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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Aquellas cuatro hermanas de Tokio que el algoritmo se olvidó

Koreeda dejó pasar casi un año desde el estreno de su única serie, "Asura", y la plataforma nunca le hizo caso. Acá va el rescate.

Por Ramón VeraCultura y espectáculos · · hace 1 h
Aquellas cuatro hermanas de Tokio que el algoritmo se olvidó

Tengo que confesar algo antes de arrancar: cuando vi la primera escena de Asura, esa cocina angosta donde cuatro mujeres se sirven té como si el mundo se fuera a terminar si dejaban de hablar de cosas intrascendentes, me acordé de un verso de Spinetta que dice aquello de que el pasado es un extraño con zapatos rotos. Y es exactamente lo que les pasa a estas hermanas. Pero vamos por partes, que la cosa se merece.

Hay que situarse primero en el escenario. Tokio, invierno del 79. La nieve cae sobre los techos de zinc, los colectivos pasan lentos, y en una casa antigua del barrio se reencuentran cuatro hermanas que llevan años sin verse bajo el mismo techo. Tsunako enseña arreglo floral, Makiko es ama de casa con dos hijos, Takiko trabaja en una biblioteca y Sakiko, la menor, atiende mesas en un bar. Las cuatro son distintas como cuatro estaciones, pero comparten algo que todavía no pueden nombrar: un padre viejo, Kotaro, y una madre, Fuji, a la que quieren proteger de algo que todavía no terminó de estallar.

La bomba que nunca explota

Takiko llegó a la reunión con una sospecha en el bolso: cree que su padre, ya anciano, tiene una amante y un hijo secreto. Las otras tres la miran como se mira a una loca. Pero prometen guardar silencio, no agitar la mesa donde la madre sirve el arroz. Ese pacto inicial es el primer movimiento de una partida que el director japonés Hirokazu Koreeda, el mismo de Una familia de Tokio y Nadie sabe, sabe estirar como nadie.

Lo que me fascina de cómo está contada la historia es que el secreto no destruye nada de golpe. Funciona al revés: abre grietas que ya estaban ahí, tapadas con pintura fresca. Cada hermana lleva años represando algo, y el descubrimiento del padre las obliga a asomarse a sus propios pozos. Una quiere dejar al marido, la otra esconde un duelo, la menor huye de un compromiso, la mayor pide permiso para ser dueña de su propia vida. El motor externo destraba lo interno, y eso es una marca registrada del cine de Koreeda, pero acá le sobra aire para trabajarlo.

Siete capítulos para hacer lo que en una película quedaba apretado

Una de las cosas que más se celebran del paso de Koreeda al formato serie es que por fin tiene tiempo de respirar. En sus películas, este director suele comprimir situaciones familiares enteras en dos horas, con un dolor que a veces pide más pausa. Acá tiene siete episodios de una hora cada uno para desplegar la psicología de cuatro mujeres, y eso se nota. Hay escenas donde dos hermanas se sientan a tomar cerveza en una cocina y de pronto la conversación se vuelve un bisturí, sin gritos ni portazos. Eso, en el cine, muchas veces queda afuera por culpa del tijeretazo del montaje.

Otro recurso que el director repite a lo largo de toda su filmografía, y que en Asura funciona muy bien, es el humor cotidiano como contrapeso del drama más pesado. Las hermanas discuten por la comida, se pelean por la herencia de una receta, se ríen del corte de pelo del padre. Ese registro chiquito, de franja hogareña, es el que hace que cuando llega el golpe emocional uno lo reciba en carne viva, sin anestesia.

Lo más doloroso, y a la vez lo más lindo del asunto, es que Netflix la subió sin pena ni gloria. No hubo póster en los aeropuertos ni campaña en las marquesinas. La serie se perdió entre mil notices automáticas y quedó flotando en el catálogo como una botella a la deriva. Eso, que para la plataforma es un dato de gestión, para el espectador que la descubre es una rareza: encontrar hoy, en mitad del barullo algoritmico, una historia contada con la paciencia de antes.

Dónde y cuándo se puede ir a verla. Está entera en Netflix, los siete episodios, doblada al castellano rioplatense y también con subtítulos en español. Ideal para una semana de lluvia, una tarde de sofá y, si puede ser, con alguien al lado a quien después le puedas contar lo que les pasa a estas cuatro mujeres. Porque eso es lo que termina pasando: lo que uno no termina de decir adentro de uno mismo aparece afuera, en la pantalla, mientras las cuatro hermanas toman té en esa cocina del 79 que podría ser la cocina de cualquiera.

RV
Ramón VeraCultura y espectáculos

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