La cordillera como espejo: Brad Pitt se pierde en el Tíbet y se encuentra con un Dalai Lama niño
La película de Jean-Jacques Annaud recorre la aventura de Heinrich Harrer desde su partida en 1939 hasta el vínculo que lo cambia para siempre, con un Himalaya que es paisaje y, sobre todo, punto de inflexión.
Les confieso que siempre que me siento frente a una película como Siete años en el Tíbet me pasa lo mismo, y es que tengo la sensación de que la pantalla se vuelve más grande de lo que el cine da, porque la cordillera del Himalaya se encarga de recordarnos que hay lugares en los que la naturaleza todavía le lleva varios cuerpos de ventaja a cualquier historia humana que uno quiera contar; por eso me parece justo empezar por ahí, por esa sensación de altura y de frío que Annaud fue a buscar con su cámara, antes incluso de presentar al personaje que Brad Pitt se pone en el cuerpo, ese alpinista de élite llamado Heinrich Harrer que en 1939 se despide de su mujer, que está esperando un hijo, y se lanza a una expedición que iba a ser el gran desafío de su carrera y terminó siendo, como veremos, el capítulo donde la vida le cambió de raíz, y lo digo así porque me parece que resume lo que la película va contando con paciencia de escalador durante sus casi dos horas y pico de metraje.
El arranque es bien clásico del cine de aventuras, con un tipo que se cree invulnerable porque es bueno en lo suyo, y por eso Annaud se toma su tiempo para mostrarnos esa seguridad un poco arrogante del personaje antes de que el mundo le pase por encima, porque la Segunda Guerra Mundial está empezando del otro lado del mundo y los planes de la expedición se van al tacho en cuestión de meses; Harrer termina prisionero junto con otros compañeros de aventura, y ahí la película cambia el eje sin que uno se déye cuenta, porque la aventura ya no es subir una montaña sino sobrevivir en un campo donde el tiempo pasa lento y la dignidad se gasta rápido, y ese tramo, que a mí siempre me parece de los más logrados del film, es el que prepara todo lo que viene después.
Escape y reencuentro
Cuando Harrer consigue escapar, la historia cambia de ritmo y de paisaje, y aparece ese Himalaya majestuoso que el director francés filmó con una paciencia casi religiosa, porque no es lo mismo mirar una montaña en un documental que caminar junto al personaje mientras la cruza, y acá está uno de los grandes hallazgos visuales de Annaud, que usa la nieve, el viento y la altura como si fueran un personaje más, uno que le va hablando al oído al protagonista y le va corriendo el eje de lo que le importa; ese recorrido lo lleva hasta la residencia del joven Dalai Lama, que en la época en que se ambienta el film es un niño de pocos años, y es justo ese contraste, un alpinista europeo duro y un líder espiritual chico, lo que le da a la película una de sus mejores escenas, porque la primera vez que se miran a los ojos se nota que ninguno de los dos esperaba lo que iba a pasar después.
Lo que a mí me resulta más interesante, y se los digo con la mano en el corazón, es que Annaud no se queda solo en la aventura ni se queda solo en el costumbrismo espiritual, porque va y viene entre los dos planos con una solvencia que muchas producciones más ambiciosas no logran, y eso se nota especialmente cuando vemos cómo Harrer pasa de ser un tipo que miraba el Himalaya como un desafío deportivo a empezar a entenderlo como un lugar habitado, con gente, con familias y con una cultura que está a punto de ser arrasada por la preparación de la invasión china, y ahí el film deja de ser una postal exótica para convertirse en una película con algo para decir, y eso, en un título de aventuras de los 90, no es poca cosa.
Las consecuencias que se llevó la película
Pero ojo, que esta historia también tiene un capítulo fuera del cuadernillo del cine, y es el de las consecuencias políticas que se llevó el elenco y el estudio, porque en 1997 las autoridades chinas prohibieron los estrenos de Sony en su territorio durante todo ese año, y a Pitt y a Annaud les pusieron prohibición de ingreso al país que en principio era de por vida, algo que por suerte no se cumplió porque el director pudo volver en 2012 y hasta filmó allí El último lobo, y el protagonista pudo entrar en 2014, así que la cosa fue virando con el tiempo, aunque queda claro que la película les dejó una marca que iba más allá del guion, y eso, lejos de ser un dato de color, habla de hasta qué punto esta historia seguía tocando temas sensibles para el gobierno chino.
Si les soy sincero, lo que más me moviliza de Siete años en el Tíbet no es la escalada ni el prisionero, sino ese momento en que Harrer se queda mirando al Dalai Lama niño y se da cuenta de que aprendió más de lo que vino a enseñar, y esa es la clase de vuelco que a mí, como espectador grande, me sigue gustando encontrar en el cine, porque me hace sentir que todavía hay películas que se toman el trabajo de mostrarte que alguien puede cambiar, y que para cambiar no hace falta más que bajarse del pedestal un rato y dejarse mirar por otra persona, y a esa altura del Himalaya, créanme, ese gesto vale oro.
“Cada uno de nosotros es responsable de todo ante todos.”Fiódor Dostoyevski
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