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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuidar sin pausa: la sobrecarga intensa que golpea al 40,8% de los cuidadores principales en la Argentina

Una encuesta de la Universidad Austral sobre 120 cuidadores principales advierte que seis de cada diez arrastran algún grado de agotamiento, con un impacto desigual entre mujeres y varones, y un acceso a licencias que cae a la mitad entre los trabajadores informales.

Por Griselda MuñozSociedad y vida · · hace 14 d
Cuidar sin pausa: la sobrecarga intensa que golpea al 40,8% de los cuidadores principales en la Argentina

Acá en la cuenca, mientras se corta el pan en la cocina y la pava empieza a silbar, doña Elsa, 58 años, me dice que a veces termina el día y no recuerda si cenó. Hace cuatro años que se ocupa ella sola de su marido, que se recupera de un ACV, y entre las pastillas, los turnos en el hospital y la pensión que nunca alcanza, se le fue de las manos algo tan básico como dormir ocho horas seguidas. "Uno se acostumbra", repite, como si el acostumbramiento fuera un escudo. Esa frase, que escucho una y otra vez cuando salgo a la puerta de los barrios a buscar estas notas, es la misma que apareció, con otras palabras, en los formularios de la encuesta que acaba de presentar la Universidad Austral sobre el cuidado familiar: el 60,6% de las mujeres que cuidan asumen ese rol como principal y arrastran un nivel de sobrecarga que el propio relevamiento califica de preocupante.

El trabajo se hizo por internet entre octubre de 2025 y abril de 2026, con 1.028 personas mayores de 18 años residentes en la Argentina. Una de cada cinco, el 20,4%, manifestó que cuidaba a un familiar. Dentro de ese universo, la encuesta aisló a 120 cuidadores principales y los midió con la escala de Zarit, un cuestionario de 22 ítems que suele usarse en todo el mundo para dimensionar el desgaste. El resultado más crudo es el que ya trascendió: seis de cada diez presentaban algún grado de sobrecarga y el 40,8% alcanzó el nivel intenso, un umbral que, según el informe, requiere intervención profesional.

Mujeres que no duermen, varones que apenas renuncian a algo

Las cifras que más llaman la atención son las que muestran la brecha de género adentro del cuidado. Entre las cuidadoras, el 54% reconoció que esa responsabilidad le impedía descansar lo necesario y el 44% dijo que limitaba sus proyectos personales, ese libro que quedaba pendiente, aquel curso, el viaje soñado. Entre los varones, esas proporciones se desplomaron al 30% y al 10%, respectivamente. Para dimensionarlo de manera llana: las mujeres cuidadoras tienen casi el doble de dificultades para dormir bien que sus pares masculinos y más de cuatro veces más obstáculos para sostener un proyecto propio.

A doña Elsa, cuando le conté el dato del 44%, se le escapó una risa corta y dijo, mirándome fijo: "Y eso que en la encuesta no preguntaban por la vergüenza que a una le da pedir ayuda, ni por la culpa de dejar a la persona sola un rato". Esa incomodidad, que se repite en las conversaciones que mantenemos a diario, aparece en el estudio como parte del peso que cargan quienes cuidan y no encuentran con qué alivianarlo.

Ayuda, pero no siempre alivio

Uno de los hallazgos del trabajo permite precisar qué significa, en la práctica, "tener ayuda". La proporción de sobrecarga intensa fue del 40% tanto entre quienes declararon recibir apoyo como entre quienes dijeron no tenerlo. Para los investigadores, esa paridad es una señal de alerta: no alcanza con que alguien aparezca, hay que ver cómo lo hace. El informe sostuvo que "importa la calidad del apoyo y no solamente su existencia" y propuso analizarlo en tres dimensiones: la afectiva, la informacional y la operativa, es decir, el abrazo, el dato justo a tiempo y la mano concreta que se hace cargo.

En otras palabras, y traducido a lo que se ve en los barrios que recorramos a diario, alcanza con que una vecina, un hijo o una amiga diga "yo te ayudo" para que esa palabra figure como apoyo en una encuesta, aunque la ayuda termine siendo un llamado por semana o un mensaje de WhatsApp. La investigación advierte que ese tipo de acompañamiento, sin consistencia, no reduce la sobrecarga y puede incluso sumar la frustración de sentir que, otra vez, una quedó sola con el peso.

Trabajar y cuidar: una cuenta que no cierra para los informales

El trabajo remunerado también formaba parte de la rutina del 75% de quienes cuidaban, y ahí aparece otra de las asimetrías más duras del relevamiento. Las herramientas para compatibilizar empleo y asistencia a un familiar variaron de manera notable según la forma de contratación. El acceso promedio a licencias y prestaciones, que incluía maternidad, paternidad, enfermedad de un familiar, eventos familiares y guardería, fue del 53,7% entre los trabajadores formales. Entre los informales cayó al 17,1% y entre los independientes, al 9,5%.

Esos números, que a primera vista parecen fríos, encierran una historia cotidiana: la de la cuidadora que limpia casas por hora y no puede tomarse una mañana para acompañar a su padre a un control, la del cuidador que factura como monotributista y elige entre un turno médico y un ingreso. La encuesta, al cruzar esos datos, vuelve a poner sobre la mesa un debate que en la Argentina lleva años sin cerrarse: la necesidad de licencias laborales que alcancen a quienes cuidan, sin importar si están en blanco o no.

Lo que también se lleva puesto el cuidado

El estudio no se quedó solo en el lado oscuro. También registró lo que se lleva puesto el cuidado, pero en sentido contrario: el 95,7% de los cuidadores reconoció al menos un aspecto gratificante. El afecto recíproco, los momentos compartidos y los cambios alcanzados por la persona cuidada estuvieron entre los más mencionados. Esa valoración convivía, en los mismos formularios, con las dificultades de descanso, con la organización diaria y con la sensación de no tener a quién llamar a las dos de la mañana.

Cuando vuelvo a la cocina de doña Elsa, ya entrada la tarde, la encuentro acomodando las sábanas de la cama de su marido. Me cuenta, mientras estira la tela, que el domingo su nieta aprendió a decir el nombre del abuelo y que, por un rato, todo el cansancio se le olvidó. Después, bajando la voz, me dice que esa misma noche, cuando la casa se hace silencio, le vuelve el nudo en el estómago de quien sabe que mañana empieza otra vez la misma rueda. Esa mezcla, la gratitud y el agotamiento, el amor y el peso, es exactamente lo que la Universidad Austral puso en números. Nos deja, a todos los que contamos estas historias, una tarea clara: que el cuidado deje de ser una cruzada individual y empiece a ser, de una vez, un asunto de todos.

GM
Griselda MuñozSociedad y vida

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