Microondas, plásticos y microplásticos: por qué los toxicólogos piden cambiar de recipiente antes de recalentar la comida
Un especialista en emergencias de Long Island y una toxicóloga de Houston coincidieron en que el calor puede liberar partículas del envase. La medida más concreta empieza en la cocina de cada casa.
En mi casa el microondas funciona casi como una segunda hornalla: lo usamos para recalentar la milanesa del día anterior, el arroz que sobró y, a veces, el café de la mañana. Hace unas semanas, charlando con Irma, mi vecina de toda la vida, que ya pasó los 62, me dijo algo que me dejó pensando: "yo nunca le meto al microondas el táper con la comida, siempre la paso a un plato de loza". Irma lo decía como quien repite un mandato de su madre. Resulta que, según toxicólogos consultados en Estados Unidos, esa costumbre que parece una exageración tiene bastante asidero.
Qué pasa cuando el plástico se calienta
La toxicóloga médica Serah Oyewole, del Houston Methodist, lo explica con una imagen que a mí me sirve para entenderlo: cuando sube la temperatura, las molecules del envase se agitan y la estructura del polímero puede fracturarse. A partir de ahí, fragmentos diminutos y aditivos que se usaron para fabricar el recipiente, como colorantes, antioxidantes y estabilizadores contra los rayos ultravioletas, pueden terminar mezclados con la comida. Acá en la cuenca del Plata, donde el microondas es un electrodoméstico de uso diario, la advertencia toma una dimensión concreta.
Su colega Wells Brambl, médico emergentólogo del Centro Médico Judío de Long Island, que integra Northwell Health, va un paso más allá con el consejo práctico: antes de recalentar cualquier cosa, pasar la comida del envase plástico a uno de vidrio o cerámica. Y si no queda otra que usar plástico, propone bajar la potencia del microondas al mínimo necesario, justo para templar los alimentos, porque el calor es el gran aliado de esa liberación de partículas.
“La leyenda "apto para microondas" no significa que no se liberen microplásticos. Es una aprobación para almacenar alimentos, no una garantía sobre lo que pasa con esas partículas después de que las ingerimos.”Wells Brambl, emergentólogo del Centro Médico Judío de Long Island (Northwell Health)
Qué se sabe y qué todavía no sobre los efectos
Brambl aclara algo que a mí, como lectora y como periodista, me parece fundamental: la literatura científica ya confirmó que los microplásticos y los nanoplásticos se encuentran dentro del cuerpo humano. También se vieron asociaciones con procesos inflamatorios. Pero, atención, una correlación no prueba que esas partículas sean la causa de nada. Los efectos a largo plazo siguen bajo investigación y, por ahora, no hay una relación causal demostrada. Esa distinción importa mucho a la hora de tomar decisiones sin caer en el pánico ni en la liviandad.
- Antes de recalentar, pasar la comida a un recipiente de vidrio o cerámica.
- Si no hay otra opción, usar el microondas a la potencia mínima, apenas para templar.
- Revisar de a poco los utensilios, tapas y esponjas de plástico que se usan a diario y reemplazar lo que se pueda.
- Leer las etiquetas, pero no confiar ciegamente en la frase "apto para microondas".
- Cuando se pueda, elegir productos con menos envolturas plásticas.
Hay un punto que Brambl reconoce y que a mí me parece honesto destacar: cambiar los hábitos en la cocina alcanza para reducir una porción del problema, pero no lo resuelve. La contaminación ambiental puede poner a los alimentos en contacto con microplásticos mucho antes de que lleguen a la góndola o al envase. Acá en la cuenca, donde la producción agropecuaria convive con ríos y ciudades, esa advertencia resuena con un peso particular. Y sin embargo, algo se puede hacer, empezando por esa costumbre que Irma ya tiene incorporada y que nosotros también podemos sumar, sin solemnidades, como quien se lava las manos antes de cocinar: pasar la comida a un plato de loza, bajar la potencia cuando hace falta, y revisar de a poco los plásticos que conviven con nuestra mesa.
