El hombre que le ganó al mundo en un balandro de once metros y después se lo llevó el mar
Joshua Slocum fue el primer navegante solitario certificado que dio la vuelta al planeta. En 1909 zarpó por última vez desde un puerto argentino y jamás volvió a aparecer. Esta es su historia, la del Spray y la de un oficio que el vapor ya estaba dejando sin empleo.
Acuérdense de esta imagen: una cocina cualquiera del Bajo de San Telmo, una pava silbando y una vecina de toda la vida, doña Elsa, que ya pasa los setenta, sirviéndome un mate mientras me cuenta que su padre le hablaba de un marino loco que había navegado solo por todos los mares. Lo que doña Elsa no termina de entender, y yo tampoco cuando me pongo a investigar estas cosas, es cómo un señor al que se le había roto el reloj, que no sabía tirarse al agua ni a un metro de la costa, pudo darle la vuelta entera al planeta en un barco más chico que cualquier lancha amarilla que hoy use el guardaparques de Tigre. Acá en la cuenca del Plata, cuando uno piensa en navegantes, piensa en los que iban y volvían con cuero y tasajo para los saladitos. Pero el que vamos a recordar hoy no volvió nunca de su última salida.
Joshua Slocum nació en 1844 en una granja de Nova Scotia, Canadá, y desde los dieciséis años se subió a barcos para escapar del arado. Cocinero, grumete, piloto, capitán: fue pasando por todos los puestos de la marina mercante hasta que el mundo del vapor lo dejó sin trabajo. En 1892 estaba varado en Massachusetts, sin patente y sin dinero, cuando un conocido le ofreció un balandro pesquero que estaba abandonado en un potrero, podrido hasta el casco. Era el Spray, once metros de eslora, y Slocum lo reconstruyó tabla por tabla durante trece meses, sólo con sus manos y el oficio acumulado en décadas de navegación. Nadie le había encargado que lo hiciera. Nadie le iba a pagar.
La vuelta al mundo que nadie había hecho
El 24 de abril de 1895, el Spray zarpó del puerto de Boston con un solo hombre a bordo. No hubo fanfarria ni oficial. Slocum llevaba un reloj de hojalata sin cristal y sin valor náutico, no tenía cronómetro y, según contó después él mismo, tampoco sabía nadar porque, decía, «en medio del océano, nadar sólo sirve para alargar la agonía». Cruzó el Atlántico, bajó por la costa de Brasil que nosotros conocemos bien, bordeó el Estrecho de Magallanes, atravesó el Pacífico y el Índico, tocó Sudáfrica y regresó a Newport, Rhode Island, el 27 de junio de 1898. Había tardado casi tres años y recorrido más de 46.000 millas náuticas. La crítica marítima internacional lo reconoció como el primer navegante solitario que completaba la circunnavegación del planeta.
- En el Estrecho de Magallanes, para espantar a los fueguinos que querían abordar el Spray de noche, Slocum esparció tachuelas de alfombra por la cubierta. Los intrusos subieron descalzos, los pies se les llenaron de puntas y huyeron sin volver a probar.
- Cerca de las Azores, enfermo y delirante por comer conservas en mal estado, se convenció de que había un piloto fantasma al timón. Cuando se le pasó la fiebre, el Spray seguía navegando con rumbo firme.
- El reloj de hojalata, sin cronómetro y sin cristal, fue compensado por Slocum con observaciones lunares, de posición y una memoria corporal del mar construida en cuarenta años de gimnasio no, mejor dicho, de cubierta.
- Publicó el libro «Sailing Alone Around the World» en 1900. Empezó como serie en revistas y se transformó en un éxito inmediato: lectores que se enganchaban con un estilo seco, irónico y sin épica innecesaria.
El libro, «Navegando solo alrededor del mundo», le dio fama y algo de dinero, pero no lo ató a tierra. Slocum siguió dando charlas, terminó el Spray y ofreció el barco como obsequio a los Estados Unidos para que lo expusieran en una muestra naval. Las autoridades lo rechazaron varias veces. Mientras tanto, en noviembre de 1909, a los 65 años, zarpó una vez más desde el puerto de Mar del Plata, al sur de Buenos Aires, con rumbo al sur. No se sabe bien adónde iba. Algunos cronistas hablaban de que pensaba volver a Buenos Aires. Otros, de que quería llegar al Caribe por una ruta distinta. Lo concreto es que el Spray y su patrón desaparecieron sin dejar huellas, sin un cabo suelto, sin un mensaje en una botella.
“En medio del océano, nadar sólo sirve para alargar la agonía.”Joshua Slocum
Lo que a mí, que sigo siendo Griselda Muñoz y sigo tomando mate con doña Elsa en San Telmo, me llama la atención de este caso es la paradoja. Un país que ya estaba entregado al vapor, un marino sin patente, un barco rescatado de la basura y un reloj roto fueron más lejos que cualquier acorazado de la época. Slocum trabajó en lo suyo con dignidad artesanal, le rindió cuentas al mar en lugar de cobrarle al Estado. Y al final el mar, que es sabio y paciente, se lo quedó. Doña Elsa, mientras toma el mate y mira la calle, me dice que a ella lo que le duele no es la desaparición, sino que nadie haya puesto una placa en el puerto de Mar del Plata para que los marineros jóvenes lo lean. Tiene razón. Cuando un oficio se apaga, hay que escribirlo antes de que se lo lleve el viento.
