Doce kilómetros de barro y una semana sin comida: el rescate de una familia criancera en la meseta neuquina
Una mujer y sus tres hijos, de 14, 12 y 10 años, quedaron aislados en el Paraje La Pileta, en el departamento Catán Lil. Efectivos de la Comisaría 31 de Las Coloradas avanzaron con dos móviles por caminos anegados y le devolvieron, al menos por ahora, el plato a la mesa.
Acá en la cuenca del centro-oeste neuquino, cuando el barro se come los caminos, lo que se corta no es una ruta: es la vida cotidiana de las familias crianceras que viven metidas en los parajes, lejos de todo. Esta vez le tocó a una mujer con tres chicos a cargo, y la historia terminó bien de puro milagro y de pura voluntad policial.
Me lo contaba esta mañana, mientras tomábamos mate en la cocina de su casa, doña Irma Jara, 53 años, vecina de Las Coloradas, que se enteró del operativo cuando todavía estaba hablando con su marido por teléfono. "Yo le digo siempre: mientras tengamos cómo salir hasta el pueblo, estamos bien. Cuando se corta el camino, quedamos a la buena de Dios", me dijo, mientras revolvía el café con la cuchara como si todavía le temblaran las manos.
El episodio que tiene en vilo a todo el departamento Catán Lil arrancó el miércoles pasado, cerca de las cuatro de la tarde. A la Comisaría 31 de Las Coloradas entró un llamado con la voz cortada por el viento y la interferencia: una familia necesitaba ayuda urgente y estaba aislada en algún punto de la meseta. Los efectivos se movieron primero hasta Cortaderas, a unos diez kilómetros del lugar donde finalmente apareció la emergencia, para tratar de recabar más datos. No pudieron precisar demasiado. Decidieron meterse igual.
Doce kilómetros entre lluvia, barro y greda suelta
Un primer móvil avanzó nada menos que doce kilómetros por un camino vecinal completamente anegado, con el agua corriendo por encima de la huella y la greda suelta haciendo patinar las cubiertas. Así, como quien entra a una cinta sin fin, los policías llegaron hasta el Paraje La Pileta. Lo que se encontraron del otro lado fue lo que ninguno quería ver: una emergencia alimentaria en pleno siglo XXI, en el corazón de la provincia de Neuquén.
La mujer es esposa de un productor rural de 82 años que estaba trabajando en el campo, lejos del casco, y llevaba ya siete días sin poder salir a buscar provisiones. Con ella estaban sus tres hijos, de 14, 12 y 10 años. Las lluvias torrenciales de las últimas semanas habían convertido los accesos en una trampa de barro. Para ellos, conseguir un kilo de pan o un paquete de fideos se había vuelto una odisea.
“Personal policial puso a disposición el recurso humano y automotriz para realizar las tareas pertinentes.”Subcomisario Ángel Salazar, jefe de la Comisaría 31 de Las Coloradas
Al primer vehículo se sumó un segundo. En total, seis efectivos fueron los que terminaron confirmando que la urgencia era real y coordinaron la asistencia. El procedimiento fue tan simple como concreto: la sacaron del paraje, la llevaron hasta donde un familiar pudo entregarle alimentos y la regresaron al casco con las provisiones bajo el brazo. Cuando los móviles dieron media vuelta y se perdieron otra vez en el barro, los tres chicos, al menos, tenían qué comer.
Cuando la parición coincide con la lluvia
El caso no es un hecho aislado ni mucho menos, y aquí viene lo que a mí más me preocupa como vecina de esta zona. Las lluvias de las últimas semanas cayeron justo en plena época de pariciones, que es el momento del año en que los productores tienen la cabeza y el cuerpo entero puestos en el campo, cuidando a las madres y a los recién nacidos. Para las familias crianceras que viven en parajes alejados, el aislamiento de estos días no es una contingencia excepcional: es un riesgo latente cada vez que el clima se complica.
- Doce kilómetros de barro pueden significar varios días sin acceso a la localidad más cercana.
- Esa distancia, para una familia sin reservas de alimentos, puede escalar rápido a una emergencia.
- La parición concentra a los productores en el campo y deja los cascos más desguarnecidos frente a un corte de caminos.
- Los operativos policiales, como el de la Comisaría 31, se vuelven la primera y a veces única respuesta inmediata.
Mientras escribo esto, todavía me resuena la frase de doña Irma, allá en su cocina, con la pava silbando: "Mientras tengamos cómo salir, estamos bien". Es esa frase, y no otra, la que mejor resume lo que vive buena parte de la gente de nuestra meseta cuando el cielo se descarga y los caminos desaparecen bajo el agua. La familia del Paraje La Pileta tuvo la suerte de que un llamado llegara a tiempo y de que seis policías se animaran a meterse doce kilómetros en el barro. Los que no llaman, o los que nadie escucha, son la cuenta pendiente que nos queda como sociedad.
