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Sábado, 17 de octubre de 2026
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"El mal hijo": la promesa de un debut que se pierde entre mafias y persecuciones

Jaime Lorente se calza el traje de director por primera vez con un drama ambientado en Murcia que arranca conmovedor y se desinfla cuando decide vestirse de thriller. Hay oficio, hay sensibilidad, y también hay lugares comunes que pesan más de la cuenta.

Por Ramón VeraCultura y espectáculos · · hace 1 h
"El mal hijo": la promesa de un debut que se pierde entre mafias y persecuciones

Les cuento, de entrada, que cuando uno se sienta a ver una ópera prima siempre lo hace con una mezcla de curiosidad y de sospecha. Curiosidad porque quiere descubrir una mirada nueva, y sospecha porque sabe que el debut suele ser una tierra de promesas incumplidas. Con "El mal hijo", el primer filme que Jaime Lorente dirige, me pasó algo de las dos cosas, y por eso me parece justo detenerme en el recorrido que hace esta historia desde un patio de Murcia hasta un puerto cualquiera donde se mueven paquetes que no deberían moverse.

Antes de hablar de la película quiero contarles cómo estaba la sala donde la vi, porque ese contexto importa. Era uno de esos cines de callecita angosta, con la pantalla un poco gastada y las butacas de pana que crujen cuando te movés. Estaba casi llena, con público variado: gente grande, parejas jóvenes, algunos chicos solos con su paquete de pochoclos. Esa mezcla ya te dice algo del público al que parece apuntar Lorente con su debut, y uno se acomoda con la expectativa de pasar un buen rato sin demasiadas pretensiones.

Lo que se hereda: un vínculo roto que la película entiende

El arranque de "El mal hijo" es, a mi entender, lo mejor del filme. Nos presenta a Rubén de chico, un pibe al que el padre deja tirado como quien se saca un abrigo en verano, y que termina recalando en la casa de la abuela. Lo que sigue es un retrato cálido, de cámara cercana, de cómo se construye un vínculo entre un nene y una mujer grande en un pueblo del interior. Lorente filma la infancia con una paciencia que se agradece: hay una escena de una ceremonia vista por una puerta entreabierta, y otra en la que dos chicos hablan al borde del amanecer, que funcionan precisamente porque no buscan lucirse. Son momentos pequeños, genuinos, que se te quedan en la memoria.

El salto que nadie pidió

El problema, y acá me parece que está el corazón del asunto, aparece cuando la historia pega ese salto temporal que se estila mucho últimamente. Rubén crece, se nos presenta ya como un joven adulto, y el tono cambia de manera brusca. Donde antes había silencio, ahora hay ruido. Donde había un patio y una cocina, ahora hay persecuciones, encapuchados y paquetes sospechosos. La película decide vestirse de thriller de narcotráfico, y ese traje le queda grande.

  • Aparecen mafias con acento genérico, de las que se cruzan en cualquier serie europea de los últimos años.
  • Los secundarios, que en la primera parte tenían rostro y apellido, se vuelven funcionales, casi utilitarios.
  • Las escenas de acción pierden tensión en lugar de construirla, y uno empieza a mirar el reloj con esa culpa de que a todos nos da.
  • El universo emocional que había hecho interesante al relato se diluye en un juego de genre que ya vimos muchas veces mejor hecho.

El oficio existe, la huella todavía no

Dicho esto, no me parece justo despachar la película como un fracaso. Lorente demuestra criterio en algunos planos, hay encuadres que delatan a alguien que pensó la imagen, y el elenco responde con profesionalidad. Lo que se nota es la inexperiencia, sobre todo a la hora de sostener el pulso de las escenas de acción y de darle espesor a los personajes que rodean al protagonista. Son figuras de género, bosquejadas con trazo grueso, y uno siente que al director le faltó tiempo para pulirlas.

Me queda, entonces, una sensación agridulce. Hay acá un debutante que entiende lo que es filmar un vínculo, que sabe mirar una infancia, que tiene oído para el silencio. Pero también hay alguien que, tal vez por consejo de productores o por una urgencia que no le es propia, eligió cerrar su película en un terreno muy transitado, donde es difícil dejar marca. El camino del cine negro ya fue recorrido por muchos con más convicción, y el riesgo de sumarse a él en el tramo final es que termina opacando todo lo bueno que vino antes. "El mal hijo" no defrauda de manera estrepitosa, y eso ya es decir bastante para una ópera prima, pero tampoco deja la huella que uno esperaba después de ese primer tramo tan personal.

Si les interesa verla, "El mal hijo" se está proyectando en salas de cine independientes de Buenos Aires desde esta semana, con funciones diarias en complejos como el Gaumont, el Cine Gaumont, el Arte Cinema y algunas salas de la costa que suelen repertir estos estrenos. Las funciones de los jueves suelen ser las más tranquilas, ideal para ir a prestar atención sin que el pochoclo de al lado te distraiga. Vale la pena acercarse con la expectativa calibrada: ni la gran revelación del cine español ni un papelón, sino un primer paso con más dudas que certezas, que es exactamente lo que suele ser un debut.

RV
Ramón VeraCultura y espectáculos

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