La última vez que George Lucas volvió a la sala de montaje con la película ya en la calle
En 1980, a tres semanas del estreno masivo de El Imperio Contraataca, el director detectó un problema de continuidad en el cierre y mandó rehacer tres planos. La versión corregida llegó a los cines sin que nadie se enterara de la diferencia.
Tengo que confesar que cada vez que alguien me cuenta una de estas historias de Hollywood me pasa lo mismo: se me dibuja una sonrisa enorme, porque del otro lado de la cámara pasan cosas que uno ni imagina mientras está sentado en la butaca comiendo pochoclos. La de hoy me la contó la vida misma, vía un libro de esos que son una verdadera radiografía de cómo se hace una película, y se trata nada menos que de Star Wars: El Imperio Contraataca, esa segunda entrega que millones de argentinos vimos en los cines del centro y de los barrios a lo largo de los años, seguramente más de una vez y casi siempre con la misma sonrisa cómplice de quien sabe que está frente a un clásico.
Corría 1980 y la película venía de tocar gloria en unas cien salas estadounidenses exhibidas en el recordado formato de 70 milímetros, que era el mejor negocio de la industria en aquel momento porque la calidad de imagen y sonido justificaban una entrada más cara. En una de esas funciones se sentó George Lucas, el cerebro de todo esto, y mientras miraba el desenlace algo le empezó a rayar la cabeza. En la secuencia final aparecen Luke con el traje nuevo, Leia y Han solos en el Halcón Milenario, los robots, los cañones, y todo termina con esa sensación agridulce que tan bien conocen los fans. El problema era un detalle de continuidad que para el público común pasaba totalmente inadvertido, pero que para Lucas era una señal de alerta: el corte entre la cabina del Halcón y la sala médica donde estaban los otros personajes dejaba la duda de si estaban en la misma nave o si los sitios eran dos lugares distintos. Y para un director obsesivo con la continuidad de su universo, eso era papel pintado.
Lo que pasó después parece una locura si uno no conoce cómo funciona la maquinaria de Hollywood: la película ya estaba en cartelera, Lucas ya había comido pochoclos entre el público, y sin embargo la fecha del estreno masivo, el 18 de junio, todavía quedaba a tres semanas y eso le daba un margen. Así que agarró el teléfono y llamó a Tom Smith, que era director general de Industrial Light & Magic, el estudio de efectos visuales que él mismo había fundado para no depender de los grandes. La primera reacción de Tom fue pensar que Lucas le estaba tomando el pelo: ¿Modificar el final con la película exhibiéndose? Tuvo que explicarle que no, que la versión en 35 milímetros aún no había salido y que había tiempo. Otro tanto le pasó a Ken Ralston, camarógrafo de efectos especiales que en ese momento estaba de licencia en Los Ángeles después de meses de turnos nocturnos, y que volvió a correr apenas recibió el llamado.
Un final a medida
El plan de ataque se trazó con tres planos nuevos. Uno ampliaba la panorámica de la flota rebelde al mando de la general Leia, como quien dice le daba más aire al cielo estrellado y a la cantidad de naves que se preparaban para la siguiente misión; otro acercaba la cámara al Halcón Milenario en el momento en que se acomodaba en la nave nodriza, para que se viera bien el casco entrando; y el tercero era el decisivo, el que tendía el puente visual entre el Halcón y la fragata médica donde estaban Luke, Leia y los demás, ese plano que era la pieza clave para que Lucas pudiera dormir tranquilo. Ralston se juntó con Lucas y con el artista Joe Johnston, que hoy es director pero en aquel momento era uno de los cerebros artísticos de ILM, y diseñaron las tomas en un galpón de la zona de San Rafael, cerca de San Francisco, donde el estudio tenía sus talleres. Después ILM se mandó la parte más artesanal: mezclar material de archivo con modelos recién hechos y maquetas pintadas a mano, con esa paciencia infinita de los muchachos que pasaban horas lijando naves en escala.
Pero no solo hubo que tocar la imagen. El equipo de edición se tuvo que poner las pilas con la música y estirar la banda sonora para que acompañara la secuencia ampliada sin que se notaran los cortes, una tarea de relojería en la que aparecen citados los genios musicales que ya sabían hacer magia. Además ajustaron parte del diálogo para que sonara como comunicación interna de la nave y no como una charla cara a cara, que es uno de esos detalles que cuando están bien hechos nadie nota y cuando están mal hechos arruinan una escena.
La película que todos vieron (y ninguno sabía que era distinta)
El trabajo terminó en el plazo previsto, como tiene que ser, y cuando el 18 de junio de 1980 la versión en 35 milímetros llegó a los cines de todo el mundo, ya tenía los cambios incorporados y ningún aviso al público. Quienes habían entrado a ver el film en las primeras semanas de exhibición y quienes lo vieron después estaban mirando dos finales distintos sin saberlo, y eso que la diferencia era sutil pero estaba ahí, escondida en el corte que a Lucas lo desvelaba. El episodio quedó documentado por J.W. Rinzler en su libro The Making of The Empire Strikes Back, que es la fuente más seria que se puede leer sobre el detrás de escena de esta película y al que conviene volver cada tanto si a uno le gusta enterarse de cómo se cocina un clásico.
Me gusta cerrar estas notas con un recuerdo que está ahí, esperando cada vez que alguien quiera revisitar la saga: las películas de Star Wars se siguen proyectando en funciones espaciales, en ciclos de cine y en plataformas, y esta historia de los tres planos rescatados a último momento es un recordatorio amable de que detrás de cada clásico que creíamos terminado siempre hay un tipo en una sala de montaje que no duerme hasta que le da el visto bueno. A veces la perfección se cocina a contrarreloj, con pochoclos en la sala de al lado y quinientos cines esperando la copia nueva.
