Por qué algunos se despiertan contando el sueño y otros apenas recuerdan una sombra
Un seguimiento de quince días con adultos sanos identifica la edad, la divagación mental y la calidad del descanso como claves para entender la diferencia entre soñar y acordarse.
Son las siete de la mañana en una cocina cualquiera de acá en la cuenca y, mientras se calienta la pava, María Ester, 52 años, le cuenta a su marido que soñó con la casa de su abuela en Entre Ríos y que hasta se acordaba del color de las baldosas del patio. En la mesa de al lado, su hija, de 28, se queja de lo de siempre: yo sueño, sé que sueño, pero cuando abro los ojos no me queda nada. Una dice que recuerda, la otra dice que no. Y no es una cuestión de suerte ni de memoria buena o mala, según arroja una investigación publicada en la revista Communications Psychology.
El trabajo siguió durante quince días a 217 adultos sanos de entre 18 y 70 años. Cada mañana, los participantes anotaban si recordaban haber soñado y con qué nivel de detalle, mientras el equipo recogía datos demográficos, psicológicos y del sueño a través de dispositivos de monitoreo y pruebas específicas. La conclusión central es que la diferencia entre despertar con una película nítida en la cabeza y despertar en blanco no es azarosa: depende de rasgos individuales y también de cómo se durmió esa noche en particular.
Qué hace que alguien recuerde sus sueños
Los investigadores detectaron tres ejes principales. El primero es la actitud atenta hacia los propios sueños: las personas que se interesan por lo que sueñan tienden a recordarlo más. El segundo es la llamada divagación mental, es decir, esa inclinación de la mente a encadenar pensamientos de forma espontánea, sin un foco claro, que también favorece el recuerdo onírico. Y el tercero es la edad: a medida que pasan los años, cambia la facilidad para retener ese contenido al despertar.
A esos rasgos se suma un factor más coyuntural, que el estudio llama vulnerabilidad a la interferencia: la facilidad con que un recuerdo del sueño es desplazado por estímulos inmediatos al abrir los ojos, como la luz que entra por la ventana, un ruido en la calle o el primer pensamiento consciente del día. Si esos estímulos llegan antes de que el contenido onírico quede bien guardado en la memoria, el sueño se pierde. Por eso, en buena medida, acordarse de lo soñado depende tanto de lo rápido que uno se espabile como de lo que pase afuera en ese instante.
El fenómeno del sueño blanco
El estudio también distinguió dos experiencias diferentes que muchas veces se mezclan en la conversación cotidiana. Una es recordar el contenido concreto: escenas, acciones, emociones, personajes. La otra es lo que los autores denominan sueño blanco: despertar con la certeza de que algo ocurrió durante la noche, pero sin poder recuperar ni un solo detalle. Esa segunda experiencia fue más frecuente en ciertos grupos y sirvió para confirmar algo clave: soñar y recordar lo soñado no son lo mismo.
En criollo: se puede haber soñado sin guardar nada y se puede creer que uno no soñó cuando en realidad el cerebro registró algo que después se borró al primer ruido de la cocina. Los autores remarcan que la divagación mental y la capacidad de sostener la atención hacia ese contenido fugaz son las que inclinan la balanza hacia el recuerdo.
Cómo incide la estructura del sueño
El monitoreo del descanso arrojó otro dato relevante: quienes tenían episodios de sueño más largos, con menor proporción de sueño profundo, la conocida etapa N3 asociada a la recuperación física y cerebral, y mayor presencia de fases más livianas, despertaban con más recuerdos de lo soñado. Las etapas más superficiales parecen ofrecer condiciones más favorables para que la experiencia nocturna quede registrada y, sobre todo, disponible al abrir los ojos.
- Actitud atenta hacia los propios sueños: quien se interesa por lo que sueña tiende a recordarlo más.
- Mayor divagación mental: la mente que se pierde en pensamientos espontáneos retiene mejor el contenido onírico.
- Edad: la facilidad para guardar el sueño al despertar varía a lo largo de los años.
- Vulnerabilidad a la interferencia: la luz, el ruido o el primer pensamiento pueden borrar el sueño antes de que se consolide.
- Estructura del descanso: más sueño liviano y menos sueño profundo se asocian a más recuerdos al despertar.
Vuelvo a la cocina del principio. A Maríaa Ester no le faltan sueños, sino que lleva años entrenando, sin saberlo, esa atención distraída que retiene imágenes. Su hija, en cambio, se despertaba con el ruido de la alarma, el teléfono y el colectivo de la esquina, y en ese torbellino se le borraba todo. La investigación, en definitiva, nos dice algo reconfortante: soñamos casi todos, pero acordarnos es, en parte, una cuestión de cómo dormimos y de cómo nos despertamos. Un buen punto de partida, si uno quiere volver a esa casa de la abuela en Entre Ríos.
