La Roseti 93 suena a vinilo y a otra época: Artlab, el búnker de Chacarita donde el teléfono se queda en el bolsillo
Un galpón de 540 metros cuadrados en Chacarita se convirtió en un improbable templo de la escucha atenta: parlantes de los años cincuenta, álbumes enteros de Miles Davis o Pink Floyd y un DJ que insiste con que la música se vive, no se scrollea.
La cocina no es una cocina, es un galpón. Pero la primera vez que entré a la Roseti 93, en pleno corazón del barrio de Chacarita, lo primero que me llamó la atención no fue la música todavía muda sino ese rumor grave, casi físico, que salía de unos muebles de madera oscura apoyados contra la pared. Eran parlantes, me dijo después Gonzalo Solimano, y datan de 1954. Anoche, en ese mismo salón, una señora de Barracas me contó que había pagado la entrada únicamente para volver a sentir un bajo en el pecho, y que hacía por lo menos veinte años que no le pasaba algo así. La señora se llama Marta y tiene 58 años. Acá en la cuenca, como le dicen los que vienen cada sábado, el celular se guarda en el bolsillo antes de cruzar la puerta.
Un galpón con pedigree cinematográfico
Artlab funciona desde 2015 en esa dirección precisa del barrio de Chacarita y ocupa unos 540 metros cuadrados dedicados a la música electrónica y al arte audiovisual. Lo dirige Gonzalo Solimano, DJ y productor nacido en Villa Urquiza en 1979, que armó toda la propuesta alrededor de una colección personal de ocho sistemas de parlantes Altec modelo A7, fabricados en 1954. El propio Gonzalo cuenta que hay indicios firmes de que esos equipos provienen de un cine porteño emblemático, aunque todavía no pudo confirmar el origen exacto. Cada mueble pesa lo que pesa un mueble de esa edad y suena como si todavía esperara que alguien le pase una película por delante.
Dos rituales para resistir al algoritmo
Dentro del galpón funcionan dos ciclos regulares que son el corazón de todo. Uno se llama Audiófilos y reúne a los que quieren escuchar un álbum entero, de principio a fin, sin distraerse con la pantalla del teléfono. El repertorio va desde Miles Davis hasta Pink Floyd, pasando por Invisible o Massive Attack, y se reproduce en vinilo, en CD o en archivos sin compresión según qué formato rinda mejor para cada obra. El otro ciclo, Círculo de Sonido, mantiene encendida la tradición bailable del house con Gonzalo y otros DJs en la consola hasta que el cuerpo pide.
- Audiófilos: escucha completa de un álbum, sin celulares, en vinilo, CD o archivos lossless.
- Círculo de Sonido: sesiones de house a cargo de Solimano y DJs invitados.
- Jazz y artes visuales: programación complementaria dentro del mismo galpón.
- MUTEK: festival internacional de música electrónica experimental que cierra su octava edición porteña en Artlab este domingo.
MUTEK, la fiesta que viene de Canadá y se queda en Chacarita
Este domingo cierra en Artlab la octava edición porteña del festival MUTEK, un evento nacido en Canadá en el año 2000 y que Gonzalo trajo al país en 2018. La propuesta apunta a la música electrónica experimental, al arte audiovisual y a las nuevas tecnologías, con una escala mucho más chica y un perfil bastante más de laboratorio que los festivales masivos del género. Es, en criollo, una usina enchufada a la pared del Roseti 93.
Volver al objeto, volver al ritual
Gonzalo Solimano, nacido en Villa Urquiza en 1979, asegura que las nuevas generaciones están volviendo a buscar el formato físico. "Veo a las nuevas generaciones con muchas ganas de volver a tener objetos físicos y creo que estos formatos ayudan a construir rituales alrededor de la música", dijo en una charla reciente. Y agregó algo que resonó fuerte acá, en la cuenca del under porteño: "Es un recurso muy potente y la clave es que te asista para crecer en tu investigación y para simplificar procesos, no que haga tu obra por vos". Lo dijo al hablar de la inteligencia artificial en la creación musical, con una postura que se nota en cada pared del lugar: la herramienta puede ayudar, pero no tiene que reemplazar.
Antes de irme, le pregunté a Marta, la vecina de Barracas de 58 años que había ido sólo a sentir el bajo, si pensaba volver. Me dijo que sí, y que la próxima vez pensaba convencer a su hijo. Le creí. En el colectivo, ya de regreso, me quedé pensando que la pregunta del cierre se la dejo a los lectores, aunque tiene bastante de tramposa: ¿irían a escuchar un álbum entero sin mirar el teléfono? Acá, en esta esquina de Chacarita, muchos ya lo están haciendo cada fin de semana. Y nosotros, los que todavía vamos con el celular en la mano, tal vez estamos a tiempo de sumarnos.
