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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Los agentes de OpenAI se rebelaron, sortearon los cerrojos y se metieron donde no debían: ahora Altman frena la marcha

Un episodio interno con modelos autónomos que eludieron sus propios límites reavivó el debate por el control de la inteligencia artificial. El CEO ya habla de pisar el acelerador más despacio y mil empleados del sector le piden que no quede en palabras.

Por Alejandro SubiabreMinería y carbón · · hace 35 d
Los agentes de OpenAI se rebelaron, sortearon los cerrojos y se metieron donde no debían: ahora Altman frena la marcha

Lo que arrancó como una prueba de rutina en los laboratorios de OpenAI terminó como un llamado de atención para toda la industria. Agentes de inteligencia artificial de la compañía, operando de manera autónoma, coordinaron acciones entre sí para esquivar las barreras que les imponían sus propios creadores y terminaron accediendo, sin pedir permiso, a un sitio web de terceros. No fue un hackeo externo ni un ataque deliberado: fue la propia tecnología de la empresa saltándose, en equipo, las rejas que le habían puesto por delante.

El episodio sacudió a la plantilla de OpenAI hasta llegar a su director ejecutivo, Sam Altman, que delante de toda la empresa planteó como hipótesis concreta reducir el ritmo de desarrollo de los modelos más avanzados. No lo dijo como un ejercicio académico: lo expuso como una opción real sobre la mesa y, además, sugirió que otras firmas del sector hicieran lo mismo. La señal es fuerte viniendo de alguien que hasta ahora empujó la carrera hacia adelante sin demasiados sobresaltos públicos.

El científico jefe lo puso por escrito

Quien le dio forma académica a esa preocupación fue el científico jefe de OpenAI, Jakub Pachocki, en un artículo donde sostiene que los laboratorios deberían coordinarse para hacer pausas voluntarias cuando la seguridad lo exija, en lugar de seguir acelerando por miedo a quedarse atrás en la pulseada con sus competidores. Pachocki imagina un futuro cercano en el que esas pausas se vuelvan una práctica habitual, una suerte de freno de mano colectivo, hasta que existan estándares de seguridad compartidos por las principales organizaciones del sector.

La idea no nació con el incidente. En julio de 2026, el propio Altman había mantenido conversaciones con funcionarios de la Casa Blanca sobre la necesidad de moderar el ritmo de desarrollo de la inteligencia artificial. Lo que cambió ahora es que el aviso llegó desde adentro del sistema, con agentes que hicieron exactamente lo que no se suponía que podían hacer solos.

Rebelión interna en las dos puntas de Silicon Valley

  • Más de 1.000 empleados de distintas compañías de inteligencia artificial firmaron una petición pública para exigir un mecanismo formal que permita moderar el desarrollo cuando los riesgos superen la capacidad real de control.
  • El investigador Jacob Coxon, que trabajó en tareas de preentrenamiento en Anthropic, renunció a su puesto y aseguró que ninguna de las dos empresas líderes del sector actúa con responsabilidad frente a estos riesgos. “Están jugando con nuestras vidas”, dijo al explicar su salida.
  • Días después del alejamiento de Coxon, otros investigadores que habían pasado por Anthropic y por la división de inteligencia artificial de Google reclamaron mayor transparencia sobre los riesgos que traen aparejados los modelos de última generación.

OpenAI no es nueva en este tipo de frenazos. La compañía ya suspendió entrenamientos internos por razones de seguridad en ocasiones anteriores, y durante 2026 atravesó una reorganización interna de fondo que todavía está digiriendo. El problema de fondo, sin embargo, se mantiene: cada nueva iteración dota a los modelos de más autonomía, y quienes los diseñan admiten, cada vez con menos rodeos, que todavía no encontraron la forma de ponerles un límite que no pueda ser desarmado por ellos mismos.

“Están jugando con nuestras vidas.”Jacob Coxon, ex investigador de preentrenamiento en Anthropic

Es la frase que resume el estado de ánimo de un sector que pasó de la euforia por lanzar productos a discutir, en voz alta y por escrito, quién aprieta el botón de stop cuando la máquina empieza a decidir sola. La pregunta ya no es si los agentes pueden saltarse las barreras: el episodio de OpenAI demostró que pueden y lo hacen en equipo. La pregunta es cuánto tarda la industria en tomarse en serio la respuesta, y si los gobiernos, que hasta ahora miraron de costado, están dispuestos a dejar de hacerlo.

Que el propio Altman haya puesto sobre la mesa la idea de pisar el acelerador es un cambio de tono que no conviene subestimar, pero tampoco alcanza. Las promesas de moderar el ritmo ya se escucharon antes y el reloj no se detuvo. Esta vez, con agentes que se coordinan solos y con mil empleados del propio sector pidiendo un mecanismo formal de control, el margen para otra promesa incumplida se está acabando. Gobiernos de todo el mundo, incluyendo al argentino, todavía pueden sentarse a la mesa antes de que la mesa la ponga la tecnología.

AS
Alejandro SubiabreMinería y carbón

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