Cuando el cuerpo y la escuela gritan lo que la casa no dice: la salud mental de los pibes en alerta
Niños y adolescentes llegan a las aulas, los consultorios y las guardias con marcas visibles y silencios que pesan. Faltan equipos, sobran tiempos muertos y el Estado mira cada uno por su lado.
Acá en la cuenca, en una escuela primaria de Morón, la preceptora me cuenta, mientras revuelve un mate con cara larga, que este año se le triplicaron los chicos que se quedan dormidos en el aula o que revientan en llanto sin motivo aparente. La escena se repite en las cocinas de las seños, en los recreos, en los grupos de WhatsApp de padres: alguien nombra a un pibe que dejó de comer, a una nena que se lastima las muñecas en el baño, a un adolescente que se encerró en su cuarto y ya no sale. La escena que me pinta Graciela, una vecina de 52 años que trabaja como portera hace veinte en esa escuela, es la misma que se multiplica en los consultorios y en las guardias de toda la región metropolitana.
Las estimaciones de UNICEF que cita el material que estamos repasando marcan que 1 de cada 8 niñas y mujeres sufrió una violación o agresión sexual antes de los 18 años, y entre los varones la proporción es de 1 de cada 11. Buena parte de esas experiencias permanecen silenciadas porque nunca apareció un interlocutor, y sus efectos sobre la salud mental pueden extenderse durante toda la vida. A eso se le suman maltratos cotidianos, negligencia y humillaciones que pocas veces quedan registrados en ningún expediente. En otras palabras, lo que llega a la escuela o al hospital suele ser apenas la punta de un hilo que viene de mucho más lejos.
Pantallas, apuestas y aulas que no pueden enseñar
Las plataformas digitales agregaron una dimensión nueva. Chicos y adolescentes quedan expuestos a contenidos sexuales no deseados, a las apuestas y a material que promueve conductas de riesgo. De acuerdo con UNICEF, 1 de cada 4 adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez. Para muchos pibes el uso intensivo de pantallas no es un capricho ni una moda: en varios casos funciona como refugio frente a soledades que no tienen otro lugar adonde ir. Y cuando el refugio es la pantalla, también es una puerta de entrada a situaciones que después nadie sabe cómo acompañar.
A ese cuadro se suman las cifras de las pruebas PISA 2025: casi 8 de cada 10 estudiantes argentinos de 15 años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de 6 de cada 10 tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias. Aprender exige atención, confianza y capacidad de tolerar la frustración, recursos que se agotan rápido cuando la energía psíquica está puesta en sobrevivir al hambre, la violencia o el abandono. No es casual que un pibe que no pega un ojo por la noche no pueda resolver un problema de geometría a la mañana siguiente, ni que una chica que come compulsivamente porque no sabe cuándo va a volver a hacerlo se quede mirando el techo en vez de copiar la tarea.
Cuando la familia golpea la puerta y el sistema no abre
Cuando una familia logra advertir que algo está mal y pide ayuda, muchas veces se encuentra con servicios saturados, con falta de profesionales especializados y con tiempos de espera que convierten una señal temprana en una urgencia. La atención llega fragmentada: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital el síntoma, la justicia la infracción. El chico, en el medio, puede perderse como persona dentro de un circuito de informes e intervenciones que no se hablan entre sí. Esa fragmentación es, para nosotros, una de las claves del momento crítico que atraviesan los pibes.
Equipos que faltan y un Estado que mira por separado
Los equipos de salud mental infantojuvenil son escasos y están mal distribuidos. Atender a un pibe en riesgo no se resuelve solo con un profesional aislado: hace falta una red en la que el pediatra, el psicólogo, el trabajador social, la escuela, el centro de salud y, cuando corresponde, la justicia, trabajen sobre el mismo caso y en la misma dirección. Hoy, en muchos barrios, esa red no existe o funciona a los tumbos. Lo que el material describe es un sistema que llega tarde y que, cuando llega, no termina de sostener a quien necesita quedarse un rato largo.
Vuelvo a Graciela, la portera de 52 años que me describió el principio de esta nota. Me dice, antes de irse a abrir la puerta del turno tarde, que lo más triste no es ver a un pibe que se lastima o que no duerme: lo más triste es cuando nadie sabe qué hacer con él. Esa frase, que no es de ningún paper ni de ningún informe internacional, resume el momento que estamos viviendo. La crisis de salud mental infantil no es un tema de especialistas: es una señal que nos atraviesa como sociedad, y que nos obliga a pensar cómo construimos, entre todos, un lugar donde un chico que pide ayuda no se quede esperando del otro lado de la puerta.
