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Lunes, 19 de octubre de 2026
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Roblox cumple veinte años y los padres siguen sin entender qué hacen sus hijos ahí adentro: la advertencia de una periodista que se propuso investigarlo a fondo

Julieta Schulkin publicó un libro sobre la plataforma que usan millones de chicos y adolescentes. Cuenta cómo funciona la economía de los Robux, por qué reproduce las clases sociales del barrio y qué configuraciones recomiendan las familias antes de satanizarla o dejarla pasar.

Por Griselda MuñozSociedad y vida · · hace 1 h
Roblox cumple veinte años y los padres siguen sin entender qué hacen sus hijos ahí adentro: la advertencia de una periodista que se propuso investigarlo a fondo

Arrancamos esta nota desde una cocina cualquiera, la de cualquier casa de familia acá en la cuenca, donde la mamá o el papá mira de reojo la pantalla del living y ve al chico o a la chica moviéndose en un mundo que parece un dibujo animado, con avatares coloridos y monedas que vuelan. Se llama Roblox, acaba de cumplir dos décadas y sigue siendo uno de los lugares digitales donde más se juntan los pibes y las pibas de entre ocho y dieciséis años. Lo que muchos adultos no terminan de registrar es que no están frente a un juego: están frente a una plataforma que aloja más de seis millones de experiencias creadas por otros usuarios y por empresas, y que para una enorme cantidad de chicos funciona, en la práctica, como el reemplazo de la esquina, del club y de la plaza.

La periodista y divulgadora Julieta Schulkin se tomó el trabajo de meter la cabeza adentro de ese universo y escribió una investigación entera sobre lo que vio. Lo que encontró, según nos contó, es que un montón de familias tomaron decisiones tajantes, a favor o en contra, sin tener del todo claro cómo funciona el sistema. Y va más allá: dice que la prohibición ciega termina siendo contraproducente. Como nos dijo con una frase que a nosotros nos quedó dando vueltas: Hubo una ola de familias que empezaron a prohibir Roblox y la sensación era que estábamos prohibiendo algo que no entendíamos bien.

La economía que no se ve desde el living

Acá viene uno de los puntos que más nos llamó la atención y que los padres suelen pasar por alto: Roblox tiene su propia moneda, los Robux, que se compran con plata real. Con esos Robux se accede a ropa y accesorios para el avatar, a mascotas virtuales y hasta a servidores privados. Jugar es gratis, sí, pero el que tiene Robux o el que pasa muchas horas acumulando recompensas accede a beneficios que el resto no. Schulkin lo explica con una crudeza que duele: adentro de la plataforma se reproduce, punto por punto, la estructura de clases sociales que ya conocemos en la vida física. Se nota quién invirtió dinero y quién no. Es, dice, una réplica casi exacta de las desigualdades que los chicos ya viven en el barrio.

Red social con cara de juego

Hay otro costado que a nosotros nos parece clave y que muchas veces queda invisible para los adultos: la dimensión social. Los usuarios pueden seguirse entre sí, tener seguidores y armar listas de amigos. La propia plataforma les recomienda juegos según lo que están jugando sus contactos. Eso convierte a Roblox, más allá de lo que digan sus responsables, en un ecosistema con una lógica muy parecida a la de cualquier red social, con todo lo que eso implica para los pibes.

Los riesgos reales y las configuraciones que sí sirven

Y acá llegamos al punto más delicado, el que ningún padre ni ninguna madre puede dejar de leer: el grooming. La posibilidad de que un adulto se contacte con un menor adentro de la plataforma es real y está documentada, no es un cuento de abuelo ni una exageración de los noticieros. Schulkin no propone el rechazo automático ni la prohibición total, y eso es lo valioso del enfoque que nosotros queremos compartir acá: propone la configuración activa. Es decir, sentarse con el chico, ajustar los controles de privacidad, revisar quién puede chatear con él o con ella y habilitar las restricciones de contacto. Configuraciones básicas que, según la especialista, pueden marcar un antes y un después.

  • Entender que no es un juego sino una plaza digital con más de seis millones de espacios adentro.
  • Conversar con los chicos sobre la economía de los Robux y qué significa gastar plata real en una moneda virtual.
  • Revisar juntos la lista de amigos y seguidores, igual que se haría en cualquier otra red social.
  • Ajustar los controles de privacidad y restringir quién puede chatear y contactar al menor dentro de la plataforma.
  • Acompañar sin prohibir a ciegas: si se corta de raíz sin explicación, lo más probable es que el chico migre a otra plataforma similar.
  • Recordar que el grooming existe y que la herramienta más potente es el diálogo cotidiano, no la prohibición aislada.

Volvemos a la cocina del principio, donde la mamá o el papá sigue mirando la pantalla del living. Nosotros creemos que la mejor forma de cuidar a los chicos en este tipo de plataformas no es sacarlos de un plumazo ni dejarlos solos mirando el celular, sino sentarse a la mesa y entender juntos cómo funciona ese mundo. Schulkin lo dijo con todas las letras y nosotros lo repetimos porque nos parece la mejor síntesis de todo lo que investigó: entender antes de decidir. Porque, como tantas veces nos pasa acá en la cuenca, cuando uno se toma el tiempo de conversar con la gente del lugar, en este caso los pibes y las pibes que pasan horas ahí adentro, aparecen respuestas mucho más razonables que el grito o la prohibición. Una buena configuración y un buen rato de charla siguen siendo, en el fondo, las mejores herramientas que tenemos los grandes.

GM
Griselda MuñozSociedad y vida

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