A treinta años del grito que abrió Scream: cómo Wes Craven hizo llorar a Drew Barrymore con un recuerdo y un mechero
La escena inicial de la película de 1996 sigue siendo una clase de terror moderno. Detrás del llanto genuino de la actriz había una historia de crueldad animal, un director que la apuntaba en cámara y una apuesta de marketing que cambió al género para siempre.
Miren, les voy a contar algo que cada vez que lo recuerdo me sigue poniendo la piel de gallina, y eso que pasaron casi tres décadas. La escena con la que arranca Scream, aquella llamada telefónica que se va transformando en una tortura donde la víctima termina degollada en un porche cualquiera de un suburbio yanqui, esa secuencia inicial del film que Wes Craven estrenó en 1996, esconde una historia de rodaje que es casi un cuento de actores de los viejos tiempos, de esos donde eldirector conocía a su elenco y sabía dónde apretar para sacar de adentro lo que el papel pedía. Lo que estamos viendo en pantalla, las lágrimas de la actriz que interpreta a Casey Becker, la primera víctima de Ghostface, eso que parece trabajo de una actriz que se deja llevar por el guion, es en realidad un llanto genuino, arrancado a fuerza de provocación emocional por un director que sabía exactamente qué botón tocar.
Estoy encendiendo el mechero
La noche anterior al rodaje, Drew Barrymore llegó al set todavía sacudida por una noticia que había leído en un diario. Un hombre había quemado vivo a su perro. La historia la había perturbado de verdad, no como un comentario hecho al pasar entre divas, sino como una de esas cosas que se le quedan a una dando vueltas en la cabeza cuando uno se va a dormir y al día siguiente sigue ahí, en el mismo lugar. Cuando se lo contó a Wes Craven, el director la escuchó con la atención de un viejo zorro del género. No le dijo que lo olvidara, ni le pasó un inhalador ni le ofreció un té de tilo. Le dijo algo mucho más simple y mucho más perverso: cada vez que la cámara empezaba a rodar, él se acercaba y le susurraba al oído la frase Estoy encendiendo el mechero.
“Se oía a Drew gritar y aullar, y yo pensaba: ¿pero qué coño está pasando ahí dentro? Y era Wes, que la estaba animando.”Julie Plec, asistente de dirección en el rodaje
Julie Plec, que por entonces era una asistente que empezaba a entender cómo se cocina una película desde abajo, lo cuenta con la mezcla de incomodidad y fascinación de quien presencia algo que no termina de creer. Lo que ella escuchaba desde el otro lado de la puerta eran los gritos reales de Barrymore, que se había metido en la cabeza la imagen de un animal ardiendo y no podía sacársela. Craven había encontrado la manera de mantener ese recuerdo fresco durante toda la secuencia, dejándolo caer como una aguja que pincha en un punto sensible. El resultado es el que todos vimos: una víctima que se quiebra de verdad, que llora de verdad, que negocia con su asesino como quien negocia con la muerte misma, y que cuando finalmente muere deja al espectador con la sensación de que el mundo que acaba de empezar a conocer se ha vuelto irremediablemente peligroso.
Cualquiera podría morir
Pero acá viene la segunda parte de la historia, que es donde la cosa deja de ser una anécdota de rodaje para convertirse en una jugada maestra de marketing. Scream se promocionó en cines, en televisión y en los diarios con la cara de Drew Barrymore como si fuera la protagonista absoluta de la película. La protagonista absoluta. Pónganse en la cabeza del espectador medio de 1996, que iba al cine buscando una nueva entrega del género con la garantía de una estrella simpática, conocida por comedias románticas y por haberse codeado con Steven Spielberg en E.T. Muchos pagaron la entrada pensando que Barrymore iba a ser el ancla emocional del film, la chica que sobrevive, la heroína con la que uno se identifica hasta el final. Y a los doce minutos esa chica estaba muerta, colgando de un árbol, con el teléfono todavía en la mano.
“Vas a ver el tráiler y los anuncios, y vas a estar seguro de que ella es la protagonista. Es imposible que muera. Cuando muera al final de esa secuencia, pensarás: cualquiera podría morir.”Richard Potter, director de desarrollo de Dimension Films
Richard Potter, que por entonces estaba del lado de Dimension Films, la productora de los hermanos Weinstein que apostó a fondo por el proyecto, lo explica con la frialdad del que ya sabe que la movida va a funcionar. La lógica era tan sencilla como brutal: si el público cree que Barrymore es la protagonista, su muerte se convierte en una traición al contrato tácito que uno firma cuando compra una entrada. Y una traición así, en el primer acto, le dice al espectador algo mucho más importante que cualquier escena de susto: en esta película nadie está a salvo. El guiño a Psicosis es inevitable y el propio equipo lo reconoce, porque fue Hitchcock el que inventó esta trampa hace más de medio siglo cuando decidió matar a Janet Leigh en la ducha antes de que la historia propiamente dicha empezara. Pero hay una diferencia de tono que Craven entendió perfectamente: en Psicosis la muerte de Leigh era una conmoción seca, casi silenciosa, mientras que en Scream la de Barrymore es una agonía larga, ruidosa, donde la víctima ruega, llora y hasta intenta negociar los términos de su propio final.
Por qué importa treinta años después
Uno podría preguntarse para qué detenerse en estos detalles casi de archivo, en una época donde cada semana sale una nueva película de terror y donde el streaming nos ofrece volúmenes industriales de slashers serializados. La respuesta, me parece a mí, es que Scream no fue solo una película que recaudó bien y dejó una franquicia con muchas entregas. Fue una película que redefinió las reglas del juego, y lo hizo con una combinación de decisiones de guion, de dirección y de campaña promocional que en aquel momento parecía nueva y que hoy, vistas en perspectiva, parecen obvias. El slasher posterior, desde el ascenso de los found footage hasta la interminable saga de los slasher postmodernos que se ríen de sí mismos, le debe a Craven algo más que la máscara de Ghostface. Le debe la idea de que el público puede ser un aliado y un enemigo al mismo tiempo, alguien a quien hay que engañar con la misma delicadeza con la que se lo asusta. Y le debe, también, este recuerdo: un director susurrándole a una actriz Estoy encendiendo el mechero al oído para que el dolor sea de verdad, y una actriz confiando en ese director hasta el punto de dejarse llevar a un lugar del que después, según cuenta Julie Plec, salió agotada pero sabiendo que algo histórico se había filmado esa mañana.
