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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Hot Wheels Infinite Rush: cuando la maqueta se vuelve un mundo entero para pisar a fondo

Milestone lanzó un arcade de velocidad en mundo abierto con cuatro islas temáticas, más de 150 autos coleccionables y un entorno casi completamente destructible. La propuesta apuesta por la libertad de exploración y deja de lado cualquier campaña argumental.

Por Ramón VeraCultura y espectáculos · · hace 37 d
Hot Wheels Infinite Rush: cuando la maqueta se vuelve un mundo entero para pisar a fondo

Les cuento de entrada que vengo siguiendo a la saga de los autitos de la marca naranja desde hace rato, porque siempre me pareció que esos cochecitos que uno juntaba de chico tenían algo magnético, esa cosa de coleccionista y de pista armada en el living. Así que cuando me senté a probar el nuevo Hot Wheels Infinite Rush, la sensación fue rara y familiar al mismo tiempo, como volver a pisar la alfombra del living después de años. Lo que trajeron los de Milestone esta vez es nada menos que un salto de escala: se acabó el circuito cerrado y se pasó a un mundo abierto dividido en cuatro islas gigantes, con la premisa de manejar sin rumbo fijo, chocando todo lo que se cruce y coleccionando más de ciento cincuenta modelos distintos.

Wheelswood, Tentacle Bay, Gearville y Drifty Temples: el mapa como una maqueta viva

El mapa se reparte en cuatro regiones bien marcadas, cada una con su propia personalidad, y la verdad es que entrar a cada una se siente como abrir una caja de pista nueva. Wheelswood es la zona urbana, con rascacielos que se pierden de vista y tránsito en las avenidas, ideal para los que gustan de meter el acelerador entre los edificios. Tentacle Bay es el bioma costero, con playas, acantilados y ecosistemas variados que invitan a buscar atajos y rutas alternativas. Gearville tira para el lado industrial, con naves fabriles y dunas de desierto que mezclan asfalto y tierra. Y Drifty Temples, inspirado en una estética oriental con templos y pasos de montaña, es el paraíso del derrape largo, el lugar donde uno aprende de verdad a deslizar la trompa sin perder el control.

Lo más lindo, y acá me parece que está el corazón del asunto, es que el entorno reacciona. Los árboles se parten al primer golpe, las luminarias se vuelcan como si fueran de plástico pintado y hasta los vehículos civiles salen despedidos cuando uno los embiste. Esa sensación de estar recorriendo una maqueta interactiva a escala, de esas que se arman sobre una mesa y se rompen al primer choque, es lo que sostiene la experiencia cuando uno ya se cansó de ganar carreras.

Cuatro categorías para no aburrirse

La conducción se reparte en cuatro grandes familias y el cambio entre ellas se nota, y mucho, en la manera de manejar. Los bólidos van derecho a la velocidad punta y recargan el turbo mientras uno los deja correr sin freno; los derrapadores, en cambio, piden curvas cerradas y colas largas para acumular nitro; los equilibrados sirven para casi todo y generan energía con cualquier maniobra, que es un golazo para los que no quieren pensar demasiado; y los Titanes, pensados para el terreno irregular, recargan turbo solos, como si tuvieran un motor diesel de los viejos. Lo mejor es que el cambio entre categorías es inmediato, sin pause ni menú ni nada que corte el ritmo de la carrera.

Para los obsesivos del catálogo, hay más de 150 vehículos, con prototipos de la propia marca y licencias de fabricantes reales, fichas con datos de cada modelo y un editor de pintura, rines e interiores para dejarlo a gusto. Y como si fuera poco, hay modos multijugador competitivos con ranking, cooperativos y casuales, más un editor de pistas personalizadas para armar el circuito propio y compartirlo con amigos.

60 frames estables, pero con algunas asperezas

En lo que es el plano técnico, el juego se banca los 60 fotogramas por segundo de manera estable, algo clave en un arcade de velocidad donde un cuadro de diferencia puede significar un choque contra un paredón. Pero no todo es color de rosa: hay texturas del entorno que cargan con cierto retraso, sobre todo cuando uno entra a una zona nueva a toda velocidad, y los tiempos de espera al reaparecer en la isla después de un evento rondan el minuto, que es una eternidad cuando uno quiere volver a girar. El sonido, en cambio, es un punto alto: el impacto metálico y plástico de los choques suena exactamente como uno espera que suene un autito naranja contra una pared de LEGO.

¿Le falta una campaña argumental? Sí, y eso es algo que en las primeras horas no molesta pero que a medida que pasan las partidas empieza a pesar. La propuesta es explorar, acelerar y coleccionar, sin un hilo conductor que le ponga nombre a cada paso. Funciona, pero a veces uno extraña un porqué. Aun con esas luces y sombras, creo que Hot Wheels Infinite Rush encuentra su público entre los que crecieron armando pistas en el piso del living y entre los que buscan acción sin demasiadas complicaciones, porque la libertad de exploración y la velocidad arcade están firmes en el centro de la mesa.

RV
Ramón VeraCultura y espectáculos

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