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Viernes, 16 de octubre de 2026
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El arte de perderse entre los árboles: por qué caminar lento entre el verde le hace bien al cuerpo

Una tradición japonesa de los años ochenta, pensada para descansar el sistema nervioso, encontró respaldo en investigaciones que midieron cortisol, frecuencia cardíaca y respuestas del sistema inmune. Acá, cómo empezar sin mudarse al monte.

Por Griselda MuñozSociedad y vida · · hace 32 d
El arte de perderse entre los árboles: por qué caminar lento entre el verde le hace bien al cuerpo

Vuelvo a casa por la calle de siempre y veo a Marta, mi vecina del segundo, parada con el termo bajo la parra del frente. Tiene sesenta y dos años, tres nietos y un problema de presión arterial que le viene de los tiempos del taller textil. Me dice que el médico le mandó caminar, pero no por la vereda, sino por la plaza de los tilos, esa que queda a cuatro cuadras y donde, según ella, hasta se le ordenan las ideas. Nos quedamos charlando un rato sobre eso que ahora llaman baño de bosque y que, en el fondo, no es otra cosa que volver a pisar la tierra con atención.

La práctica tiene nombre japonés, shinrin-yoku, y apareció en 1982, cuando Japón estaba metido de lleno en su etapa de mayor expansión industrial. El estrés crónico en el trabajo se había vuelto un tema de salud pública y el gobierno buscó la manera de que la gente recuperara el vínculo con los bosques del país. La receta era simple: caminar lento, sin reloj ni meta deportiva, abriendo bien los ojos y los oídos para registrar colores, sonidos y olores. Nada más. Y acá en la cuenca, donde la vida urbana aprieta cada vez más, esa idea vuelve con fuerza.

Qué midió la ciencia en estos cuarenta años

Con el correr de las décadas, distintos equipos de investigación se pusieron a estudiar qué le pasaba al cuerpo durante esas caminatas. Lo que aparece con más consistencia es una baja de indicadores fisiológicos de estrés, entre ellos el cortisol, la famosa hormona que se dispara cuando estamos a la defensiva. También se registraron cambios favorables en la frecuencia cardíaca y en la actividad del sistema nervioso simpático, ese que se ocupa de mantenernos en alerta. Otra línea de trabajo, todavía no cerrada, apunta a los fitoncidas, que son los compuestos volátiles que liberan los árboles: algunos estudios sugieren que podrían tener efectos sobre el sistema inmunológico, aunque por ahora no alcanza para hablar de conclusiones firmes.

  • Baja de cortisol, la hormona central del estrés.
  • Cambios favorables en la frecuencia cardíaca y en el sistema nervioso simpático.
  • Posible efecto de los fitoncidas sobre el sistema inmunológico, todavía en estudio.
  • Una atención que pasa de modo reactivo a un modo más tranquilo.

Por qué algo tan sencillo puede tener efecto

Una de las hipótesis que más se repite tiene que ver con la sobrecarga de atención de la vida moderna: el celular sonando, las pantallas, las decisiones encimadas, el permanente pedido de respuesta. El bosque no nos exige nada de eso. Sin esa vigilancia constante, la atención se acomoda y aparece eso que muchos describen como una sensación de cabeza despejada. Ahora, ojo con un dato importante: la mayoría de los estudios comparan el bosque con ambientes urbanos, así que todavía no se puede separar del todo cuánto viene de los árboles en sí y cuánto de otros factores asociados, como el silencio relativo, la luz natural, el aire libre o el simple hecho de tomarse unas horas lejos de las obligaciones de siempre.

Lo que sí parece quedar en pie es una idea más de fondo: el sistema nervioso responde al ambiente en el que funciona, no solamente a las técnicas que uno aplica. Y durante casi toda la historia humana, ese ambiente fue natural. La vida urbana, con sus pantallas y sus plazos, es relativamente nueva. Para nosotros, que crecimos corriendo entre colectivos y oficinas, volver un rato al verde no es un capricho: es una manera de recordarle al cuerpo cómo se regulaba antes.

Antes de ir a la cocina a poner la pava, me quedo pensando en Marta, que ahora sale todos los mediodías con unas zapatillas viejas y vuelve contando qué flor nueva vio en los tilos. No se fue a vivir al campo ni se compró equipos costosos. Solo aprendió, a los sesenta y dos, que una plaza arbolada y media hora sin celular pueden ser suficientes para que el cuerpo se baje un cambio.

GM
Griselda MuñozSociedad y vida

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