El Coyote se sube al estrado: cuando el correcaminos deja de ser el único objetivo
La nueva película de los Looney Tunes pone al perseguidor más famoso de la pantalla en el centro de la escena y lo cruza con un actor de carne y hueso, en una historia que mezcla animación, humor físico y tribunales
A veces, para entender hacia dónde va una película, conviene mirar primero por la ventana del cine y ver qué clase de sala espera al espectador. En este caso, me imagino una sala amplia, con butacas todavía tibias del fin de semana, palomitas a medio comer y un público adulto que creció viendo dibujitos en la tele y ahora va con sus hijos, o solo, porque le sigue gustando reírse con un animal que cae al vacío cada vez que se le ocurre una idea. A esa gente está hablándole esta nota, y a esa misma gente parece estar hablándole la película de la que hoy les quiero contar algunas cosas.
El Coyote tiene abogado (o algo así)
La propuesta lleva por título Coyote vs. Acme y tiene una particularidad que, a mi modo de ver, cambia bastante las reglas del juego: por primera vez en mucho tiempo, el Coyote deja de correr detrás del Correcaminos para ocuparse de un asunto que lo excede. La película dura algo más de 90 minutos y combina animación con actores reales, una fórmula que en la saga de los Looney Tunes ya tiene sus antecedentes, desde aquel viejo encuentro con Michael Jordan hasta el cruce más reciente con Brendan Fraser, pero que acá aparece puesta al servicio de un relato con ribetes de cine de juicios, donde la búsqueda de justicia ocupa un lugar central.
En el centro de la historia están dos protagonistas muy distintos. Por un lado, el Coyote de siempre, el que conocemos de memoria: un animal obsesivo, metódico en su locura, que arma trampas cada vez más elaboradas para atrapar a su enemigo y termina siempre aplastado por su propio ingenio. Por el otro lado, aparece un personaje humano interpretado por Will Forte, un actor al que el público masivo conoce sobre todo por su paso por comedias televisivas, y que acá se anota en una historia donde lo que se dirime no es una persecución en el desierto, sino algo que se parece bastante a un juicio.
Planes que salen mal (y por eso funcionan)
A mí, lo confieso, siempre me pareció que el verdadero motor cómico del Coyote no era el Correcaminos sino la idea de seguir intentando. Es ahí donde aparece la conexión más interesante de esta película con el material que le dio origen: los cortos animados de siempre. En esos cortos, la estructura se repite como un reloj: el Coyote planea, construye, espera, fracasa, vuelve a empezar. Cada intento es un nuevo disparate, cada fracaso es un nuevo chiste físico, y la insistencia termina siendo más simpática que la propia trampa.
Esa dinámica se traslada al largometraje y se estira a lo largo de toda la narración. Las caídas, los golpes y los accidentes físicamente imposibles, que son el repertorio clásico del personaje, dejan de ser un golpe de efecto aislado para convertirse en el material con el que se construye el recorrido del protagonista. El Coyote ya no fracasa para hacer reír en una sola escena: fracasa para que algo cambie en él. Y en ese cambio aparece la perseverancia como tema, algo que, mirado con ojos grandes, le da a la película una veta menos inocente de lo que uno esperaría de un dibujo animado.
Dos mundos que se chocan (y algo se aprende en el medio)
Lo que más me interesa de esta mezcla entre personajes animados y actores reales es lo que deja ver sobre los vínculos. El personaje de Will Forte y el Coyote funcionan bajo reglas distintas: uno vive en un mundo con leyes físicas razonables y el otro en un mundo donde la gravedad se puede negociar. Sin embargo, el material de base insiste en que sus conflictos tienen puntos en común, y que esa cercanía es lo que organiza el relato. Es un poco la lógica de los emparejamientos desparejos que ya vimos en el cine: el policia duro y el payaso, el mafioso y el monje, el dibujo y el abogado.
Mientras tanto, la pregunta que queda picando, y que el propio material de base se anima a dejar planteada, es casi una invitación a volver a la infancia. Si el Coyote puede tener su propia película, qué otro personaje de los Looney Tunes se merece una. Es un cierre simpático para una nota, y un buen motivo para quedarse pensando en la salida del cine.
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