Saltar al contenido
Viernes, 16 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Portada › Turismo ›
Turismo /

Seis décadas después, el sabor de aquel helado sigue intacto en una esquina de Villa Devoto

Venecia cumple 60 años en la Avenida San Martín: la historia de una heladería familiar que atravesó generaciones sin cambiar de vereda, con sabores clásicos, café de paso y la misma receta de siempre.

Por Bruno YutronichTurismo y glaciares · · hace 10 d
Seis décadas después, el sabor de aquel helado sigue intacto en una esquina de Villa Devoto

Hay fechas que en los barrios se miden de otra manera: no por calendarios oficiales ni por actos solemnes, sino por la cantidad de veces que uno cruzó la puerta de un comercio para pedir siempre lo mismo. En el caso de la heladería Venecia, la cuenta llega a las seis décadas y se festeja como se festejan las cosas simples: con un reconocimiento de la cámara del sector, con tortas caseras en la vitrina y con los mismos sabores de siempre, sostenidos por la misma familia que tomó la posta cuando los fundadores dieron un paso al costado. A unas cuantas horas de viaje desde El Calafate, en un rincón bien porteño, esta historia se parece a las que uno escucha en las mesas de los antiguos cafés de pueblo, solo que una esquina de la Avenida San Martín 6877, en plena Villa Devoto.

Una esquina que nunca cerró

El local abrió sus puertas en la primavera de 1966 y, según cuentan sus actuales dueños, no dejó de funcionar ni un solo día desde entonces. La rutina sigue siendo la misma: la producción de helado arranca temprano, las máquinas trabajan a pleno y a las nueve de la mañana las puertas ya están abiertas para recibir al primer cliente. El horario se extiende sin pausa hasta las 0.30, y el kilo de helado se mantiene a 25.000 pesos, un número que en un contexto inflacionario como el argentino invita a mirar dos veces la pizarra antes de elegir el sabor.

Hoy al frente del negocio están los hermanos Analía y Adrián Santa María, que tomaron las riendas del establecimiento después de la muerte de sus padres y lo sostienen con la misma lógica con la que se criaron entre máquinas y freezers. A ellos se sumó en los últimos años Gianluca, nieto de ambos, que ya forma parte de la operación diaria y representa a la tercera generación involucrada en la heladería. En septiembre pasado, la Asociación de Fabricantes Artesanales de Helados y Afines les entregó un reconocimiento por las seis décadas de actividad ininterrumpida, un detalle que los propios dueños suelen mencionar con la sobriedad de quienes no están acostumbrados a los flashes.

La carta, entre lo clásico y la mousse

  • Espumón de chocolate, una de las especialidades de la casa, con textura liviana similar a una mousse.
  • Crema rusa y la línea de los venecianos, en sus variantes de chocolate, dulce de leche y crema de vainilla con nuez caramelizada.
  • Dulce de leche granizado y sambayón, los dos sabores más pedidos por el público del barrio.
  • Cinco o seis opciones sin azúcar, una línea que se fue ampliando con el correr de los años.
  • Chocolate Dubai y otros sabores inspirados en golosinas, incorporados en las últimas temporadas.
  • Tortas caseras elaboradas por Analía, que estudió pastelería y se encarga de esa parte de la oferta.
  • Café de paso para quienes prefieren hacer una pausa antes de seguir caminando por la avenida.

De empleados a dueños, de socios a familia

La historia del comercio tiene un costado entrañable que los actuales dueños suelen recordar con una mezcla de orgullo y nostalgia. La heladería fue fundada en 1966 por Eduardo Bernal y Eduardo Arzac, dos socios que con el tiempo tomaron rumbos distintos. Rubén Enrique Santa María, padre de Analía y Adrián, había ingresado como empleado y terminó comprando el negocio mediante pagos mensuales, una operación a la vieja usanza que en la Argentina de aquellos años no era una excepción. Junto a su esposa, Beatriz Ofelia Fernández, conocida en el barrio como Betty, sostuvo la casa durante décadas y hasta crió a la familia dentro del local: dormían en una habitación del fondo, apenas separados de los motores de las máquinas que fabricaban el helado.

Cuando Rubén enfermó, Adrián tenía unos 17 o 18 años y debió asumir de golpe las tareas de producción. No hubo manuales ni cursos acelerados: la enseñanza fue la de pararse frente a la máquina, aprender a leer los tiempos y entender qué pasaba cuando el frío no llegaba. Analía, por su parte, se inclinó por la pastelería, un oficio que terminó dándole a la carta de la casa un capítulo propio con tortas que muchos clientes ya piden por nombre. Tras la muerte de ambos padres, los hermanos quedaron al frente del negocio y nunca consideraron la posibilidad de venderlo. En los últimos años abrieron una sucursal cerca de la plaza de Devoto, una manera de expandir la marca sin perder de vista la esquina que los vio crecer.

“Ahora recibimos a los nietos de quienes venían con sus padres. Eso te dice que el barrio sigue siendo el mismo y que la gente sigue queriendo lo mismo.”Adrián Santa María

Para quien se acerque a la Avenida San Martín al 6877, la experiencia combina lo de siempre con algunos agregados contemporáneos. Los sabores vinculados con golosinas, el chocolate Dubai y las opciones sin azúcar conviven sin estridencias con el dulce de leche granizado y el sambayón, que siguen siendo los grandes pedidos del mostrador. En la parte de cafetería, el público encuentra un lugar amable para hacer una pausa a cualquier hora del día, con la particularidad de que muchas de las familias que llegan después del almuerzo en el barrio lo hacen por costumbre heredada: iban con los padres, ahora van con los hijos y, cada vez más, con los nietos.

Si me permiten una recomendación desde este rincón de la Patagonia, donde el clima manda y el hielo de los glaciares marca los ritmos del año, les sugiero que aprovechen el otoño templado de Buenos Aires para darse una vuelta por Devoto. Las tardes todavía invitan a sentarse en la vereda, pedir un café con una porción de torta y, si el cuerpo lo tolera, animarse a un espumón de chocolate. El clima en la ciudad suele ser benévolo hasta bien entrado mayo, así que todavía hay margen para recorrer la avenida sin apuro. Para los que vienen del sur, el contraste es notorio: dejamos los paisajes de hielo y nos encontramos con un Buenos Aires que, en este tipo de esquinas, parece conservar algo de esa calma que también tienen los pueblos cerca de los glaciares, donde las cosas se miden por generaciones y no por modas pasajeras. Un abrigo liviano alcanza, sobre todo a la salida de los locales, cuando ya entrada la noche el termómetro porteño recuerda que el otoño no se entrega sin pelear. Cerca de El Calafate, mientras tanto, el hielo sigue su marcha y la próxima nota me espera en otra esquina del mundo, pero eso será otra historia.

BY
Bruno YutronichTurismo y glaciares

Te puede interesar