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A la sombra del puma: tres días rastreando al felino más grande de la estepa santacruceña

Desde Perito Moreno, sobre la ruta 40, parten expediciones invernales que siguen huellas en la nieve en busca del depredador tope de la Patagonia. Crónica de una experiencia donde el avistaje nunca está garantizado, pero la estepa siempre recompensa.

Por Bruno YutronichTurismo y glaciares · 4 de septiembre de 2026 · hace 2 h

Bruno Yutronich, Turismo y glaciares — Hay que manejar unas cuatro horas desde El Calafate, casi quinientos kilómetros de ripio y asfalto que se atraviesan primero por la ruta provincial 11 y después por la legendaria ruta nacional 40, para llegar a Perito Moreno, la pequeña ciudad santacruceña que se ofrece como puerta de entrada a uno de los encuentros más silenciosos y emocionantes que hoy propone la Patagonia continental: el safari de pumas en la estepa. Yo llegué en pleno julio, con el termómetro peleando contra los quince grados bajo cero, y la sensación fue la de internarme en un territorio donde la huella de cualquier criatura queda escrita sobre la nieve como si fuera un mensaje en clave. Esa impresión, justamente, es la que aprovechan los guías para desarrollar durante tres jornadas un trabajo minucioso de rastreo en zonas aledañas al Parque Patagonia Argentina, en el departamento Lago Buenos Aires.

Un terreno que el invierno vuelve legible

Porque el invierno, que parece jugarle en contra a cualquier viajero desprevenido, termina siendo el mejor aliado de quienes se dedican a buscar al felino más grande del cono sur. La nieve, que en algunos tramos del recorrido llega hasta las rodillas, transforma la estepa en una página abierta donde cada marca cuenta una historia reciente. Lo explica con paciencia chaqueña un guía local con el que dialogué antes de la salida: mientras la huella del guanaco deja una marca alargada con la punta partida, la del puma es redondeada, presenta una almohadilla con forma de pentágono y, dato clave para no confundirla, no muestra marcas de uñas porque el animal las retrae al desplazarse, igual que un gato doméstico pero en escala gigante. Además, la pata delantera siempre es más grande que la trasera, una asimetría que funciona como firma inconfundible sobre la nieve compacta.

  • Huella redondeada con almohadilla pentagonal y sin marcas de uñas; la pata delantera es más grande que la trasera.
  • Agitación de guanacos y choiques que delatan la cercanía del depredador en la meseta.
  • Vuelo en círculo de caranchos o cóndores que convergen sobre un punto, señal clásica de carroña.
  • Restos de presas, sobre todo guanacos y liebres, parcialmente tapados con tierra y vegetación, indicio de que el puma volvió a alimentarse.

Son cuatro las señales que los baqueanos de la zona leen como un radar natural. Cuando alguna de ellas aparece en el horizonte de meseta y bardas, el grupo se detiene, despliega binoculares y se acomoda en posiciones elevadas para no alterar el comportamiento del animal. Las salidas arrancan antes del amanecer, casi siempre con el cielo todavía negro y el aire cortante, y se extienden hasta entrada la tarde, recorriendo quebradas y cañadones de campos privados y sectores del Parque Patagonia Argentina. La metodología combina paciencia, lectura del terreno y un componente nada menor de suerte: el avistaje nunca está garantizado, y los operadores serios lo aclaran antes de cobrar el pasaje.

El comportamiento del gran gato americano

Lo que vuelve único a este felino, que en estado adulto pesa entre 55 y 80 kilogramos el macho y entre 30 y 60 la hembra, es un repertorio de hábitos muy distinto al de los grandes felinos de África o Asia. El puma, a pesar de su tamaño y de su potencia —puede saltar hasta cinco metros en vertical y más de diez en horizontal, según repiten los manuales de fauna y confirman los propios guías—, no ruge. Se comunica con ronroneos profundos, gruñidos sordos y silbidos agudos que pueden escucharse a buena distancia en la calma de la estepa nevada. Es un animal de hábitos principalmente crepusculares y nocturnos, solitario y territorial, que en la Patagonia sostiene su dieta básicamente a base de guanacos, choiques y liebres, y cumple un rol ecológico fundamental: el de depredador tope que regula las poblaciones de herbívoros y mantiene el equilibrio de todo el ecosistema. Verlo moverse entre las rocas, o apenas divisar su silueta recortada contra una loma blanca, es un privilegio que cambia la forma en que uno entiende la meseta.

En el camino, mientras los ojos buscan al puma, aparecen otras especies que enriquecen la jornada. Es habitual cruzarse con manadas de guanacos que huyen en fila india, con zorros colorados y grises que se detienen a observar al grupo, con el pequeño piche patagónico y hasta con algún zorrino que obliga a suspender la caminata. En el cielo, los cóndores andinos planean aprovechando las térmicas, los choiques corren en grupos por la estepa y, en humedales cercanos, asoman bandadas de flamencos; el área, de hecho, registra más de ciento veinte especies de aves a lo largo del año, según los relevamientos que comparten los propios guías. Esa fauna convierte cada recorrida en una experiencia zoológica completa, incluso en los días en que el puma decide no aparecer.

Qué tener en cuenta antes de sumarse a la expedición

Antes de cerrar el viaje, vale la pena repasar algunos consejos que repiten los operadores y que quienes ya hicimos el recorrido confirmamos. La temporada fuerte va de mayo a septiembre, cuando el manto níveo facilita el rastreo, aunque las salidas se ofrecen todo el año con lógicas distintas: en verano se camina más y se ven más crías, en invierno la observación es más esquiva pero la lectura del terreno, mucho más didáctica. En cuanto al abrigo, no hay medias tintas: ropa térmica de buena calidad, pantalones de nieve, parka de fibra larga, gorro, guantes dobles, bufanda o cuello polar, y botas de trekking impermeables con buen aislamiento son la diferencia entre disfrutar o sufrir la jornada. Sumar binoculares de buen alcance y, si se tiene, un teleobjetivo largo, transforma la experiencia. Y un dato de logística que muchos pasan por alto: Perito Moreno está en el cruce de la ruta nacional 40 y la ruta provincial 43, lo que la convierte también en base para visitar el pueblo de Los Antiguos, reconocido por su microclima de valle y su producción de cerezas y frutillas, y más al sur el Parque Provincial Cueva de las Manos, con sus pinturas rupestres Patrimonio de la Humanidad.

Mi recomendación, después de haber caminado varias horas pisando hielo y viendo la nieve volar con el viento patagónico, es lanzarse a esta experiencia en julio o agosto, cuando la luz baja sobre la estepa regala atardeceres larguísimos y la sensación de soledad es total. Llevar abrigo serio, tomarse el rastreo como una clase a cielo abierto y aceptar que el puma puede no aparecer es, paradójicamente, la mejor forma de prepararse para que aparezca. Cuando la paciencia paga y la silueta del felino se recorta contra una ladera, uno entiende por qué vale cada kilómetro de ripio desde El Calafate.

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Bruno YutronichTurismo y glaciares

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