Rampas, no exoesqueletos: la discapacidad que se pelea con la puerta de entrada
Mientras los dispositivos de alta gama se llevan la foto y los fondos, lo más básico sigue sin resolverse. Un debate que pone el foco en quién decide qué problemas merecen respuesta.
Acá en la cuenca lo escucho todas las mañanas en la esquina de la panadería, mientras el termo pasa de mano y alguien comenta que a la nieta del vecino le cuesta entrar al consultorio del médico porque no hay rampa. No es una rareza: es la postal de cualquier ciudad argentina, y sin embargo parece invisible. La tecnología para discapacidad brilla en lo extraordinario y falla en lo básico, y ese contraste se volvió el centro de un debate que nos obliga a pensar quién define qué merece ser resuelto.
El periodista Robert Kingett lo planteó con una frase que se repite en redes y que a mí, particularmente, me sacudió: él no necesita una silla robótica para escalar una montaña, necesita poder ir a la biblioteca. Esa imagen, tan simple como demoledora, corre de eje la discusión. Ya no se trata de lo que cada cuerpo puede o no puede hacer, sino de las condiciones que el entorno impone para cosas tan ordinarias como hacer las compras, leer una noticia o cruzar la vereda sin del otro.
El dispositivo espectáculo y la barrera que nadie nombra
Cuando una persona cuadripléjica sube una escalera con un exoesqueleto de última generación, la foto recorre el mundo y la admiración llueve. Lo que casi nunca se pregunta es por qué esa escalera sigue siendo un obstáculo en el edificio. Kingett, que conoce el tema desde adentro, advierte que los desarrollos más costosos y vistosos suelen tapar soluciones menos glamorosas pero mucho más urgentes: una rampa en la entrada, una puerta accesible, una página web que funcione con un lector de pantalla. La innovación termina siendo, paradójicamente, una excusa para no remover las barreras de siempre.
La filósofa de la educación Liz Jackson acuñó un término que se volvió referencia: disability dongle, algo así como un aparato ingenioso que responde a una necesidad mal definida, armada sin participación real de quien la va a usar. En esos productos, la persona con discapacidad aparece en la foto del lanzamiento, pero no tuvo voz para decidir qué se construía ni para cuestionar la premisa. Diseñar para alguien y diseñar con alguien no es un detalle: define quién tiene autoridad para nombrar el problema.
- Rampas y entradas accesibles en edificios públicos y comercios de barrio.
- Sitios web y aplicaciones compatibles con lectores de pantalla, sin trabas para el usuario.
- Baños adaptados en escuelas, hospitales y oficinas donde la accesibilidad brilla por su ausencia.
- Transporte público con ascensores, pisos bajos y señalización clara.
- Mostradores, cajeros y puntos de atención a la altura de todas las personas.
Marta tiene 58 años y vive a dos cuadras de acá, en un segundo piso por escalera. Cada vez que tiene que ir al banco, calcula el viaje como si fuera una expedición: averigua qué sucursal tiene rampa, pide que la atiendan en planta baja y, si llueve, directamente reprograma. Marta no quiere un exoesqueleto, me dijo mirándome a los ojos mientras revolvía el mate. Lo que quiere es no tener que planificar la salida como una operación de rescate. Su reclamo no es tecnológico, es de sentido común: lo cotidiano debería ser posible sin heroicidad.
El planteo, lejos de pedir que se deseche la innovación, propone algo más interesante y más justo: reorientar qué se considera digno de ser resuelto. No solamente lo extraordinario que emociona a la tribuna, sino lo de todos los días, lo que todavía exige una hazaña para concretarse. La superación individual convertida en épica muchas veces oculta la responsabilidad colectiva de no haber removido la barrera de entrada. Mientras la foto la siga sacando el dispositivo, la puerta va a seguir cerrada para Marta y para tantos como ella. Y eso, acá en la cuenca y en cualquier ciudad del país, no es un problema de ingeniería: es un problema de prioridades.
