Amor con hipótesis: la nueva comedia romántica de Prime Video que se prueba en laboratorio
Lili Reinhart y Tom Bateman encabezan una historia ambientada en la universidad, donde un noviazgo falso se convierte en la antesala de un sentimiento que nadie supo medir a tiempo.
Tengo la sensación de que el público de cuarenta para arriba, ese que ya leyó demasiados contratos sentimentales, encuentra en La hipótesis del amor algo de aire fresco, aunque la receta pertenezca al manual clásico de la comedia romántica que tanto queremos: dos personas que se hacen las distraídas hasta que la vida las obliga a mirarse de frente, y acá se nota, porque la película que acaba de desembarcar en Prime Video se tomó el trabajo de condimentar el género con un escenario que a mí, personalmente, me resulta entrañable: los pasillos de una universidad estadounidense, con sus laboratorios, sus aulas atestadas de carpetas y esos profesores de mirada severa que parecen tallados en mármol pero que después, claro, terminan derritiéndose como cualquier hijo de vecino.
La propuesta la sostiene un reparto encabezado por Lili Reinhart, a quien muchos recuerdan como Betty Cooper de la serie Riverdale, y Tom Bateman, un actor británico de rostro anguloso y presencia elegante que viene de moverse con soltura en películas de época; los dos se cruzan en una historia de 110 minutos dirigida por Claire Scanlon, una directora con experiencia en sitcoms, y escrita por Sarah Rothschild sobre la base de la novela de Ali Hazelwood, una autora que se hizo un nombre precisamente en este cruce entre ciencia y romance que tanto rédito viene dando entre lectoras y lectores jóvenes.
El pacto inicial: dos problemas y una sola mentira
La premisa es de las que enganchan de entrada y a mí me parece que tiene la picardía de las buenas comedias de enredos: Olive Smith, la estudiante de posgrado a la que da vida Reinhart, está obsesionada con la idea de que su mejor amiga Anh, interpretada por Rachel Marsh, se anime a salir con un chico llamado Jeremy, al que encarna Nicholas Duvernay, y entonces decide aparentar un noviazgo con el profesor Adam Carlsen, el personaje de Bateman, justamente para mostrarle a su amiga que ya no le interesa ese muchacho, mientras que él, que tiene sus propias razones para prestarse al juego, necesita simular una relación estable porque, según el planteo del filme, eso lo dejaría mejor posicionado para conseguir una beca que le permita continuar con su línea de investigación, y así, cada uno con su motivo, sellan un acuerdo que funciona como la puerta de entrada a una de esas historias donde el amor se mete sin pedir permiso en medio de los cálculos más racionales.
La amistad como motor y el peso de la mochila emocional
A mí lo que más me conmueve de este tipo de relatos, y lo digo con la honestidad que me caracteriza, es advertir cómo la amistad aparece como una fuerza gravitatoria antes que el romance mismo, porque Olive es una joven que perdió a su madre durante la adolescencia y que encontró en Anh una especie de hermana elegida, una compañera de laboratorio y de confidencias con la que comparte la pasión por la ciencia, y entonces el pacto no nace del capricho ni del cálculo frío, sino de ese cariño profundo que la lleva a tenderle una trampa benévola a su amiga para que pueda animarse a dar el primer paso, y en esa decisión se adivina ya el retrato de una protagonista que es, a la vez, luminosa y un poco a la defensiva, como suele ocurrirles a quienes aprendieron muy temprano que la vida se sostiene en los vínculos que uno elige.
- Dirección: Claire Scanlon, con trayectoria en comedias televisivas.
- Guion: Sarah Rothschild, sobre la novela de Ali Hazelwood.
- Protagonistas: Lili Reinhart como Olive Smith y Tom Bateman como Adam Carlsen.
- Reparto de apoyo: Rachel Marsh, Nicholas Duvernay, Jaboukie Young-White y Arty Froushan.
- Duración: 110 minutos.
- Plataforma: Prime Video, disponible desde su reciente estreno.
Del fingimiento al sentimiento: el arco clásico, pero con buena factura
Lo que sigue, y acá viene el corazón del asunto, es el recorrido de cualquier comedia romántica bien calibrada: el trato empieza como una actuación pública con resultados prácticos, las cenas compartidas, las miradas cómplices en los pasillos y los roces imprevistos en el laboratorio van limando esa coraza profesional que Carlsen muestra ante sus estudiantes, y Olive pasa del nerviosismo a una incomodidad creciente cuando advierte que lo que empezó como una mentira a medida se le está convirtiendo en algo demasiado verdadero como para seguir controlándolo con la razón, y a mí eso me parece lo más disfrutable del filme, esa transición del pacto al temblor, porque la película no apura ese paso ni lo adorna con giros inverosímiles, sino que deja que los gestos y los silencios hablen por los personajes.
Si hay algo que me reconcilia con esta clase de propuestas es que, al final del camino, la pantalla nos devuelve una enseñanza que a esta altura de la vida uno agradece escuchar cantada en otro tono: que la ciencia puede explicar el mundo, pero los sentimientos, esos, se siguen midiendo con otras unidades, y que la amistad, cuando es genuina, termina empujándonos hacia donde tenemos que ir aunque al principio nos dé un poco de miedo, y con ese espíritu conciliador que me define, creo que vale la pena acercarse a esta película sin prejuicios, dejarse llevar por el ritmo de sus diálogos y, por qué no, permitirse volver a creer, aunque sea por un rato y aunque la mesada del laboratorio esté a oscuras, que las hipótesis sobre el amor todavía se pueden confirmar.
