Cuando la vista, el cuerpo o las creencias se alteran: por qué vale la pena consultar sin demoras
Cambios repentinos en la visión, distorsiones del tamaño de las cosas o ideas fijas que chocan con la realidad pueden tener causas muy distintas. La consulta médica apunta a distinguir qué hay detrás y a definir qué atención necesita cada persona, sin apurar diagnósticos.
Acá en la cuenca, la otra tarde, en la cocina de Marta, una vecina de 52 años que conozco del barrio, me decía que durante unas semanas había visto cosas que nadie más veía, y se confesaba muerta de vergüenza. Me acuerdo de su cara de alivio cuando le dije que no estaba loca, que se tranquilizara, que lo primero que había que hacer era ir al médico. Y es que muchas veces uno se queda callado, nosotros, por miedo al qué dirán, cuando en realidad la consulta temprana puede cambiarlo todo. Los cambios repentinos en la visión, las distorsiones persistentes del tamaño de los objetos o las sensaciones físicas sin una explicación clara son motivos suficientes para pedir una evaluación profesional, y también lo son las creencias firmes sobre la salud o las personas cercanas que generan un malestar intenso y arruinan los vínculos cotidianos.
Percepciones, alucinaciones y delirios: tres experiencias distintas
Para orientarse, importa distinguir experiencias que suenan parecidas pero son muy diferentes. Una distorsión modifica la percepción de algo que existe, por ejemplo sentir que una habitación cambió de tamaño. Una alucinación supone percibir algo sin que haya un estímulo externo que lo produzca. Un delirio, en cambio, es una creencia fija que se mantiene aunque se le muestren pruebas en contrario. La diferencia no es un detalle académico, porque cada una orienta la búsqueda médica hacia un lado distinto.
Ver figuras que nadie más ve no indica, por sí solo, una enfermedad psiquiátrica. En el llamado síndrome de Charles Bonnet, personas con pérdida importante de visión pueden percibir imágenes complejas y, aun así, reconocer que no son reales. La evaluación contempla exámenes neurológicos y cognitivos y, cuando la presentación es atípica, también estudios de neuroimagen para descartar otras causas.
Cuerpo, espacio y tiempo: cuando lo que se altera es la proporción
Las alteraciones del tamaño aparente del cuerpo o del entorno también necesitan contexto clínico. El conocido como síndrome de Alicia en el País de las Maravillas puede modificar la percepción visual, corporal y temporal, y una revisión de 169 casos publicada en la literatura médica encontró que la migraña era la causa más frecuente en adultos, mientras que las encefalitis predominaban en menores de dieciocho años. Mencionarlo sirve para entender que estas experiencias no son caprichos ni exageraciones, sino manifestaciones que merecen un estudio serio.
Creencias que comprometen la vida cotidiana
Hay otras manifestaciones que comprometen las creencias sobre uno mismo o sobre los demás. Pueden incluir la convicción de no existir, de haberse transformado en un animal o de que una persona cercana fue reemplazada por un impostor. Estas experiencias requieren atención profesional y, sobre todo, no deben interpretarse como conductas voluntarias o como una manera de llamar la atención. Del mismo modo, los celos delirantes, esa sensación inquebrantable de que el otro engaña sin ninguna prueba, tampoco equivalen a los desacuerdos habituales de pareja y necesitan una mirada clínica específica.
La piel, los organismos y la necesidad de descartar causas médicas
Cuando alguien siente que tiene organismos caminando sobre la piel o debajo de ella, la evaluación debe descartar antes que nada una infestación real y otras causas médicas antes de pensar en un diagnóstico psiquiátrico. Entre las posibles causas figuran déficits vitamínicos, trastornos tiroideos, infecciones y consumo de sustancias, y el tratamiento que se indique va a depender de lo que el estudio encuentre. Lo que no hay que hacer es normalizarlo en silencio ni automedicar.
Me quedo pensando otra vez en Marta, la vecina del principio, que terminó concurriendo a una consulta y arrancó un tratamiento adecuado. Su caso me dejó una enseñanza que me parece importante compartir acá, en la cuenca, con todos nosotros: no hace falta tener un diagnóstico en la cabeza para pedir ayuda, alcanza con notar que algo se modificó y dar el primer paso. Una evaluación profesional, que contemple antecedentes, contexto y otras manifestaciones, es la que define qué atención necesita cada persona. Y eso, créanme, no es un dato menor, es la diferencia entre andar semanas cargando una preocupación a solas y empezar a resolverla.
