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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Por qué nos cuesta decir que no y qué pasa cuando nunca lo decimos

Cuando uno no sabe poner límites, paga con ansiedad, insomnio y un cansancio que no se cura durmiendo. Cuando no tolera que se los pongan, las relaciones se van vaciando. La buena noticia es que se aprende: se construye en la infancia y se puede revisar de grande, en un sillón y con la palabra justa.

Por Griselda MuñozSociedad y vida · · hace 5 d
Por qué nos cuesta decir que no y qué pasa cuando nunca lo decimos

Vuelvo temprano de la verdulería de Elvira, en la esquina de siempre, y la encuentro barriendo la vereda con la escoba de siempre. Tiene 58 años, me mira por encima de los anteojos y me pregunta qué ando buscando con cara de. Le pregunto cómo está y suelta algo que me parece la síntesis perfecta de lo que vinimos a charlar acá en la cuenca: "Estoy agotada, pero no es del cuerpo, es del alma". Esa frase, dicho sea de paso, es la puerta de entrada a una de las cuestiones más sensibles que tocamos los domingos: por qué a tantos nos cuesta decir que no, qué se paga cuando no se dice y, sobre todo, qué se puede hacer para empezar a aprender.

El límite se aprende de chico, como se aprende a caminar

Aclaremos algo antes de seguir, porque acá muchas veces se mezcla todo: el límite no es lo contrario del amor, es una de sus formas. Se empieza a armar desde los primeros meses de vida, cuando el bebé necesita que alguien lo ponga por él, ya que solo, sin un afuera que lo contenga, no hay psiquismo posible. El pecho que no siempre está, el no firme cuando hay un peligro, la espera antes de la satisfacción: todo eso, aunque se vive como frustración en el momento, es lo que permite ir armando la diferencia entre uno mismo y el otro, entre lo que uno quiere y lo que la realidad admite. Cuando ese proceso no se completa bien, aparecen dos patrones opuestos que vemos todo el tiempo en el consultorio y en la calle.

Los dos modos en los que esto se rompe

  • El que no puede poner límites. Aprendió, temprano, que su propio deseo molesta o que un no de su parte pone en riesgo el vínculo. De grande acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de lo que no le toca. Los costos son concretos: cuadros de ansiedad, un resentimiento que se va acumulando y un cansancio que ningún descanso termina de resolver, porque no es físico sino psíquico. Con el tiempo el cuerpo empieza a poner los límites que la persona no puso: dolores sin causa clara, insomnio, síntomas que aparecen justo donde la palabra no llegó.
  • El que no tolera el límite del otro. Cualquier no lo vive como una ofensa o un desafío personal. Parece fortaleza, pero por debajo sostiene una imagen frágil de sí mismo que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro. Las relaciones, a la larga, se organizan alrededor de su voluntad y se van vaciando de contenido.

El punto medio que no es sumisión ni imposición

Entre esos dos extremos hay un lugar al que vale la pena ir, aunque cueste: la capacidad de decir que no sin culpa y de escuchar un no sin sentirlo como amenaza. Llegar hasta ahí tiene un costo real, lo sabemos nosotros que lo vemos de cerca, porque muchas veces implica arriesgarse a poner en juego el vínculo con alguien de quien uno depende, afectiva o económicamente. Aun así, ese costo casi siempre termina siendo menor que sostener hasta el final las alternativas. Y lo más importante que uno puede llevarse puesto a esta altura del domingo: esto no es un rasgo de carácter inmodificable, fijo para siempre. Se construyó en un momento y, cuando no se construyó bien, se puede revisar más tarde, con un tratamiento adecuado que ofrezca el espacio para aprender a decir hasta acá sin sentir que se traiciona al otro.

Antes de cerrar, le pregunto a Elvira si ella aprendió a poner límites con los años o si todavía le cuesta. Se queda pensando un rato largo, apoyada en la escoba, y me dice: "Mirá, a los pibes y a los nietos ya les digo que no. Lo que me sigue costando es con mi marido, después de cuarenta años". Me parece la mejor manera de resumir esta nota: se trata de un camino, no de un interruptor, y se empieza por uno mismo, sin apurarse, sin culparse, pero sin seguir estirando la goma hasta que se corte sola.

GM
Griselda MuñozSociedad y vida

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