesto de Hércules Poirot y se roba las escenas de misterio.
La dirección corre por cuenta de Jim O'Hanlon, que tiene en su currículum la adaptación de Emma de 2009 y se maneja cómodo en el universo de las mansiones inglesas, con esos salones de chimenea enorme, pasillos oscuros y jardines recortados donde cada rincón parece esconder un secreto. En el guion aparece, como invitado especial, Jimmy Carr, el humorista británico conocido por su humor filoso, que aporta el tono de stand up que se nota en los remates más punzantes. Entre los blancos de la parodia están los matrimonios entre parientes, la obsesión por mantener el patrimonio dentro del mismo apellido y esa idea, tan de la clase alta británica, de que la sangre vale más que cualquier otra cosa.
La fórmula de siempre, pasada por el filtro del humor
Lo interesante de la película es que toma la estética de series como Downton Abbey, con sus planos generales de la propiedad, el cuidadoso trabajo de ambientación y la solemnidad de los modales, para después subvertirla escena tras escena. La ambientación y los escenarios conservan la apariencia de los dramas históricos, pero los chistes alteran su solemnidad a cada paso: un diálogo donde se discute el precio del té puede terminar en un golpe de efecto digno de una sitcom, y una conversación sobre herencias puede resolverse con una caída de utilería que devuelve al público a la butaca con una sonrisa. No es una película que invente la pólvora, ni falta que le hace: se apoya en la tradición del humor inglés, ese que acumula tensiones en una habitación cerrada hasta que todo estalla.
Dicho todo esto, Un muerto a la hora del té no es una película para cualquiera. Si uno busca un drama de época solemne, con romances lacrimógenos y un final que conmueva hasta las lágrimas, va a salir un poco defraudado. Pero si uno se acerca con ganas de pasarla bien, de reconocer los lugares comunes del género y reírse de ellos, la propuesta funciona. Hay algo de saludable en ver a la aristocracia británica convertida en objeto de burla, sobre todo en estos tiempos donde el mundo entero discute las desigualdades, las herencias y los privilegios de cuna. La película se ríe, pero también deja pensando, que es la mejor combinación que puede tener una comedia que se precie de tal.
Para los que estén con ganas de sumarse a la función, Un muerto a la hora del té se está proyectando en salas seleccionadas de Buenos Aires y otras ciudades del país. Es una buena opción para una salida nocturna, sobre todo si se va acompañado y se tiene la paciencia de dejarse llevar por el ritmo pausado del primer acto, que después se acelera con los enredos del segundo. Quienes la vean, vuelvan y cuenten: la experiencia de verla en una sala chica, con pocas butacas y un público que se ríe a destiempo, tiene un encanto que ninguna plataforma de streaming va a poder igualar.
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