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Manzana y pera: dos aliadas cotidianas que se parecen más de lo que la gente cree y se diferencian en detalles que vale la pena conocer

Ambas tienen bajo índice glucémico y comparten fibra, agua y micronutrientes; la forma de comerlas pesa tanto como la elección.

Por Griselda MuñozSociedad y vida · 3 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Acuérdome de una mañana en lo de mi vecina Marta, que tiene 67 años y vive a la vuelta de casa, acá en la cuenca, cuando me ofreció un plato con rodajas de pera y unas cucharadas de queso blanco. Me dijo que su endocrino le había recomendado sumar fruta con algo de proteína para no marearse con el azúcar en sangre, y desde entonces no falla: pera o manzana, siempre con un acompañante. Esa escena tan doméstica resume, sin pretenderlo, buena parte de lo que repiten los organismos sanitarios cuando se pone sobre la mesa la vieja pulseada entre la manzana y la pera.

Porque esa comparación suele arrancar de una premisa que queda corta: la idea de que toda fruta eleva la glucosa de la misma manera y a la misma velocidad. La Organización Mundial de la Salud distingue, en ese sentido, entre los azúcares que se agregan a los alimentos durante la producción y los que están presentes de forma natural en frutas enteras. La diferencia no es menor: la estructura del alimento modifica la digestión y, con ella, el modo en que la glucosa llega al torrente sanguíneo.

Un perfil parecido, con matices que se notan

Las dos frutas comparten un perfil favorable. Tienen índice glucémico bajo, aportan fibra soluble, agua y compuestos vegetales. En la manzana, el componente destacado es la pectina, una fibra que enlentece la absorción de glucosa. También concentra polifenoles, compuestos estudiados por su posible papel en el metabolismo de los hidratos de carbono. La Asociación Americana de la Diabetes señala que los alimentos ricos en fibra pueden favorecer un manejo más estable de la glucemia dentro de un plan equilibrado.

La pera, mientras tanto, presenta un perfil similar con un dato puntual: una unidad mediana aporta alrededor de seis gramos de fibra, una cifra levemente superior a la de una manzana de tamaño equivalente. Buena parte de esa fibra se concentra en la piel y en la zona inmediata debajo de ella. La dietista Whitney Stuart suele mencionar que las peras se encuentran entre las frutas con mayor densidad de fibra que pueden incorporarse con facilidad a la alimentación diaria.

Ahora bien, más allá del número, el nutricionista Toby Amidor advierte que dedicarle demasiada energía a jerarquizar frutas individuales puede desviar la atención de lo que realmente pesa: la variedad. La FAO y la OMS promueven dietas diversas con presencia regular de frutas y verduras, sin señalar una como superior a las demás. En otras palabras, no se trata de coronar a una campeona, sino de sumar opciones a lo largo de la semana.

  • Cuando la piel es comestible, conviene lavarla bien y conservarla, porque allí se concentra parte de la fibra.
  • Combinar la fruta con una fuente de proteína o grasa —yogur natural, queso fresco o un puñado de frutos secos— ayuda a enlentecer la digestión de los carbohidratos.
  • Incluirla dentro de un patrón alimentario regular, sin reemplazar otros alimentos ricos en fibra, refuerza el efecto buscado.

Lo que se lleva la mandioca al freezer, bah, lo que queda en la mesa

Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos recomiendan que, en promedio, la mitad del plato de cada comida esté compuesta por frutas y verduras, justamente para distribuir mejor el aporte de fibra, vitaminas y agua. En esa línea, tanto la manzana como la pera funcionan como aliadas cotidianas, siempre y cuando se consuman enteras, con piel y acompañadas.

“Para nosotros, que convivimos a diario con el mate y la merienda, la cuestión pasa menos por discutir en la verdulería cuál de las dos gana y más por entender que cualquiera de las dos, bien lavada, bien pelada o mal pelada, suma cuando se come con cabeza. Marta, mi vecina de 67 años, lo entendió rápido y por eso nunca le falta alguna de las dos en la heladera: no para zanjar una pelea, sino para mantener el azúcar a raya sin dejar de disfrutar de algo dulce, natural y propio.”

Así, con el correr de los días, la manzana y la pera terminan siendo menos rivales y más socias de una misma estrategia: la de comer variado, entero y combinado, que es, en definitiva, lo que recomiendan quienes más saben del tema.

GM
Griselda MuñozSociedad y vida

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