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Sábado, 17 de octubre de 2026
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A los 63, sola y sobre ruedas: la viajera de Lobos que transformó un Renault 11 en su casa rodante

Delia Torres pasó de armar circuitos ajenos a vivir los suyos. Desde 2021 recorre pueblos argentinos con un auto adaptado como dormitorio, cocina y refugio. Esta es su ruta, sus oficios de viajera y lo que aprendió en el camino.

Por Bruno YutronichTurismo y glaciares · · hace 1 h
A los 63, sola y sobre ruedas: la viajera de Lobos que transformó un Renault 11 en su casa rodante

Conocí la historia de Delia Torres casi de casualidad, mientras revisaba material sobre viajeros solitarios en rutas argentinas, y me detuve en un detalle que la define entera: pasó años organizando viajes de turismo para otros. Sabía de hoteles, de circuitos, de itinerarios cerrados, pero los carteles de los pueblos que aparecían al costado de la ruta siempre le quedaban como una pregunta sin respuesta. Qué había ahí, cómo era la gente, qué se encontraría si se desviaba. Esa curiosidad contenida fue el motor de todo lo que vino después, y esa misma curiosidad es la que me propongo retratar en esta nota, con la seriedad que merece alguien que, a los 63 años, decidió dejar de mirar los carteles y empezar a leerlos de cerca, en primera persona y a su propio ritmo.

Del Renault 11 a la Berlingo: el aprendizaje sobre ruedas

La pandemia aceleró un cambio que Delia ya venía masticando. En 2019 se había mudado al campo, cerca de la Ruta 41, y al relajarse las restricciones empezó a ver pasar casas rodantes frente a su casa. A través de YouTube conoció a viajeros que adaptaban autos comunes para vivir en ellos. Sin motorhome ni presupuesto para comprarlo, optó por transformar lo que tenía: un Renault 11 modelo 1991. Fueron meses de prueba y error, de almohadones y un catre viejo, de medir espacios y correr asientos hasta dar con una solución que describe con la precisión de quien conoce cada centímetro de su casa rodante: sacó la butaca delantera del lado del acompañante e instaló una cama de una plaza con espacio de guardado debajo; en la luneta armó una cocina con anafe y bidones de agua, y del otro lado colocó un inodoro químico portátil. Así, sin taller profesional, fabricó su propio módulo habitable sobre cuatro ruedas.

Antes de animarse a distancias largas, otros viajeros conocidos por redes le recomendaron empezar con trayectos cortos. En 2021 fue a un encuentro de rodanteros en General Belgrano, a unos cien kilómetros de Lobos, y ahí descubrió la dinámica de ese circuito, que vale la pena explicar para quienes nunca lo vieron de cerca: se trata de grupos de ayuda en ruta donde alguien puede pedir que un viajero cercano se acerque a asistirlo, recomendar un mecánico, indicar un lugar seguro para parar o, simplemente, hacer compañía en una noche solitaria. A partir de ese encuentro, Delia entendió que no estaba sola en la ruta: había una red invisible de personas dispuestas a cruzar un par de kilómetros por auxiliar a otra.

Las rutas del norte: del río Negro a Iruya

El primer viaje largo de Delia fue a Las Grutas, en Río Negro, donde se quedó unos quince días fuera de casa. La experiencia le confirmó que el auto aguantaba y que ella también. En 2023 salió hacia Chajarí, en Entre Ríos, y el recorrido se le fue extendiendo por su cuenta, como suele pasarles a los viajeros solitarios cuando se dejan llevar por el camino: pasó por Corrientes, llegó a Misiones, visitó las Cataratas del Iguazú y regresó por la costa del río Uruguay. En el recorrido se detuvo en Yapeyú y se desvió hasta El Soberbio para conocer los Saltos del Moconá, adonde llegó con niebla y tuvo que esperar al mediodía para ver los saltos. También se animó a subir a un gomón, experiencia que define como una de las más memorables del viaje. En 2024 viajó en caravana por el norte, transitó parte de la Ruta 40 y llegó a Jujuy e Iruya, en un tramo final que duró unos cuarenta días. En Catamarca decidió no continuar hacia el Campo de Piedra Pómez, porque el auto no respondía a la subida y el viento en contra lo hacía imprudente. Esa decisión, cabe subrayarlo, habla de un conocimiento clave en la vida de los viajeros solitarios: saber cuándo seguir y cuándo frenar.

Lo que aprendió en el camino

  • Conviene empezar con viajes cortos y sumar kilómetros de manera progresiva, como lo hizo Delia entre Lobos y General Belgrano antes de lanzarse a Las Grutas.
  • La red de viajeros es un recurso concreto: a través de grupos se piden auxilios mecánicos, se recomiendan talleres y se comparten puntos seguros para detenerse.
  • Un auto adaptado puede funcionar como casa rodante, pero tiene límites físicos: en Catamarca, el viento en contra y la falta de respuesta del Renault 11 hicieron prudente no seguir hacia el Campo de Piedra Pómez.
  • La cocina y el baño se pueden resolver de manera artesanal, con un anafe sobre la luneta, bidones de agua y un inodoro químico portátil colocado en el asiento trasero.

Hoy Delia ya no viaja en el Renault 11: se movió a una Citroën Berlingo adaptada, con la misma lógica de aprovechar el espacio y los mismos oficios de viajera aprendidos a fuerza de rutas y pueblos. Planea seguir explorando el norte argentino, esa franja del país que la atrapó en los últimos años. A quien esté pensando en imitar su camino, le dejaría una recomendación que surge de su propia experiencia, pensada como un consejo de temporada y abrigo: antes de lanzarse a la Ruta 40 en invierno, conviene hacer base en algún pueblo del norte con buen acceso a servicios, llevar ropa de abrigo para el amanecer y planificar las paradas con margen, porque el clima en esas regiones puede bajar varios grados entre el mediodía y la noche. Y si hay algo que la historia de Delia Torres enseña, es que la mejor ruta es la que uno elige con tiempo, con prudencia y con la libertad de frenar cuando hace falta.

BY
Bruno YutronichTurismo y glaciares

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