El reloj interno se rompió: cómo volver a encontrarle la vuelta cuando el cuerpo dice basta
Una coach especializada y dos organismos internacionales coinciden en cinco prácticas concretas para salir del modo automático, aceitar las pausas y revisar de una buena vez la relación con la exigencia. No hace falta cambiar toda la rutina: alcanza con detenerse un instante.
Acuérdese de esa cocina de barrio a las siete de la tarde, con el ruido de la televisión de fondo y la pava silbando por segunda vez porque a la primera nadie la apagó. Esa es la imagen que Estela, vecina de 53 años del barrio de Belgrano, repite cada vez que le pregunto cómo termina el día: corriendo, sin saber por dónde agarró la mañana. Es la escena que, multiplicada por miles, muestra por qué cuando el cansancio se vuelve costumbre no alcanza con dormir un poco más: hay algo del ritmo de fondo que se descompagina. Y para volver a componerlo no se necesitan revoluciones, sino cinco prácticas pequeñas que la coach especializada en gestión del estrés Marta Cereceda viene recomendando hace años y que dos organismos internacionales, la OIT y la OMS, respaldan con sus propios lineamientos.
Cinco hábitos para correr el piloto automático
El primer hábito, y el más básico, es dedicar unos minutos al inicio o al cierre de la jornada a observar el propio estado. No para repasar pendientes ni para armar la lista del día siguiente, aclara Cereceda, sino para responder preguntas simples: cómo me encuentro, qué necesito en este momento, qué tareas siguen teniendo sentido para mí. Parece poco, pero esa pausa de unos minutos devuelve perspectiva cuando el trabajo se hace por pura inercia, sin saber por qué se arrancó.
Cuando aparece el bloqueo, el segundo hábito es alejarse brevemente de la pantalla, respirar hondo o cambiar de espacio antes de volver a la silla. La idea no es perder tiempo sino reducir la cantidad de decisiones inmediatas, porque cuando se acumulan las urgencias la cabeza termina tomando cualquier decisión solo para sacárselas de encima. La Organización Internacional del Trabajo lo dice en sus manuales: los descansos deben ajustarse en tiempo y frecuencia a la carga de cada actividad, no copiarse de la oficina de al lado.
El tercero va más hondo y por eso suele ser el más incómodo. La especialista propone preguntarse de dónde viene esa resistencia a parar. ¿Es miedo a no llegar con los plazos, a perder el control, a quedar mal con el jefe, a decepcionar a la familia? Identificar el motor real del impulso desplaza la conversación de la organización pura hacia la relación personal de cada uno con la exigencia. La OIT vuelve a aparecer acá para recordar que las jornadas extensas y la falta de pausas están directamente vinculadas con el estrés laboral, así que no es un capricho sentirse desbordado.
- Observar el propio estado al empezar o terminar el día, sin pasar lista a los pendientes, para hacerse tres preguntas: cómo estoy, qué necesito, qué sigue valiendo.
- Alejar unos minutos la vista de la pantalla antes de retomar: respirar, cambiar de aire, dejar que el cuerpo se acomode antes de seguir.
- Preguntarse de qué se tiene miedo al parar, para distinguir entre lo que urge y lo que se hace por inercia.
- Reemplazar el "tengo que desconectar más" por acciones puntuales y medibles: dos caminatas por semana, una cena sin celular, una noche sin mail laboral.
- Llevar la discusión al equipo y al jefe: las pausas no se sostienen solas, hace falta que la organización las cuide también.
El cuarto hábito es de los más prácticos: cambiar objetivos vagos por acciones específicas y observables. En lugar de jurarse que uno va a desconectar más, conviene definir cosas concretas como caminar dos tardes por semana, reservar una noche entera sin abrir la compu o dedicar una comida a estar de cuerpo presente, sin teléfono sobre el mantel. Después, unos días más tarde, conviene revisar qué efecto real tuvo ese pequeño cambio: si hubo más energía, más calma o más sensación de tener las riendas en la mano. Sin esa evaluación, la buena intención se pierde al lunes siguiente.
El quinto hábito es el que más se descuida, y tal vez por eso es el más importante: reconocer que parar no depende solo de la voluntad individual. La OIT recomienda que las empresas consulten a sus equipos sobre cómo se reparte el tiempo y la carga de trabajo, en lugar de la norma desde un escritorio. La Organización Mundial de la Salud lo completa al señalar que la prevención de los problemas de salud mental vinculados al trabajo necesita, a la vez, medidas personales y cambios en las condiciones laborales. O sea, ningún curso de mindfulness reemplaza un horario razonable, así como ningún horario razonable sirve si la persona no aprende a soltar un rato.
“Nosotros acá en la cuenca del Plata solemos presumir de aguantar, de bancar, de no quejarnos. Pero aguantar mucho tiempo seguido no es un mérito: es la antesala del agotamiento, y después no hay café que banque la semana.”Griselda Muñoz
Vuelvo a Estela, en su cocina de las siete de la tarde. La otra tarde me contó que empezó por lo más simple: apagar la pava a la primera, sentarse un minuto antes de empezar a revolver la mesa, y preguntarse en voz baja para qué seguía corriendo si la casa ya estaba en orden. No es poco. Es, justamente, el primer paso.
