San Lorenzo, la huella sanmartiniana a la vera del Paraná: un día entre historia, río y sabores santafesinos
A 325 kilómetros de Buenos Aires, la ciudad del Campo de la Gloria conserva el convento donde se curaron los granaderos, cuatro museos en un mismo complejo y una costanera de cara al río. La mesa regional hace el resto: pescados de río, parrilladas y cerveza artesanal en el sur santafesino.
Les confieso algo antes de arrancar: cuando uno piensa en San Lorenzo, Santa Fe, lo primero que viene a la cabeza es la batalla del 3 de febrero de 1813, ese primer triunfo de los Granaderos a Caballo al mando de un entonces coronel José de San Martín. Pero la ciudad, a 325 kilómetros de Buenos Aires y a unos 200 de El Calafate por vía aérea, es mucho más que un capítulo del manual escolar. Es un lugar donde la historia se respira, el Paraná se mira de cerca y la mesa regional se defiende con argumentos propios.
El Campo de la Gloria y el convento que hizo de hospital
El recorrido empieza, como no podía ser de otro modo, en el Campo de la Gloria, la plaza arbolada donde las tropas realistas enviadas desde Montevideo cayeron derrotadas por los Granaderos. Hoy es un espacio verde donde las familias despliegan mates y barriletes, pero dos elementos devuelven al visitante al 1813: el monumento en bronce inaugurado en 1965 y el pino histórico, protegido por una reja de hierro, bajo el cual San Martín redactó el parte oficial de la batalla. Esa es, según cuentan los guías locales, la única acción de tierra que el Libertador libró en suelo rioplatense, un dato que los carteles de Parques Nacionales remarcan y que los baqueanos del lugar suelen completar con anécdotas del combate.
Cruzando la avenida Sargento Cabral se llega al Complejo Museológico, que reúne cuatro espacios en un mismo predio y permite resolver la visita en una mañana. El Convento San Carlos Borromeo conserva las habitaciones donde se alojaron San Martín y su tropa, el comedor que funcionó como enfermería durante el combate y el sitio donde murió el sargento Juan Bautista Cabral, el granadero entrerriano que con su caballo detuvo la bayoneta que iba directo al pecho del futuro Libertador. El Museo Sanmartiniano exhibe cartas personales del general, una copia del parte de batalla y la túnica del fraile Pedro García, mientras que el Museo de Historia Regional recorre la megafauna prehistórica, las comunidades originarias y las primeras olas inmigratorias que dieron forma al sur santafesino. El Museo de Árboles Históricos cierra el circuito con especies centenarias del monte ribereño, una manera de leer el paisaje desde otra escala.
La costanera y el Paraná como horizonte
Después de la historia, el cuerpo pide río. La costanera de boulevard Urquiza y Ricchieri ofrece dos niveles de pasarela con vista directa al Paraná: cielo, islas y agua en primer plano, un escenario que cambia de color con la luz de la tarde. Al atardecer, la plaza Ovidio Lagos se transforma cuando se enciende un túnel de veinte chorros de agua, un espectáculo gratuito que suele convocar a familias enteras y que, en jornadas de calor húmedo, se vuelve una pequeña celebración popular. El clima de la zona, subtropical y con veranos pesados, hace que la franja de octubre a marzo sea la más elegida para sentarse a la vera del río, aunque el otoño deja atardeceres particularmente nítidos sobre el agua.
Dónde comer: la cocina regional, entre el río y la parrilla
- Cervecería Bowie: dorada artesanal sin filtrar, de bajo alcohol, ideal como aperitivo antes de sentarse a la mesa.
- Arboredo Jardinería: café y vivero que ofrece opciones dulces y saladas en un salón rodeado de plantas, una parada fuera de lo común.
- La Italiana: panadería de referencia para las empanadas de pescado de río, un clásico del lugar.
- Carbón: pescado de río grillado con papas rústicas y limones quemados; también sirve colita de cuadril con papas gratinadas para los que van por la carne.
- Bodegón del Club Libertad: parrillada y las famosas pizzanesas, milanesas servidas sobre base de pan con distintas guarniciones.
- El Viejo Bodegón: locro, pastas caseras y empanadas fritas, la cara más criolla de la cocina sanlorencina.
Un recuerdo con nombre propio: los alfajores que financian escuelas rurales
Antes de irse, vale la pena buscar un souvenir con historia. En la ciudad se elaboran dos variedades de alfajores artesanales que llevan los nombres San Martín y Malvinas, y que no son sólo un homenaje: parte de la recaudación se destina a escuelas rurales y a organizaciones sin fines de lucro de la zona. Es, me parece, una de esas decisiones que honran al visitante porque le permiten volver a casa con algo rico y, al mismo tiempo, dejar algo en el lugar que se visitó.
Cuándo ir y cómo abrigarse
Mi recomendación, si están planeando la escapada, es apuntar a los meses de abril, mayo, septiembre y octubre, cuando las temperaturas son más amigables y el Paraná se muestra sin la bruma pesada del verano. Para el invierno, junio y julio, conviene llevar abrigo grueso porque el frío santafesino se hace sentir de noche, sobre todo en la costanera, donde la brisa del río corta más de lo que uno espera. En verano, en cambio, liviandad, protector solar y alguna remera de repuesto: el calor húmedo de la región no perdona, y la recorrida por el complejo museológico, que se hace caminando, exige hidratación. Lo digo por experiencia: no hay nada peor que llegar al Campo de la Gloria con la remera empapada y sin agua.
