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Viernes, 16 de octubre de 2026
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La mesa familiar como aliada: por qué compartir la comida cambia lo que los chicos aprenden a comer

Un consenso de especialistas argentinos en nutrición pediátrica pone el foco en el entorno, los acompañantes y las rutinas a la hora de pensar la alimentación de niños y adolescentes. La propuesta, que cubre de los dos a los diecisiete años, resalta que la imitación y la comensalidad pesan tanto como el plato en sí.

Por Griselda MuñozSociedad y vida · · hace 3 d
La mesa familiar como aliada: por qué compartir la comida cambia lo que los chicos aprenden a comer

Empiezo la mañana en la cocina de mi casa, con la pava silbando y la radio de fondo, mientras pienso en cuántas familias acá en la cuenca del Plata todavía organizan el día alrededor de una mesa compartida. Hace poco me crucé en el barrio con Marta, una vecina de 54 años que me decía, mientras revolvía un mate cocido, que en su casa la cena es lo único que se sostiene: 'Los chicos llegan tarde del colegio, del inglés, del fútbol; comer todos juntos a la noche es casi un ritual, y aunque sea con la tele prendida, nos obliga a charlar un rato'. Esa imagen, tan cotidiana, es exactamente la que puso en primer plano el consenso NutreAR, presentado en el noveno Congreso Argentino de Nutrición Pediátrica que organizó la Sociedad Argentina de Pediatría.

El documento, elaborado por PROFENI, especialistas en nutrición infantil, recorre desde los dos hasta los diecisiete años y propone mirar la alimentación de los chicos con una lente más amplia. No alcanza con decidir qué se cocina: importa cuándo se come, con quién se comparte la mesa y cómo se arma ese momento. A esa idea la llaman comensalidad, y es la columna vertebral de toda la propuesta.

Aprender a comer mirando al otro

Uno de los puntos que más subrayaron los profesionales es el aprendizaje por imitación. Cuando un nene ve a sus padres, hermanos o amigos probar alimentos variados, ampliar el propio repertorio resulta mucho más fácil. Si en cambio el chico se acostumbra a un menú muy cerrado, esa selectividad se vuelve difícil de revertir con el paso del tiempo. La sugerencia concreta es siempre ofrecer algo nuevo en el plato, sin transformar cada comida en una batalla, pero tampoco consolidar un menú único y repetido.

  • De 2 a 5 años: introducir variedad de sabores y texturas, aceptar que el rechazo es parte del proceso y sostener la oferta sin presionar.
  • De 6 a 11 años: involucrar a los chicos en la elección y preparación de los alimentos para fortalecer la autonomía.
  • De 12 a 17 años: respetar la creciente independencia, pero mantener al menos una comida compartida por día, idealmente la cena, para sostener el vínculo y la referencia de los adultos.

La cena, la comida que más resiste

Los especialistas reconocen algo que en cualquier casa de familia se vive a diario: a partir de los catorce o quince años, los adolescentes tienden a comer solos, muchas veces encerrados en el cuarto y con una pantalla de por medio. Esa práctica reduce las oportunidades de construir los lazos que se tejen alrededor de la comida. Por eso la recomendación central es conservar, al menos, una comida diaria en conjunto, y la cena aparece como la más viable: los horarios laborales, escolares y deportivos suelen hacer casi imposible coincidir al mediodía.

El consenso aclara que la mesa no tiene que ser obligadamente la familia tradicional. Cenar con amigos, con un club de barrio o en un comedor comunitario cumple la misma función de ofrecer un marco social al acto de comer. La escuela tampoco queda afuera: los comedores con menús planificados bajo criterios nutricionales y las viandas preparadas en casa son herramientas para sumar opciones y abrir conversaciones sobre lo que se come y por qué.

“Cuando un chico ve a un adulto probar algo distinto y disfrutarlo, internaliza que ese alimento es seguro y apetecible. La comida es, ante todo, un hecho social.”Consenso NutreAR, elaborado por PROFENI

Vuelvo a la cocina del principio, donde la pava ya dejó de silbar y me sirvo otro mate. Pienso en Marta, en su cena con los chicos, en la cantidad de familias acá en la cuenca que, sin ponerle un nombre técnico, practican comensalidad todos los días. Si algo deja en claro este consenso es que la alimentación infantil no se resuelve solo con listas de alimentos permitidos y prohibidos: también se construye con el tiempo compartido, con la presencia del otro y con la paciencia de seguir ofreciendo, una y otra vez, algo nuevo en el plato. Para nosotros, que acompañamos a los chicos desde la primera infancia hasta la adolescencia, ese gesto cotidiano puede ser una de las herramientas más poderosas que tenemos a mano.

GM
Griselda MuñozSociedad y vida

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