De Belgrano a Harvard: la científica que le enseña a una máquina a mirar el cielo
Cecilia Garraffo dirige un instituto en el Centro de Astrofísica de Harvard y Smithsonian y pasó por Buenos Aires para contar cómo la inteligencia artificial se convirtió en la herramienta clave para buscar vida más allá de la Tierra. En la charla, sostuvo que la pregunta ya no es si vamos a encontrar algo, sino cuándo.
Me acuerdo siempre de las cocinas de los domingos en Belgrano, donde me crié. En la mía se hablaba de fútbol, de política y, si había suerte, de algún libro de Stephen Hawking que aparecía sobre la mesa. Por eso, cada vez que me toca contar la historia de Cecilia Garraffo —una pibe del barrio que hoy comanda un instituto en Harvard— me parece que la estoy mirando de nuevo desde esa silla. Acá en la cuenca del Plata, la vida te empuja a veces por caminos que parecen dibujados con marcador; allá, en cambio, los caminos se bifurcan y lo único que te salva es la curiosidad.
La propia Cecilia lo cuenta con una mezcla de asombro y sencillez que a mí, como periodista, me desarma. Cuando terminó el secundario se anotó en Actuario, una carrera donde la matemática es la dueña de la casa. Llegó hasta tercer año sin chistar. Hasta que un día, según me confió en una charla que mantuvimos hace unas semanas, la película Contact le reordenó la cabeza: la idea de escuchar señales en el cosmos, de buscar vida inteligente, se le metió debajo de la piel y ya no la soltó más. Ahí nomás se cambió a Astronomía en la Universidad de La Plata y, como dice ella misma, no volvió a dudar.
Una científica con pie firme en dos países
El recorrido, después, fue tan sólido como curioso. Hizo el doctorado en Física en la UBA, completó dos posdoctorados en Estados Unidos —uno en astrofísica computacional y otro en inteligencia artificial— y terminó recalando en el Centro de Astrofísica de Harvard y Smithsonian, donde dirige el Instituto AstroAI. En 2025, además, le dieron el Premio Presidencial a la Trayectoria Temprana para Científicos e Ingenieros, la distinción más alta que concede el gobierno estadounidense a científicas y científicos jóvenes. Pero ese tipo de premios, me dijo una vecina que conozco desde hace años —Ana, 52 años, contadora y lectora empedernida de revistas de ciencia—, no hacen más que confirmar algo que uno ya intuye: que acá, en la Argentina, se forma gente que después termina cambiando la manera en que miramos el cielo.
“Pienso que hay vida en otros lugares del Universo. No puedo probarlo. Pero es una cuestión estadística. Lo raro sería que no hubiera más vida que la que conocemos.”Cecilia Garraffo
La frase la dijo en el ITBA, donde pasó unos días para dar un seminario. Y no es una frase menor, me parece a mí. Cecilia lo aclara rápido: cuando habla de vida se refiere a cualquier cosa, desde una bacteria hasta un virus. Lo que descarta, al menos por ahora, es la idea de comunicarnos con esa vida, si es que existe, porque las distancias en el universo vuelven casi imposible cualquier diálogo, incluso con civilizaciones que fueran muchísimo más avanzadas que nosotros.
Cómo se busca vida con una máquina al lado
El instituto que ella comanda no usa las herramientas comerciales que uno escucha nombrar todos los días. Trabajan con modelos propios de inteligencia artificial, diseñados a medida. Y la diferencia, según explicó, no es solo la velocidad con la que procesan datos —que ya de por sí es una locura—, sino algo más profundo: la capacidad de encontrar patrones que nadie estaba buscando. «Podemos intencionalmente buscar patrones que no conocemos ni sabemos que están ahí», resumió. A mí, como lego en el tema, esa idea me hace acordar a cuando uno revuelve un placard y aparece una foto vieja: uno no la buscaba, pero estaba ahí, esperando.
Para dimensionar de qué estamos hablando alcanza con un número que ella misma pone sobre la mesa: el Observatorio Vera Rubin, en Chile, produce en una sola jornada de observación la misma cantidad de datos que todo lo acumulado a lo largo de la historia de la astronomía. Sin herramientas de inteligencia artificial, procesar eso sería directamente imposible. De modo que la IA, en este campo, no es un lujo ni una moda: es la única manera de no quedar sepultados debajo de la información.
Cuando le pregunté por las famosas biosignaturas, esas señales químicas que podrían delatar actividad biológica en planetas lejanos, Cecilia mencionó al oxígeno como una de las candidatas más firmes, aunque aclaró que medirlo en atmósferas de mundos que están a años luz es, con la tecnología actual, técnicamente muy difícil. Es como intentar distinguir un suspiro en medio de una orquesta entera, me dijo medio en chiste, medio en serio.
Y acá aparece lo que a mí, como vieja cronista de la vida cotidiana, más me interesa de esta historia. Cecilia podría haberse quedado del otro lado del mostrador, contando sus hallazgos en inglés, para públicos angloparlantes. Sin embargo, cada vez que vuelve —y vuelve seguido— se sienta a charlar con estudiantes argentinos, da seminarios en el ITBA, se da una vuelta por La Plata. Es su manera de devolver algo de lo que recibió. «Nosotros —me dijo— tenemos que acordarnos de que acá también se hace ciencia de primera línea.» Y eso, créame, se nota. Cada vez que la escucho, vuelvo a pensar en aquella cocina de Belgrano y me convenzo de que, cuando la curiosidad se cruza con el trabajo serio, no hay distancia que valga.
