Eddie Horniman vuelve con las manos cada vez más sucias: arranca la segunda temporada de The Gentlemen
Guy Ritchie lleva a su duque devenido en capo por un camino donde el cannabis legal, la mafia italiana y los modales de Oxford se pelean por ver quién manda. Una entrega más oscura, más ambiada y, sobre todo, más cara en términos humanos.
Le tengo que ser honesto, y lo digo de entrada: a mí The Gentlemen me agarró cuando todavía era una película del 2019, esa de Matthew McConaughey con la que Guy Ritchie probó suerte en el género criminal con acento inglés y mucha desfachatez. Cuando supe que la serie iba a tener una segunda temporada, lo primero que pensé fue eso que piensa cualquier periodista de oficio, que la pregunta no es si la historia da para más, sino si el personaje la banca. Y la respuesta corta, después de meterme con el material que tengo enfrente, es que sí, pero no sin pagar un precio.
Easy come, easy go (y no, no es de los Beatles en esta nota)
Acuérdense de esto: en la primera temporada, Eddie Horniman, el flamante Duque de Halstead, se topaba casi por accidente con el negocio del cannabis que los Glass manejaban debajo de la alfombra de una aristocracia muy british. Theo James le ponía el cuerpo a un tipo que parecía más cómodo en un club de caballeros que en una mesa de narcos. Tres meses antes de encontrarlo malherido, arrastrándose por un campo embarrado, a ese mismo duque lo vamos a ver ahora con otra cara, si me permiten la expresión.
La nueva entrega arranca con un salto temporal que es, en el fondo, una declaración de intenciones: ya no estamos ante el aristócrata que llegó por accidente, sino ante alguien que tomó decisiones a sabiendas. Eddie quiere ampliar el negocio familiar, recuperar tierras alrededor de la finca y, sobre todo, llevar las operaciones más allá de las costas británicas. Para eso tiene que moverse en un triángulo incómodo: cannabis legal, política de pasillo y alianzas con actores del crimen internacional. O sea, un equilibrio tan delicado como caminar por la cornisa de un rascacielos en plena tormenta.
Susie y Bobby, los fantasmas de la casa
Hay dos personajes que tiran de Eddie para lados opuestos y que a mí me parecen el corazón de esta temporada. Por un lado está Susie Glass, cada vez más cerca del duque en lo personal y en lo profesional. Por el otro, el patriarca Bobby Glass, más preocupado por su despertar espiritual que por readecuar el negocio al nuevo mapa. Esa tensión entre el viejo capo que ya se quiere correr y la nueva generación que necesita acelerar es, en buena medida, la gran discusión de fondo de la serie.
Y acá viene algo que a mí, como espectador y como periodista, me interesa mucho: Eddie empieza a entender algo que muchos subestiman, y es que los buenos modales, en este mundo, se leen como debilidad. Lo dice la serie con claridad meridiana: acumular poder implica dejar de permitir que otros decidan por uno. Es una frase que parece de manual de management pero que, traducida al lenguaje de The Gentlemen, significa literalmente que el día que te sentaste a la mesa con los Glass empezó un contador regresivo del que, spoiler mediante, no se sale indemne.
- Marco Moretti, el mafioso italiano interpretado por Sergio Castellitto, que le pone a la temporada una cuota de viejo continente y de amenaza clásica.
- Cico Maldini, su colaborador a cargo de Michele Morrone, que se ocupa de recordarnos que en este rubro nadie es de confiar del todo.
- La irrupción de figuras del crimen europeo que obligan a Eddie a pensar en idiomas, monedas y lealtades que no domina.
- La lupa sobre el costo personal del poder, que es, a mi entender, el verdadero tema de esta segunda entrega.
Bohemian Rhapsody, versión condado inglés
Ritchie no reniega de lo que sabe hacer: el espectáculo visual, la violencia estilizada, el humor negro que muchas veces funciona como anestesia moral. Lo que cambia es el uso que le da. En la primera temporada, esos recursos eran casi un fin en sí mismos, el cartón pintado de un cuento de mafiosos con humorada incluida. Ahora están al servicio de una pregunta más incómoda: qué te pasa por dentro cuando dejás de ser quien eras para convertirte en alguien que, en el fondo, no querés ser. La transformación de Eddie Horniman recuerda, como bien señala el material que tengo acá, a la de ciertos personajes clásicos del género: cuanto más control gana sobre su entorno, más difícil parece la salida. Es casi una versión muy británica de eso que cantaba Freddie Mercury cuando decía que es fácil venir, fácil marcharse, pero que el problema siempre está en el medio.
¿Hasta dónde puede llegar Eddie antes de que el costo de ese camino sea irreversible? Esa es, para mí, la pregunta que sostiene la temporada entera, y la que la convierte en algo más que una secuela obediente. The Gentlemen regresa más oscura, más ambiciosa y, sobre todo, más consciente de que en el crimen, como en la política y en el amor, nadie sale gratis.
Todavía no tengo confirmado, a la hora de cerrar esta nota, en qué plataforma ni en qué fecha exacta desembarca la segunda temporada en la Argentina, así que les pido que estén atentos a la grilla de cada servicio de streaming para ver dónde y cuándo se puede ir a mirar. Apenas haya novedades, lo cuento por acá, como siempre.
