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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Arequipa: la Ciudad Blanca que mira de cerca a tres volcanes y guarda un órgano belga en su catedral

A 2.500 kilómetros al norte de El Calafate, la capital del sur peruano ofrece un centro histórico de piedra volcánica, miradores con el Misti como protagonista y una gastronomía que se sirve en picanterías con historia

Por Bruno YutronichTurismo y glaciares · · hace 26 d
Arequipa: la Ciudad Blanca que mira de cerca a tres volcanes y guarda un órgano belga en su catedral

Hay que remontar unos 2.500 kilómetros hacia el norte desde El Calafate para llegar a una ciudad que se ganó el apodo de Ciudad Blanca, aunque vista desde el aire parezca más bien un rectángulo de casonas bajas abrazado por tres volcanes. Esa es Arequipa, la capital del segundo departamento más meridional del Perú, y es también un destino al que se llega sin demasiadas complicaciones: desde Lima, el vuelo cubre el tramo en una hora y veinticinco minutos, y desde la pista ya se adivina la silueta del Misti recortada contra un cielo que, en esta parte de los Andes, suele estar limpio de nubes durante buena parte del año.

Antes de armar el itinerario conviene revisar el pronóstico y, sobre todo, el termómetro. El clima seco y la altura —la ciudad se asienta a unos 2.335 metros sobre el nivel del mar— hacen que el día invite a caminar con remera liviana, porque las máximas rondan los 24 grados, pero que la noche pida un abrigo firme, ya que las mínimas bajan a entre 8 y 10 grados. Esa amplitud térmica es parte de la rutina de los arequipeños y también un dato clave para elegir la ropa que se lleva en la mochila.

Piedra volcánica y un patrimonio reconocido por la Unesco

El recorrido empieza, como casi siempre, en la Plaza de Armas. A su alrededor se ordenan la catedral y tres portales que funcionan como una suerte de anillo comercial histórico: el de la Municipalidad, el de Flores y el de San Agustín. El conjunto integra el casco histórico que en 2000 fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco, un reconocimiento que ponderó la mezcla de técnicas constructivas europeas y nativas que caracteriza a las fachadas de la zona.

El material que más llama la atención es el sillar, una piedra de origen volcánico, de color blanco lechoso, que explica justamente el sobrenombre de la ciudad. Los muros de la catedral, de las iglesias y de muchas casonas están levantados con bloques de ese mineral, que se trabajó durante siglos con métodos tradicionales. Esa blancura se agradece todavía más cuando el sol del mediodía pega de lleno y la ciudad parece encenderse.

  • La catedral, reconstruida tras el terremoto de 2001, conserva en su interior un órgano de 12 metros de alto y 1.218 tubos fabricado en Bélgica, que suena durante las misas dominicales y permite ascender al campanario para obtener una vista cenital de la Plaza de Armas.
  • La iglesia de San Agustín, a pocos pasos de la plaza, expone frescos con vegetación y aves de la selva peruana. El acceso a la capilla cuesta 10 soles y, dentro de ese sector, no se permiten fotografías ni registros con celulares.
  • El mirador de Yanahuara, un clásico para los visitantes que quieren ver de cerca al Misti (5.822 metros sobre el nivel del mar), al Chachani y al Pichu Pichu, las tres montañas que custodian el valle del río Chili.

Terrazas incas, picanterías y una cocina con apellido propio

Más allá del circuito clásico, la ciudad conserva terrazas agrícolas que todavía se usan y que están emparentadas con los sistemas de cultivo que los incas desarrollaron en la región. Esa herencia se cruza con la oferta gastronómica que el sur peruano supo transformar en seña de identidad: las picanterías, locales tradicionales donde se sirve desde rocoto relleno hasta ají de gallina en versiones locales, son el mejor lugar para probar la cocina de la zona y entender por qué, en este rincón del Perú, comer es casi una visita cultural.

Como recomendación práctica para quien esté armando el viaje, conviene pensar en Arequipa entre abril y noviembre, cuando el clima se mantiene más estable y los días soleados predominan. Para la noche, un abrigo grueso es imprescindible, porque la diferencia entre el termómetro de las dos de la tarde y el de las diez de la noche puede superar los quince grados y arruinar la experiencia a quien subestima esa oscilación.

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Bruno YutronichTurismo y glaciares

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