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Lunes, 19 de octubre de 2026
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Espírito Santo, el rincón del Sudeste brasileño que se abre paso entre playas serenas, sierras coloridas y una cocina con apellido propio

A poco más de una hora de vuelo desde Buenos Aires vía Río de Janeiro o San Pablo, el estado capixaba ofrece costas sin aglomeraciones, la piedra que cambia de tono con el sol y una identidad gastronómica que se distingue de la cocina bahiana. Un destino para conocer de cerca, con agroturismo en las alturas y producción cafetera de especialidad.

Por Bruno YutronichTurismo y glaciares · · hace 53 min
Espírito Santo, el rincón del Sudeste brasileño que se abre paso entre playas serenas, sierras coloridas y una cocina con apellido propio

Les tengo que confesar algo: cada vez que me toca pensar destinos en Brasil, mi cabeza se va casi de manera automática a Río de Janeiro, a Buzios, a Florianópolis o a las playas bahianas. Y sin embargo, hace rato que vengo leyendo sobre un estado que se esconde entre dos gigantes del turismo brasileño y que tiene, según me parece, argumentos más que suficientes como para ganarse un lugar en la mochila del viajero argentino. Estoy hablando de Espírito Santo, una jurisdicción que ocupa buena parte del Sudeste brasileño, que limita con Bahía, con Minas Gerais y con el propio estado de Río de Janeiro, y que tiene como capital a Vitória, una ciudad que no goza de la fama de sus vecinas pero que, a la hora de la verdad, abre la puerta a un litoral muy particular.

Lo primero que quiero aclarar, porque me parece justo y necesario para quien esté leyendo esta nota sentado en su casa o viajando en algún colectivo, es que Espírito Santo no es un destino pensado para el turista que busca las playas abarrotadas de Copacabana o el caos turístico que suelen tener algunos puntos del nordeste brasileño. La propuesta acá es otra, es más bien la de un viaje donde la naturaleza manda, donde la gastronomía tiene un sello propio bien marcado y donde todavía es posible encontrar rincones con una calma que, en otros estados del país vecino, ya se perdió hace rato. Aproximadamente a unos 3.150 kilómetros de El Calafate si uno trazara esa línea recta, pero mucho más cerca en la práctica, el estado se planta como una opción más que interesante para una escapada de varios días.

Vila Velha y el arranque costero, a minutos de Vitória

Apenas se pone un pie en la región metropolitana de Vitória, el visitante se topa con que buena parte de la oferta costera se concentra en Vila Velha, una ciudad vecina que funciona como una suerte de puerta de entrada al mar. Las playas de Vila Velha son amplias, tienen un oleaje moderado y, sobre todo, no registran la masividad que caracteriza a otros puntos del litoral brasileño. Para quienes estamos hartos de pelearnos por un lugar en la arena, eso ya es una buena noticia.

Ahora bien, si hay algo que me llamó la atención al investigar sobre este destino, y que creo que vale la pena marcar con subrayado, es el contraste que ofrece la geografía del estado en distancias realmente cortas. A una hora de la zona metropolitana el paisaje cambia de manera abrupta, casi sin transición. Uno pasa de estar mirando el Atlántico a meterse en sierras verdes, con temperaturas más frescas y con un cielo que se siente más cerca. Es un quiebre que no muchas regiones turísticas de Sudamérica ofrecen con tanta nitidez.

Pedra Azul: la montaña que se cambia de ropa con el sol

Y acá es donde la nota toma un color que a mí, particularmente, me emociona. El protagonista serrano es el Parque Estadual de Pedra Azul, un área protegida donde sobresale una formación rocosa que cambia de tonalidad a lo largo del día. Los guías locales cuentan que, según la posición del sol, la piedra puede verse verde, azul intenso o incluso naranja, en una paleta que se mueve como si alguien le cambiara la ropa a cada rato. Hay que decirlo con honestidad: los expertos coinciden en que el fenómeno es óptico y depende de la luz, no de ningún misterio geológico. Pero ese dato técnico, que cualquiera puede verificar, convive con una experiencia que, les aseguro, deja al visitante con la boca abierta cuando la tiene enfrente, sobre todo al atardecer, cuando la piedra se enciende en tonos cobrizos que parecen pintados a mano.

En el parque, y a lo largo de toda la región serrana, aparecen lavandarios, haciendas cafetaleras y productores de quesos, embutidos artesanales y palmitos frescos que se cosechan en el momento. El agroturismo es una de las actividades más consolidadas de la zona, con recorridos que incluyen la posibilidad de degustar lo que se produce en el lugar y de comprar directo al productor, sin intermediarios, algo que a los argentinos siempre nos seduce porque nos gusta saber de dónde sale lo que llevamos a la mesa.

La cocina capixaba: una identidad que se planta frente a la versión bahiana

Ahora quiero detenerme en un punto que, como argentino que valora mucho la mesa, me parece central: la gastronomía. La cocina de Espírito Santo tiene apellido propio, lo que en Brasil se conoce como cocina capixaba, y tiene un plato central que la define y que la diferencia de la cocina bahiana. Estoy hablando de la moqueca capixaba, una preparación que, según explica Rafael Granvilla Oliveira, gerente de Promoción y Marketing Turístico del estado, es "una preparación ligera y saludable" a base de pescado, tomates, cebollas y hierbas naturales, cocinada en cazuela de barro. La diferencia clave con la versión bahiana, que es la más conocida en la Argentina, es que esta no lleva aceite de palma ni leche de coco, lo que le da un perfil más limpio, más delicado, menos pesado. Es, en definitiva, otra forma de mirar el Atlántico.

  • Moqueca capixaba: el plato emblema, sin aceite de palma ni leche de coco, con pescado, tomates, cebollas y hierbas.
  • Café de especialidad: las haciendas de las altitudes serranas ofrecen catas y recorridos por los cultivos.
  • Quesos y embutidos artesanales: elaborados en pequeñas fincas abiertas al visitante.
  • Palmitos frescos: cosechados en el momento, un clásico de la mesa capixaba.

Para quienes estén pensando en armar la valija, lo concreto es esto: desde la Argentina lo más directo es volar hasta Río de Janeiro o San Pablo y desde ahí tomar una conexión hacia el aeropuerto de Vitória. Calculen aproximadamente 45 minutos de vuelo desde Río y algo más de una hora desde San Pablo. La opción terrestre, para los más pacientes, es recorrer unas ocho horas por la ruta que va pegada a la costa desde Río de Janeiro, un viaje que tiene sus encantos pero que ya no es una escapada corta.

Cuándo ir y qué ponerse en la mochila

En materia de clima, Espírito Santo tiene temperaturas tropicales en la costa durante todo el año, con veranos calurosos y húmedos, mientras que en la región serrana, gracias a la altura, el termómetro baja bastante y de noche puede sentirse fresco, sobre todo entre junio y agosto. La temporada más recomendable para combinar ambos mundos, playas y sierras, es el otoño y la primavera, cuando el calor costero todavía permite disfrutar del mar sin agobiarse y en las sierras las temperaturas son agradables para caminar y hacer trekking. En el bolso no puede faltar ropa liviana para el litoral, pero también abrigo para las noches en las alturas, porque la amplitud térmica en pocas horas es uno de los sellos del destino. Y si van entre noviembre y marzo, tengan en cuenta que estamos en un estado tropical, así que el protector solar, el repelente y un piloto impermeable para las lluvias de verano son prácticamente obligatorios.

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Bruno YutronichTurismo y glaciares

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