Mientras el Congreso mira para otro lado, las ciudades les ponen freno a los robotaxis y dejan a las tecnológicas con las manos atadas
El Parlamento federal lleva años sin acordar una ley nacional para vehículos autónomos y el vacío lo llenan municipios con reglas dispares: algunas buscan proteger al trabajador del volante, otras piden topes de flota y varias directamente quieren a un humano sentado adentro del auto.
La escena es casi de película, pero acá nomás, en la otra orilla del continente. Imaginate una cocina cualquiera de Minneapolis, en Minnesota, donde una señora de unos cincuenta y tantos -llamémosla Marta, que es el nombre que le puso la crónica a una vecina del barrio- está viendo por la ventana un Chevrolet sin chofer doblando en la esquina. Hace cinco años eso era ciencia ficción. Hoy pasa todas las tardes. Y mientras el Congreso de Estados Unidos no logra sancionar una ley nacional que regule a estos vehículos, son las ciudades las que empiezan a poner sus propias reglas, cada una con su librito, y el resultado es un mosaico normativo que tiene a las gigantes tecnológicas con los nervios de punta. Nosotros, como ciudadanos de a pie, miramos ese debate como quien mira un partido que todavía no se sabe cómo termina.
Minneapolis quiere un humano adentro, sí o sí
El Concejo Municipal de Minneapolis viene trabajando en una ordenanza bastante dura: exigiría que cada robotaxi que circule por la ciudad tenga un operador humano pago a bordo, sentado detrás del volante, listo para tomar el control si hace falta. La concejala Robin Wonsley, autora del proyecto, fue terminante al explicar la lógica: la ciudad no va a desplegar condiciones favorables para que las grandes empresas tecnológicas desplacen a nuestros trabajadores. Del otro lado, Waymo -una de las firmas que ya opera este tipo de vehículos- calificó la propuesta como una prohibición de hecho a los autos sin conductor. La empresa viene haciendo más de 500.000 viajes por semana en 15 ciudades estadounidenses sin necesidad de un monitor humano adentro, así que la discusión les pega directo en el negocio.
San Diego le cierra la puerta al aeropuerto y Austin les pide protocolos a los bomberos
San Diego aprobó una resolución que va en la misma línea de poner límites a las plataformas. ¿Qué resolvió el Concejo? Prohibir que Waymo opere dentro del aeropuerto internacional de la ciudad y darles a las agencias locales control directo sobre los vehículos autónomos en cualquier situación de emergencia que se presente. El concejal Sean Elo-Rivera lo resumió con una frase que resonó: los conductores locales y los pequeños comercios cumplen regla tras regla para ganarse la vida. La vara, dice, tiene que ser pareja. Mientras tanto, en Austin, el cuerpo de bomberos levantó la voz por los Cybercab de Tesla, esos prototipos que vienen sin volante y sin pedales. Los bomberos quieren que los fabricantes tengan un protocolo claro de remolque de respuesta rápida y un canal directo para hablar con un operador humano cuando hay una urgencia. La preocupación es concreta: si el vehículo queda trabado en una rotonda o estorbando una salida de emergencia, ¿quién lo mueve?
Washington D.C. va por los números: tope de flota, tarifa por milla y arranque recién en 2028
De todas las propuestas, la más detallada la tiene la capital del país. El concejal Charles Allen empuja un proyecto que, si se aprueba, pondría freno en tres lugares al mismo tiempo:
- Una flota máxima de 200 vehículos por operador, así no queda todo concentrado en una sola empresa.
- El inicio del servicio comercial recién en 2028, para ganar tiempo mientras se terminan de discutir las reglas finas.
- Una tarifa por milla recorrida, con la plata orientada a financiar el transporte subterráneo y a compensar a los conductores de aplicaciones tipo remis que hoy se ganan el mango llevando pasajeros a la antigua.
El propio Allen dijo que espera una votación en su comisión antes de fin de noviembre, lo que abriría la puerta a un debate y un voto del pleno del Concejo en diciembre. Si así ocurre, Washington D.C. se sumaría al club de ciudades que, ante la parálisis del Congreso, eligen regular ellas mismas antes que esperar a que alguien en el Capitolio les marque el camino.
Vuelvo a la cocina de Marta para cerrar esta columna, porque la imagen lo explica mejor que cualquier cuadro comparativo. Esa señora que mira por la ventana no está viendo un auto del futuro: está viendo un cruce de caminos que nos toca a todos. Acá en la cuenca del Río de la Plata, lejos de Silicon Valley, también nos preguntamos quién pone las reglas cuando la tecnología llega antes que la ley. La diferencia es que, mientras tanto, del otro lado del mundo, son los vecinos, los bomberos, los concejales y las concejalas los que están teniendo que responder, uno por uno, con lo que tienen a mano. Y eso, queramos o no, también habla de nosotros.
