Sangre y oxígeno: el cielo inglés como trinchera
Austin Butler y Callum Turner encabezan una miniserie bélica de nueve capítulos que sigue al 100º Grupo de Bombardeo en sus misiones sobre la Alemania nazi, con Steven Spielberg como productor y un foco puesto en las tripulaciones que combatían a siete kilómetros de altura.
Les cuento, porque vale la pena sentarse a charlar un rato sobre esto: Apple TV acaba de estrenar Los amos del aire, una miniserie de nueve episodios que nos mete de lleno en la cabina de un bombardero estadounidense de la Segunda Guerra Mundial. Los que mandan adelante son Austin Butler y Callum Turner, dos caras jóvenes que vienen cargando un peso cada vez más interesante en sus carreras, y atrás, como productor, aparece un nombre que ya es sinónimo de historia grande: Steven Spielberg. Pero ojo, no se confundan: acá no estamos ante un invento delirante ni ante una fantasía bélica. Estamos ante una ficción que se apoya en hechos reales para reconstruir lo que vivieron los muchachos del 100º Grupo de Bombardeo, conocidos como el Bloody Hundredth, ese apodo que ya les anticipa el tono de la cosa.
Masters of War
Antes de meterme en la serie quiero que nos tomemos un segundo para pensar en la película que propone la serie, porque la sala importa. Imagínense un hangar enorme en la Inglaterra de 1943, con el viento metiéndose por las rendijas, olor a aceite y a gasolina, y una decena de hombres jóvenes con el rostro tenso repasando los mapas antes de subir a una fortaleza voladora. La serie arranca ahí, en ese galpón, mostrándonos el paisaje antes que las acciones, y eso ya nos está diciendo qué tipo de historia quiere contar: una historia de cuerpos, de cansancios, de despedidas cotidianas. Los guionistas John Shiban y John Orloff no son improvisados: el primero viene de pasarse años en Ozark y el segundo escribió para Hermanos de sangre, que es justamente la vara alta que uno tiene en la cabeza cuando piensa en ficciones de guerra producidas por Spielberg. La dupla sabe dónde apretar para que uno sienta que cada minuto de vuelo es una moneda al aire.
La acción, cuando llega, nos lleva a unos siete kilómetros de altura, una cifra que a mí siempre me golpea cuando la pienso. Ahí arriba, dentro de un B-17, no hay épica linda: hay frío que cala hasta los huesos, hay una escasez de oxígeno que vuelve torpes a los hombres más entrenados, y hay un enemigo que te sale al cruce con sus cazas y su artillería antiaérea. La serie describe todo eso sin adornos innecesarios y, lo que es más importante, sin glorificar la violencia. Cada misión es un recordatorio de que esos muchachos, muchos de ellos apenas pasados los veinte años, estaban jugándose la vida contra la Alemania nazi en una rutina que se repetía día tras día. Eso, me parece, es lo que vuelve a Los amos del aire una propuesta distinta: no nos muestra la guerra como un espectáculo de luces, sino como un trabajo sucio y agotador.
- Las operaciones del 100º Grupo de Bombardeo, conocido como Bloody Hundredth, sobre territorio de la Alemania nazi.
- Las condiciones extremas dentro de la cabina: frío intenso y falta de oxígeno a unos siete kilómetros de altura.
- El miedo cotidiano de las tripulaciones antes y durante cada vuelo de combate.
- El destino de los hombres derribados, que terminaron como prisioneros de guerra.
- Los heridos y los muertos que dejó cada misión, y cómo la unidad fue procesando esas pérdidas.
- La producción ejecutiva de Steven Spielberg, con guion de John Shiban y John Orloff.
Y acá viene la parte que más me gusta subrayar, porque creo que es lo que separa a esta serie de otras ficciones bélicas que andan dando vueltas: Los amos del aire no se conforma con mostrarnos las misiones, sino que se queda con los hombres después. Nos cuenta qué les pasó a los que fueron capturados, cómo volvieron los que volvieron, y qué huella les quedó a los que siguieron volando. Esa mirada humana, casi íntima, es la que le da espesor al relato y la que, a mi entender, justifica las casi diez horas de duración que suman los nueve episodios. Cuando uno termina un capítulo, no queda pensando en pirotecnia visual, sino en el rostro de un tipo que todavía está temblando después de haber esquivado tres ataques y haber perdido a un compañero en la formación.
Wherever I Hang My Hat
Me parece que la pregunta de fondo que nos deja esta propuesta es sencilla y, a la vez, incómoda: qué nos interesa más cuando vemos una serie de guerra, si las operaciones militares con sus estrategias y sus números, o las experiencias de quienes tuvieron que vivirlas en carne propia. Los amos del aire apuesta claramente por lo segundo, y lo hace con un ritmo que a veces parece lento pero que después uno entiende que es necesario para que respiremos el mismo aire enrarecido que respiraban los protagonistas. La serie ya está disponible en Apple TV, se puede ver completa desde el estreno y está pensada para maratonearla en una semana larga o para dosificarla capítulo por capítulo, como uno prefiera tomarse el tema. Lo que les recomiendo es que la vean con tiempo, sin apuro, dejando que cada escena pese lo que tiene que pesar, porque es una ficción que, como les decía al principio, se disfruta más cuando uno se detiene a mirar el galpón antes que los aviones.
