Marcel, la conchita que se animó a buscar a los suyos y terminó conquistando una audiencia inesperada
La película de Dean Fleischer Camp combina stop-motion y falso documental para contar la historia de una pequeña concha criada por su abuela que, gracias a unos videos virales, se lanza a encontrar a su comunidad desaparecida. Un relato sobre la soledad, los vínculos familiares y el paso del tiempo, nacido de los cortometrajes que el director creó junto a Jenny Slate.
A veces uno tiene la sensación de que el mundo se volvió enorme y ruidoso, y de que las cosas simples, las que de verdad importan, quedaron relegadas a un rincón chiquito, como tapadas por un sillón. Eso es lo que me pasó mientras leía todo lo que rodea a Marcel, la concha con zapatos, la película de Dean Fleischer Camp que llegó a las salas argentinas y que, créanme, tiene esa cosa entrañable de los objetos que parecen inservibles y sin embargo te cambian el día. Y vaya si lo cambió, porque acá estamos, hablando de una animación distinta, con un protagonista del tamaño de una moneda y una sensibilidad que le mete un cachetazo dulce al corazón. La historia es simple, pero no por eso menos profunda: Marcel vive con su abuela Connie, en una casa que para nosotros es cualquiera pero que para él es un universo entero, y los dos comparten una rutina atravesada por la ausencia de los demás, de las otras conchas que un día se esfumaron y nadie supo bien por qué. El pibe no pierde la mística: conserva intacto el impulso de seguir adelante y de encontrar a los suyos, aunque para eso tenga que arreglárselas con un mundo que no está pensado para alguien de su tamaño.
La casa como mundo entero
Lo primero que me gusta destacar, como hago siempre antes de meterme de lleno en el espectáculo, es el espacio donde pasan las cosas. Acá, la sala se transforma en una cocina, en un living, en un jardín donde la hierba crece como si fuera un bosque impenetrable. Para Marcel, preparar algo para comer es toda una odisea: tiene que trepar a la mesa, sortear una cáscara de banana como si fuera un obstáculo, pedirle ayuda a una lenteja que hace las veces de sillón o de amigo. La escala lo es todo en esta película, y por eso cada objeto cotidiano, un tenedor, una caja de fósforos, un par de zapatillas que él usa como botas improvisadas, se convierte en parte del paisaje y de las soluciones que el personaje encuentra para moverse. Esa elección estética define lo que aparece en pantalla y, sobre todo, lo que sentimos al verlo: la ternura de alguien chiquito en un mundo grande, que se las ingenia para no perder la alegría.
Yo reconozco que me enganché de una manera particular, porque la peli tiene un arranque medio de documental, con un Dean que aparece como documentalista y que se instala en la misma casa donde viven Marcel y Connie. Primero registra las actividades cotidianas del pibe, esas pequeñas rutinas que parecen intrascendentes, y después esos videos se viralizan en internet, alcanzan una popularidad inesperada y terminan abriendo una puerta que el protagonista ni se imaginaba: la posibilidad de encontrar a su comunidad desaparecida. Es ahí donde la cosa se pone linda de verdad, porque la atención que recibe Marcel, que arranca como una curiosidad medio rara, se transforma en una oportunidad concreta de ampliar la búsqueda más allá de las paredes de la casa.
El humor que no tapa la emoción
El humor aparece todo el tiempo en la peli, y está bueno aclararlo porque uno a veces se imagina que una historia sobre la soledad y la pérdida va a ser un plomo. Acá no: las pequeñas tareas de la casa se mezclan con gags muy bien armados, con diálogos ingeniosos que le sacan a uno una sonrisa sin que la búsqueda familiar pase a segundo plano. La convivencia con Connie, la abuela, ocupa un lugar central y se lleva todas las luces: los dos comparten los mates de la mañana, las plantas del jardín, las conversaciones a la hora de dormir, y a través de ese vínculo la peli se anima a meter temas que suelen ser espinosos, como el envejecimiento, el cuidado y el miedo concreto, cotidiano, de perder a un ser querido. Connie, interpretada con calidez por Isabella Rossellini, le pone el cuerpo y la voz a esa presencia que contiene, que banca, que sostiene, y Marcel, con sus zapatos y su vocecita, le devuelve el aguante con la mejor energía que tiene, que es la de preguntar, preguntar y preguntar.
Al final, lo que a mí me deja esta peli es una sensación rara, mezcla de nostalgia y de esperanza, como cuando uno se acuerda de alguien que hace tiempo que no ve y piensa que todavía está a tiempo de llamarlo. Marcel, la concha con zapatos, está en cines argentinos, es una coproducción entre Estados Unidos y Reino Unido, y se puede ir a ver en familia, en pareja o solo, como cada uno prefiera, porque lo que cuenta vale para cualquiera que alguna vez se haya sentido chiquito en un mundo demasiado grande. Y si me permiten el consejo de alguien que ya vio unas cuantas animaciones: vayan, llévense un pañuelo por las dudas, y después charlamos. Se consigue en las salas de cine tradicionales de la Argentina, en funciones diarias, y la recomendación es no perdérsela, porque habla de cosas que nos tocan de cerca, con una delicadeza que a esta altura del partido se agradece un montón.
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