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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Por qué la panza no se va aunque uno se mate en el gimnasio y coma como dicen que hay que comer

La grasa abdominal tiene lógica propia: depende de genética, hormonas, edad y sueño, y no se reduce con abdominales ni con dieting a largo plazo. La evidencia apunta a mover el cuerpo, comer mejor y descansar al mismo tiempo.

Por Griselda MuñozSociedad y vida · · hace 39 d
Por qué la panza no se va aunque uno se mate en el gimnasio y coma como dicen que hay que comer

Acá en la cuenca, mientras me servía el segundo café en la cocina de casa, me acordé de Marta, 52 años, la vecina del tercer piso que me cruzó el martes a la tarde en la esquina de siempre. Me dijo, casi enojada, que ella caminaba cuarenta minutos por día, que había dejado el pan blanco, que se tomaba el licuado verde que vio en una publicación y, sin embargo, el pantalón le seguía apretando en la misma zona. Yo la escuché y pensé que su frustración no era capricho ni desconocimiento: era una respuesta lógica del cuerpo que casi nadie explica con claridad.

Porque una cosa es cierta y conviene repetirla de entrada: el organismo no decide por su cuenta de qué zona sacar la grasa que necesita gastar. Cuando el cuerpo entra en déficit de energía, usa los depósitos como combustible, pero el orden y la velocidad con que los recurre dependen de variables que están fuera de la voluntad inmediata. La genética marca un piso, la edad va sumando condiciones, las hormonas cambian de estrategia con los años y la calidad del sueño termina de inclinar la balanza. Todo eso conforma un proceso más amplio que excede cualquier esfuerzo aislado.

Por qué el abdomen es tan rebelde

En el medio del cuerpo se acumulan dos tipos de grasa que conviene distinguir. Una es la subcutánea, la que está apenas debajo de la piel y se nota al pellizcarse: es la que más se ve y la que más mortifica en el espejo. La otra es la visceral, que se instala entre los órganos y que, aunque no se vea tanto, está asociada a riesgos cardiovasculares y metabólicos que importan más que la cuestión estética. Para que se entienda: la delantal que sobra es una cosa, y la que envuelve el hígado o el páncreas es otra, aunque compartan barrio.

Los abdominales y toda la familia de ejercicios localizados cumplen una función: fortalecen la musculatura, mejoran la postura y devuelven tonicidad. Lo que no hacen es decidir desde qué tejido se quita grasa. Por eso es posible que alguien gane firmeza en la zona media sin que baje un centímetro el contorno de cintura, y no porque esté haciendo las cosas mal, sino porque la lógica del cuerpo es otra. Dos personas con rutinas similares pueden registrar resultados distintos porque la edad, la carga genética y los patrones hormonales son una firma personal.

Lo que dice la evidencia

Un trabajo de Mayo Clinic mostró que restringir sueño se asoció con un aumento del 9% en el área adiposa total del abdomen y del 11% en la grasa visceral frente a condiciones controladas. A eso se suma que dormir poco altera los mecanismos del hambre y la saciedad, lo cual vuelve insostenible cualquier estrategia alimentaria a mediano plazo. De modo que descansar bien no es un premio: es parte del tratamiento, aunque nadie lo venda así.

Por otro lado, un estudio publicado en JAMA Network Open siguió a más de 7.000 adultos durante un promedio de 7,2 años y encontró que mejorar la calidad de la dieta y aumentar la actividad física, cuando ocurren al mismo tiempo, se asocia con menor acumulación de grasa visceral. El grupo con mayores mejoras conjuntas presentó 149 gramos menos de grasa visceral al final del seguimiento. No es un número mágico, pero sirve para entender que la simultaneidad pesa más que la intensidad aislada.

Volví a ver a Marta el sábado a la mañana, en la misma esquina, y me contó algo que me pareció importante: había empezado a registrar lo que dormía, no solo lo que comía, y notaba que las semanas en que descansaba mejor le costaba menos mantener el orden en la mesa. No fue un descubrimiento médico, fue algo que le devolvió sentido a todo el esfuerzo que ya venía haciendo. Nosotros, los que alguna vez nos miramos la panza con disgusto frente al espejo, solemos pedirle al cuerpo que resuelva en quince días lo que se construyó durante años. La evidencia pide otra cosa: paciencia, combinación de hábitos y, sobre todo, no castigarse.

GM
Griselda MuñozSociedad y vida

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