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Viernes, 16 de octubre de 2026
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El rencor que se guarda en el cuerpo: lo que nadie ve cuando alguien no perdona

Mantener una ofensa viva durante años no es solo un tema de la cabeza. La ciencia empieza a mostrar cómo esa cuenta pendiente se traduce en presión arterial, insomnio, inflamación y un cansancio que no se explica por el esfuerzo físico.

Por Griselda MuñozSociedad y vida · · hace 39 d
El rencor que se guarda en el cuerpo: lo que nadie ve cuando alguien no perdona

Son las siete y pico de la tarde y en la cocina de doña Carmen, en cualquier barrio de la zona sur del Gran Buenos Aires, todavía queda el aroma del mate cocido de la merienda. Ella tiene 58 años, los ojos claros y una manera de mirar que parece estar midiendo cada palabra antes de soltarla. Sirve un poquito más en la taza y arranca, sin que nadie se lo pida, a contar lo que le pasa con la hermana desde hace más de una década: "Yo sé que no tengo razón en seguir así, pero cada vez que la cruzo en la vereda se me sube la presión y se me endurece la nuca. No es bronca, es otra cosa, es como si el cuerpo se negara a olvidarse de lo que pasó". Doña Carmen no lo sabe, pero lo que describe tiene nombre, mecanismos y, sobre todo, consecuencias que la medicina empieza a registrar con bastante claridad.

Acá en la cuenca, cada vez más gente habla de esto en la mesa familiar o en la sala de espera del médico. Lo que durante mucho tiempo se tomó como un tema del alma, una cuestión de carácter o de fe, hoy se lee desde la psiconeuroendocrinología como un proceso que compromete al corazón, a las hormonas, a las defensas y hasta a la mandíbula. La diferencia central es una: la bronca aparece, pega fuerte y se va; el rencor vuelve, una y otra vez, como un cassette rayado que el cerebro no logra apagar.

El cuerpo cree que la amenaza sigue

Guardar una ofensa sin trabajarla no es solo cargar con un peso emocional: tiene efectos físicos concretos. El organismo interpreta el recuerdo del agravio como si el peligro continuara presente y responde igual que ante una amenaza real. Por eso el rencor sostenido eleva la presión arterial de forma crónica y acelera la frecuencia cardíaca incluso en reposo, ese estado de alerta repetido aumenta el riesgo de enfermedad coronaria.

Lo que se va acumulando, según los especialistas

  • Sistema cardiovascular: presión alta de manera persistente y corazón que se acelera sin motivo aparente, con mayor riesgo coronario.
  • Hormonas: el cortisol, la hormona del estrés, queda elevado más tiempo del que debería, lo que altera el sueño, favorece la grasa abdominal y reduce la sensibilidad a la insulina.
  • Defensas bajas: el sistema inmunológico, sometido a una demanda constante, responde peor frente a infecciones y favorece una inflamación silenciosa de bajo grado, vinculada a enfermedades crónicas.
  • Músculos y cabeza: cuello, mandíbula y espalda se tensionan de manera literal, lo que explica muchas cefaleas tensionales sin causa médica aparente.
  • Digestión alterada: el eje intestino-cerebro es especialmente sensible al estado emocional, por lo que aparecen molestias digestivas que no encuentran explicación en estudios comunes.
  • Fatiga que no se justifica: el cuerpo está sosteniendo, sin pausa, una respuesta de emergencia que fue diseñada para durar minutos, no años.
“No hay evidencia sólida para atribuir al rencor una enfermedad específica, pero sí que mantiene activados mecanismos perjudiciales para el organismo de forma sostenida. El cuerpo que paga la factura es siempre el propio.”Norberto Abdala, psiquiatra, especialista en psiconeuroendocrinología

El psiquiatra Norberto Abdala, especialista en psiconeuroendocrinología, suele repetir entre sus colegas que no se trata de un invento new age ni de una frase de autoayuda. Lo que la clínica viene mostrando es que ese estado permanente de alerta sostenida termina deteriorando al organismo, aunque la persona no tenga ningún otro factor de riesgo clásico. La inflamación de bajo grado, por ejemplo, es un proceso silencioso que se fue colando en la agenda médica de los últimos años y que aparece como hilo conductor entre el rencor crónico y un montón de dolencias que, a primera vista, parecen no tener relación entre sí.

Nosotros, como sociedad, solemos mirar el rencor como una cuestión moral: el que no perdona es resentido, el que perdona es sano. Pero el asunto es bastante más complejo que eso. Perdonar no siempre es posible ni deseable de un día para el otro, y obligarse a hacerlo en falso puede ser incluso peor. Lo que sí está a nuestro alcance es revisar cómo procesamos la ofensa, cuánto tiempo la dejamos volver y de qué manera nos acompaña en el cuerpo. Como dice doña Carmen mientras lava las tazas en la cocina, con esa mezcla de pudor y alivio que aparece cuando alguien se anima a poner en palabras lo que siente desde hace rato: "Uno no elige lo que le hicieron, pero sí puede dejar de darle cuerda a esa historia cada noche antes de dormir". Tal vez por ahí empieza a cambiar algo, también en la presión, en el sueño y en esa nuca que no afloja.

GM
Griselda MuñozSociedad y vida

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