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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Cielos grises, huesos en alerta: por qué la falta de sol no siempre significa falta de vitamina D

Las jornadas tapadas recortan la radiación ultravioleta, pero el cuerpo tiene reservas que amortiguan esos cambios. El médico Ramiro Heredia advirtió que los adultos sanos no deben tomar suplementos sin control y marcó qué grupos sí necesitan mirar sus niveles.

Por Griselda MuñozSociedad y vida · · hace 1 h
Cielos grises, huesos en alerta: por qué la falta de sol no siempre significa falta de vitamina D

Acá en la cuenca, cuando se juntan tres o cuatro días de cielo cubierto y llovizna pertinaz, empieza el runrún de la cuadra. La vecina Marta, 62 años, me dice mientras revuelve el mate en la cocina que le duelen los huesos, que está cansada y que seguro le falta vitamina D porque no se vio el sol en toda la semana. La escucho con atención, porque es la misma queja que repite Silvia, 55, la del kiosco de la esquina, y hasta don Roberto, 71, que ya tuvo una fractura de cadera y no quiere ni escuchar la palabra osteoporosis. Y sin embargo, nosotros, que convivimos con estos inviernos largos y húmedos, solemos mezclar dos cosas muy distintas: la melancolía que trae la falta de luz y un déficit que, en la mayoría de los adultos sanos, no se produce por unos días nublados.

La vitamina D se fabrica principalmente en la piel cuando recibe radiación ultravioleta B. También se puede incorporar a través de algunos alimentos, aunque esa síntesis al sol sigue siendo la fuente principal para la mayoría de las personas. Las nubes filtran parte de esa radiación, pero no la eliminan por completo, de modo que varias jornadas seguidas de lluvia o de cielo tapado no implican, por sí solas, una caída significativa en los niveles de esta vitamina. A eso se suma que el organismo guarda reservas que le permiten amortiguar períodos de menor exposición, así que la posibilidad de terminar con un déficit depende de los niveles previos de cada uno, de los antecedentes médicos y del estado de salud general.

Quiénes sí deberían prestar atención a sus niveles

El médico especialista en medicina interna Ramiro Heredia, de la Universidad de Buenos Aires, fue muy claro: no todas las personas necesitan hacerse análisis ni tomar suplementos de manera preventiva. Sí recomendó poner el tema sobre la mesa con el médico de cabecera a quienes forman parte de grupos con riesgo comprobado de deficiencia.

  • Adultos mayores, por la menor capacidad de la piel de sintetizar vitamina D y por el riesgo de osteoporosis y fracturas.
  • Personas con obesidad, porque la vitamina D queda atrapada en el tejido adiposo y queda menos disponible en circulación.
  • Pacientes con enfermedad celíaca, ya que la mala absorción intestinal puede comprometer los niveles.
  • Quienes pasaron por cirugías bariátricas, internaciones prolongadas o cuadros críticos, situaciones que alteran la absorción y el metabolismo de esta vitamina.
  • Personas con antecedentes de osteoporosis o fracturas, donde mantener niveles adecuados es clave en el cuidado óseo.

Para los adultos sanos que no entran en ninguno de esos casilleros, el especialista fue categórico: no existe una recomendación general de suplementación sin una deficiencia documentada con análisis. Y agregó una advertencia que muchas veces se pierde: el exceso también puede hacer daño. Consumir vitamina D en cantidades elevadas sin control médico puede provocar toxicidad, elevar el calcio en sangre y comprometer la función renal, algo especialmente riesgoso en personas mayores o con problemas de riñón que ya están polimedicadas.

Para qué sirve la vitamina D y cómo se incorpora por la comida

La vitamina D cumple un rol central en la absorción del calcio y el fósforo, los dos minerales clave para que los huesos se mantengan firmes. Su déficit marcado puede causar osteomalacia en adultos, una enfermedad que debilita el esqueleto y aumenta el riesgo de fracturas, y en niños puede derivar en raquitismo. Además, esta vitamina participa en el funcionamiento muscular y en la regulación del sistema inmunitario, por eso suele aparecer mencionada en la discusión sobre defensas bajas de temporada.

En la mesa también se consigue, aunque en cantidades modestas. Los huevos, los pescados grasos como el salmón y la caballa, y ciertos yogures y leches fortificados aportan vitamina D. Ahora bien, cuando ya hay un déficit diagnosticado, la dieta sola muchas veces no alcanza para corregirlo y ahí sí entra la indicación profesional de suplemento, con la dosis y el seguimiento que correspondan.

Vuelvo entonces a la cocina del principio, donde Marta sigue sosteniendo que le falta sol y por eso le faltan vitaminas. Le explico, como le expliqué a Silvia y a don Roberto, que el cuerpo tiene espaldas para bancar una semana sin sol, que suplementar a ciegas puede ser tan problemático como no hacerlo cuando hace falta, y que la única manera sensata de zanjarlo es una conversación con el médico y, si corresponde, un análisis que muestre dónde estamos parados. Acá en la cuenca, donde el invierno se estira y el cielo se pone gris como una frazada, lo que mejor cuidamos es la calma: ni comprar frascos de vitamina D por impulso ni dejar pasar un déficit que, en los grupos de riesgo, puede terminar pagándose con un hueso roto.

GM
Griselda MuñozSociedad y vida

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