Esas palabras que se escapan a último momento y por qué a veces conviene charlarlo con un profesional
La neuropsicóloga Camila Sánchez Salinas explica por qué se nos traba el habla en el momento menos pensado, qué pequeños recursos ayudan a retomar el hilo y en qué situaciones conviene pedir una evaluación, sobre todo después de los 50.
Acá en la cuenca, más de una vez me pasó de estar en la cocina, con la pava empezando a silbar y de repente abrir la boca y descubrir que la palabra que tenía en la cabeza se me había ido como por un agujerito. Me pasó a los treinta y pico, me sigue pasando ahora, y la verdad es que cada vez lo charlo con más gente alrededor del mate. Porque esto de tener el concepto clarito y, sin embargo, no poder dar con el nombre exacto, es una de esas cosas que parecen una tontería hasta que te toca a vos o le toca a alguien cercano. Entonces me senté a leer con atención lo que cuenta Camila Sánchez Salinas, licenciada en Psicología y especialista en Neuropsicología Clínica, sobre por qué ocurre, qué se puede hacer en el momento y, sobre todo, cuándo conviene dejar de hacerse el distraído y consultar.
Estrategias simples para no quedar a mitad de la frase
La especialista lo dice de entrada y a mí me dejó más tranquilo: que se nos trabe una palabra no significa que la hayamos perdido, sino que a veces el camino para recuperarla se demora o se interrumpe un instante. Mientras tanto, hay recursos al alcance de cualquiera para no quedar mudo en medio de una conversación. Sánchez Salinas propone algunas pistas que cualquiera puede probar, acá en la cocina o del otro lado del mostrador:
- Buscar un sinónimo o una forma distinta de decir lo mismo, para no frenar el hilo de la charla.
- Describir el objeto o la idea por su utilidad, por sus características o por el lugar donde se lo usa.
- Pensar en la letra con la que empieza la palabra, algo que muchas veces destraba la memoria.
- Conversar sobre temas que nos interesan y tratar de contar las cosas con palabras propias, porque eso obliga a buscar términos, ordenar ideas y prestar atención al otro.
- Bajar el nivel de distracciones del entorno para concentrarse y sostener la conversación hasta el final.
Todas son actividades, dice la neuropsicóloga, que ejercitan lo que ella llama la fluidez verbal: esa capacidad de ir encadenando palabras con un ritmo más o menos parejo. Y, mirado desde acá, en la vida de cualquier vecino nuestro, basta con proponérselo un rato para notar que el mate y la charla van mejor cuando uno le pone ganas a lo que cuenta.
Una pausa aislada o un problema que se repite
Marta tiene 58 años, vive a tres cuadras de casa y es de las que habla hasta por los codos. La otra tarde me frenó en la esquina y me dijo, medio resignada, "che, yo antes era un loro y ahora se me traba hasta el nombre de mis nietas". Le pregunté si le pasaba siempre o sólo cuando estaba cansada y se quedó pensando. Esa pregunta es, justamente, la que Sánchez Salinas considera clave para diferenciar una situación pasajera de algo que merece atención: si el fenómeno es aislado o si se vuelve frecuente y empieza a complicar la comunicación.
La especialista recomienda consultar cuando aparecen algunos de estos indicios, que vale la pena anotar porque a veces uno los naturaliza y los deja pasar de largo:
- Buscar palabras se vuelve un problema que se repite seguido.
- Aparecen confusiones al nombrar objetos de uso cotidiano, como llamar a una cuchara de una manera rara o mezclar términos parecidos.
- Cuesta seguir el hilo de una conversación más larga o con varias personas.
- Hay cambios notorios en el habla que la propia persona nota o que le señalan sus allegados.
Por qué se nos va la palabra y por qué no hay que asustarse
Según Sánchez Salinas, acceder a una palabra requiere activar primero su significado y, después, recuperar los sonidos que nos permiten pronunciarla. En el fenómeno conocido como punta de la lengua, ese segundo paso es el que se demora o se corta un momento, como si el cable se aflojara apenas. Por eso la palabra puede aparecer minutos después, cuando dejamos de exigirle a la cabeza que la encuentre, a veces en medio del colectivo, a veces mientras lavamos los platos.
Esto puede ocurrir a cualquier edad, sobre todo si estamos cansados, distraídos o con la cabeza en mil cosas. Con los años tiende a hacerse más frecuente, dice la neuropsicóloga, aunque eso no quiere decir que la palabra se haya perdido para siempre. En paralelo, aclara, el envejecimiento no modifica todas las capacidades del lenguaje de la misma manera: puede llevar más tiempo recuperar ciertos términos, pero la comprensión cotidiana, esa con la que sostenemos la charla de todos los días, suele conservarse bien.
Cuándo pedir una evaluación y por qué no hay que tenerle miedo
Cuando las dificultades se vuelven repetidas, aparece la duda razonable de si conviene hacer una consulta. En esos casos, Sánchez Salinas explica que una evaluación clínica y neuropsicológica puede ayudar a entender qué está pasando y orientar el diagnóstico y el tratamiento. El criterio es claro y vale la pena tenerlo presente: hay que observar si las dificultades representan un cambio respecto de cómo se comunicaba la persona antes y si interfieren en su vida cotidiana. Si una de las dos cosas se cumple, ya es motivo suficiente para sentarse a charlarlo con un profesional, sin esperar a que la situación se vuelva insostenible.
Ahora, cuando paso por la cocina y me acuerdo de Marta, la vecina de la esquina que se preocupa porque se le traban las palabras, me quedo pensando que casi siempre lo que nos pasa no es que se nos esté yendo la memoria, sino que estamos un poco más cansados, un poco más apurados o un poco menos atentos de lo que nos gustaría. Y que, si el fenómeno se vuelve frecuente o nos cambia la vida, mejor hacerse el tiempo y consultar, en vez de bancarse la duda solo en silencio. Después de todo, hablamos para vincularnos con el otro, y cuidar esa herramienta tan nuestra bien vale una conversación con quien sabe.
